Menos amor, ¡más dinero! Empresas femeninas, conflictos y toma de contacto con la realidad*

por Antonia De Vita

 

I

 

La desproporción

 

Hay un bonito romance de Bibi Tomasi que se titula La desproporción. Lo leí hace muchos años atraída por el título.

Desproporción es una palabra que se ha presentado varias veces en mi camino existencial y laboral; una palabra que ha circulado mucho cuando el esfuerzo y el empeño se han impuesto. Es decir, de vez en cuando hay deseconomía, desmedida, despilfarro. Es una palabra que para mí, aparte de ser una diferencia personal, es una diferencia femenina.

He elegido empezar con la “desproporción”, como experiencia común a muchas mujeres en el hacer(ser) empresa con otras/os, porque creo que la desproporción es una ganzúa. ¿Para qué? Para entrar en lo específico de la particular economía de las fuerzas y de la inversión, del dar valor, que se manifiesta en el emprender femenino.

Una economía, como veremos a continuación, que es la puesta en juego de una gran pasión y riqueza femenina, por una parte, que posee dimensiones imaginarias y fantasmagóricas por otra, y frecuentemente se convierten en un verdadero obstáculo para un recorrido constructivo y creativo de relaciones y de hacer(ser) empresa.

Abrir el sentido de la desproporción creo que es muy importante para entrar en el tema “del perfil económico de las mujeres” y la geografía de una diferencia femenina  en la interpretación de lo económico. Trataré de hacerlo dando una vuelta larga y recorriendo los puntos centrales de este itinerario/camino de reflexión como si estuvieran sobre un mapa, para así volver y cerrar —espero que con elementos que nos puedan servir de ayuda—  el sentido que tiene o puede tener la desproporción en el hacer economía femenina.

 

 

Emprender: otros sentidos de empresa

 

La idea del título que os he propuesto es fruto de una provocación de Luisa Muraro al comentar mi libro Empresas de amor y de dinero, hace algunos años.

La escritura de este libro fue una ocasión valiosa para efectuar una reflexión importante sobre qué significa y puede significar en nuestro tiempo hacer empresa para las mujeres —que se han convertido en sujetos económicos hace relativamente poco— y que todavía hoy siguen siendo sujetos “no tradicionales de lo económico”. Después de comentarios positivos al libro, Luisa subrayó que había un elemento débil en el discurso. El título anunciaba amor y dinero pero en realidad había mucho amor y poco dinero.

Desde entonces me he hecho muchas preguntas sobre este “Demasiado amor y poco dinero” para buscar el sentido e indagar en profundidad sobre la utilidad de la manifestación o no manifestación de la diferencia femenina: que se expresa o no se expresa en ésta “desproporción” y en esta falta o escasa temática del dinero.

Me he respondido, en parte, y me gustaría compartir con vosotras las reflexiones meditadas. Para hacerlo necesito subrayar cuáles son las características más importantes y comunes del emprender de las mujeres, entendiendo este emprender en un sentido amplio.

 

El desarrollo de la empresa social y sin ánimo de lucro a partir de los años ochenta (hablo en el caso de Italia) y la presencia cada vez mayor de organizaciones dirigidas por mujeres han mostrado y muestran que existen realidades económicas que han “despertado” otros sentidos del emprender. 

Junto al gran desarrollo de la industria, de la empresa habitualmente interpretada como una industria, de la organización dedicada al beneficio de la producción y a las finanzas, hemos asistido en los últimos veinte años a la evolución de otras empresas no tradicionales; a un hacer y ser empresa por parte de sujetos y contextos tradicionalmente no proclives a ella, cuyo efecto es una apertura en el significado material y simbólico de la empresa en sí.

La aparición de las dos formas de emprender anteriormente citadas ha contribuido a aumentar el sentido habitual de la empresa-industria hacia sus otros sentidos. Quizá estemos presenciando la creación de un nuevo sentido de hacer-ser empresa o solo una evocación de los sentidos de empresa ya presentes y activos en la sociedad europea premoderna y precapitalista, cuya memoria y sucesión ha sido recopilada por una parte de la sociedad con un estatuto considerado históricamente débil y residual, cuando no integrado. Sin embargo, son esas partes de la sociedad la que están viviendo un momento interesante de protagonismo y una centralidad estratégica en el sistema de mercado y de las instituciones. La palabra empresa, recordemos, antes de convertirse en sinónimo de industria y figura exclusiva del capitalismo, es una palabra técnica en el lenguaje cortés (también adoptado por las místicas del amor del siglo XIII y XIV) y está combinado con el amor. La emprise es la aventura que se corre por amor, de hecho es empresa de amor.

Hay un vacío teórico impresionante en la literatura sociológica, psicológica y de gestión en todas aquella empresas que no se agotan en ser industria; que son capaces de re-significar el sentido de empresa, de expresar otros sentidos a través de una interpretación diferente de la dimensión económica, debido a la presencia de las mujeres como sujetos activos que emprenden una actividad.

El vacío teórico tiene que ver, por una parte, con la incapacidad de leer y hacer que hablen los datos sobre la presencia femenina y sobre sus diferentes modalidades, sus diferentes necesidades y deseos que las mujeres tienen, sin aplastar todo con lecturas banalizantes y estereotipadas que, además de simplificar, neutralizan completamente cualquier elemento de diferencia. El vacío teórico se debe también a la incapacidad de liberarse de la invasión de un imaginario del emprendedor y de la iniciativa empresarial que ha invadido la cultura industrial en las últimas décadas y que se ha extendido como cultura economicista dominante.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

II

 

Emprender: otros significados de empresa

 

Los otros sentidos de empresa reactivados y puestos de nuevo en circulación por las mujeres como nuevos sujetos-intérpretes de lo económico son legibles en la medida en la que aparecen otros sentidos del mercado y del estar en el mercado. El mercado es entendido, vivido, interpretado por las mujeres —esta es mi lectura— no sólo como un lugar dominado por el capital y por sus leyes, sino como, principalmente, un lugar de intercambio en su amplio sentido, no exclusivamente monetario. Como un lugar simbólico capaz de producir ocasiones, entrelazar necesidades y deseos, necesidades materiales y aspiraciones, contribuir a convertirse en sujetos. De esta concepción amplia y sensible del mercado, de la empresa como lugar de libertad, se deduce que las empresas femeninas tienen un notable interés en jugar primordialmente con las dimensiones relacionales, lingüísticas, expresivas. No sitúan en primer lugar el dinero (aunque sea beneficioso jurídicamente) sino una dimensión de bienestar y calidad social. Tienen una escasa propensión al riesgo de empresa pero, por el contrario, poseen una notable actitud hacia la composición de trayectorias personales y laborales; prefieren sectores en los que la dimensión del cuidado, de la hospitalidad, de la belleza y de la sintonía con el ambiente prevalezcan.

Convertirse en sujetos a través de la capacidad de ser sujetos de lo económico es un paso muy importante y querido por las mujeres. Autonomía simbólica y autonomía material es un tema precisamente muy importante en la reflexión femenina. Se impone aquí hacer una referencia a Virginia Woolf y a sus obras Una habitación propia y Tres guineas, dos obras que, juntas, muestran la importancia que para las mujeres han tenido la conquista de habitar libremente espacios físicos y poder disponer de una renta.

Gracias a la diferencia femenina, el sentido del mercado se ha ampliado más allá del significado reducido del capitalismo, de mercado con el único objetivo del beneficio económico. Sin embargo, es exactamente esta ampliación del sentido de mercado y de empresa debido a sus matrices afectivas la que vuelve, al mismo tiempo, muy potentes y muy vulnerables las empresas femeninas. Las vuelve muy creativas y muy inestables, muy sólidas y muy perturbables al mismo tiempo. A diferencia de lo que hice en el libro Empresas de amor…, donde enfaticé mucho la dimensión del amor, aquí con vosotras quisiera volver a la matriz afectiva del hacer (ser) empresa para indagar su lado oscuro, su lado débil y las críticas que se derivan de la toma de contacto con la realidad y la capacidad relacional y empresarial. En mis trabajos anteriores me concentré en poner al descubierto que allí donde lo económico se ha vuelto a abrir y se ha reactivado su sentido amplio y radical —como intercambio de bienes e intercambio simbólico, como economía doméstica y economía de relación con lo divino, como complejidad de relaciones entre lengua y dinero, lo que se puede pagar y lo que queda sin pagar, entre elementos monetarios y extra monetarios— emerge una matriz afectiva de la empresa que hace de ella algo extremadamente permeable a la subjetividad de quien la hace, a las relaciones que constituyen su núcleo, al fuerte empuje del autor (entendiendo con la palabra “autor” una ambición por crear de manera artesanal la composición entre dimensión organizativa y relacional, etc.), a una búsqueda de “originalidad” —en el sentido de Carla Lonzi— como producción no estándar/homologada, sino “artesanal” que parte de la búsqueda libre de un sujeto o más sujetos en relación con un contexto y que, a través de una obra, expresa una idea de mundo. Además existe —este es un punto crucial— un modo de entrelazar relaciones y organización del trabajo que, en mi opinión, es lo que hace aflorar de manera más fuerte la dimensión innovadora de las empresas femeninas y que, sin embargo, tiene aspectos —allí donde la dimensión del dinero no se cuida mucho— de extrema fragilidad. En el libro Paisajes y figuras de la formación en la creación social, cuya edición corrió a cargo de Anna Maria Piussi, se cuentan historias y reflexiones hechas desde dentro de las empresas sociales o de las empresas dirigidas por mujeres, que se han medido con dimensiones muy de autor. Hay una parte dedicada a la dimensión organizativa que explica bien, en mi opinión, cuánto pensamiento, reflexión, investigación y tiempo es necesario para renunciar a modelos organizativos tradicionales —señalado como no adecuados a la visión de empresa elegida— e inventar/adoptar una organización como “sistema viviente” que sintonice con el contexto en el que se trabaja y que busca una medida que permita una lectura y una relación viva con la realidad, pero sin prever una homologación/integración. Una organización que crece y se modifica principalmente a través del cuidado de las conexiones entre los elementos que componen la empresa misma: relaciones, organización, factores ambientales, contexto, recursos materiales y simbólicos. Podéis haceros ya una idea, con mis palabras, de cuánto trabajo hay detrás de esta renuncia a un modelo tradicional en favor de la búsqueda de un “modelo” a inventar, adaptar, sintonizar.

La dimensión organizativa y la dimensión de lo monetario son centrales para un estudio sobre el lado oscuro de las empresas femeninas y para comenzar a ponernos sobre la pista de la desproporción, con la que comencé mi discurso.

 

 

 

 

 

III

 

Dinero y organización: des-economía, desmesura, despilfarro.

 

Para quien tiene un recorrido político del movimiento de las mujeres o un compromiso político y social existe una suerte de “imaginario de fondo” que afecta a dos dimensiones muy importantes en el hacer empresa: la relación con el dinero y la relación con las dimensiones organizativas.

Parto de la relación con el dinero y de lo que llamo “des-economía”. La des-economía consiste principalmente en la no identificación de la economicidad de una empresa con su beneficio monetario; no identificación que está en una idea de lo económico más grande y menos monetaria, que como habíamos dicho antes, es un rasgo de expresión de la diferencia femenina. La ampliación de la concepción de lo económico abre de par en par todas las formas de ganancia, pérdida, crédito, débito, beneficio de naturaleza extra monetaria, que están estrechamente conectadas con la economía de las relaciones, con la dimensión social de las relaciones humanas y con la posibilidad de crear, tejer, producir sociabilidad y humanidad. Y a este modo de concebir y habitar lo económico y el mercado las mujeres, más que los hombres, están muy vinculadas. Al ocuparse, tradicionalmente, de la economía doméstica saben perfectamente cuál es el lugar del dinero, de las relaciones y del amor.

Tradicionalmente el trabajo de las mujeres y su actividad han sido avaladas en lo “gratuito”, en el no reconocimiento del valor monetario de este “trabajo especial”, de esta labor femenina. Sin embargo, después de la ruptura del pacto social que asignaba el trabajo de producción a los hombres y de reproducción a las mujeres, el paisaje cambió y ahora se trata de rediseñar la geografía de todas aquellas prácticas que están conectadas a la economía monetaria, extramonetaria y simbólica. Es en esta necesidad de rediseñar una geografía de lo económico donde queda situada lo que yo llamo des-economía.

La relación con el dinero para las mujeres que hacen empresa es a menudo desnivelada por una “marginación ética”, siendo asociado el dinero —tácitamente— a una motivación considerada no demasiado política y comprometida. La lectura reductiva que a menudo se corre el peligro de reproducir es que con el dinero haya solo una relación posible y que la motivación se reduzca a la del beneficio puro y duro. En comparación con motivaciones sublimes, esta no la percibimos como presentable y negociable de la misma manera, sobre todo a nuestros ojos. La marginación ética es la que pone trabas a tratar el tema de la importancia del dinero que hay, que falta, que buscamos, el que pudiéramos hacer, a menos que seamos ricas. La dimensión “ética” desvaloriza las diferentes expectativas que podamos tener respecto a ganar dinero, a la necesidad que tenemos de él, o al deseo de ver reconocido también monetariamente nuestro trabajo de un modo más que digno, o aún más simple y radical de ver: la empresa de la que somos autoras no siempre camina a trompicones, y sabe proteger y garantizar la inversión y el trabajo, sabe mantener viva, también a través de un cierto bienestar, la motivación. El éxito de la marginación ética es, en efecto, una desvalorización que se traduce en una des-economía de la empresa. En la des-economía, que es un punto débil de las empresas femeninas, leo dos cosas: una incapacidad de hacer las cuentas en la dimensión monetaria en sentido estricto, por las razones anteriormente mencionadas, y una incapacidad aún mayor en las posibilidades de contacto con la realidad y con las condiciones propias de nuestro tiempo y contexto que la relación con el dinero nos ofrece. En mi experiencia esto vale para cualquier situación en la que decidimos dar dinero. Se trata de sacarlo de la marginación en nuestros discursos y abrir también en la relación con el dinero diversas posibilidades creativas, imaginativas y no todas ya determinadas por un simbólico capitalista hegemónico. La ampliación del sentido de lo económico y del sentido de empresa nos permite esta libertad de la que debemos aprender a ser conscientes y a tratar en un proceso de valorización de las relaciones.

En lo que se refiere a la relación con los aspectos organizativos la vivencia también es, frecuentemente, prejuiciosa; la organización es a menudo percibida como antagonista de las relaciones. Durante años hemos pensado que era suficiente la motivación, la práctica de las relaciones, la inversión, para hacer funcionar cualquier cosa, cualquier empresa “política”, al menos. Dejándonos  piel, a golpes de conflictos y de des-mentidos de la realidad, hemos aprendido a reconocer que en las empresas es fundamental tener un pensamiento y prácticas capaces de una mantener una familiaridad con las dimensiones de lo monetario y con su simbólico, y con todo lo que tenga que ver con los aspectos organizativos, si queremos hacer que exista un pensamiento económico más grande. Que se trate de realidades pequeñas o grandes, donde se nos mide con las dimensiones laborables que están en el mercado, no puede evitar un pensamiento y una pregunta sobre: “¿qué tipo de organización somos?”. Esto significa preguntarse cómo articulamos nuestros papeles, nuestras competencias, entrelazando todo esto con las relaciones existentes y con el deseo de hacer circular no solo organización jerárquica sino reconocimiento de autoridad relacional, vertical y horizontal. Los modelos organizativos pueden y deben sintonizarse con la exigencia de los valores y las motivaciones que tenemos, y también pueden ser muy experimentales (como ocurrió en la experiencia de la empresa de la cooperativa Guglielma), pero no pueden ser totalmente ignorados. A la importancia de un pensamiento organizativo capaz de sostener las relaciones y la práctica de las relaciones he/hemos llegado muy tarde. Esta lentitud, en mi opinión, trajo consigo una sobrecarga extraordinaria sobre las relaciones, en general, y sobre las relaciones de trabajo verdaderas. El antagonismo ideológico entre prácticas organizativas y prácticas relacionales ha traído consigo muchos elementos de disolución y verdaderas confusiones de planos, a veces. Si hacer todas/todo es inicialmente y siempre un punto fuerte para hacer-ser empresa en su unidad, es necesario sin embargo no renunciar a medirse en competencias que se convierten en fines y finitas, que no están demasiado en un régimen de despilfarro: de tiempo, energías, emotividad y que sobre todo no contribuyan a confundir competencias/papeles/responsabilidad. Una buena práctica de trabajo ayuda y se pone al servicio de las relaciones sosteniéndolas.

Concluyo con la fortaleza de la desproporción: la desmesura.

La desmesura es propia del amor. Margarita Porete en su Espejo de las almas simples dice que en todo sirve la mesura excepto en el amor. Y por esto pienso que cuando las relaciones dan origen a desproporciones que nos ponen en dificultad y que crean des-economía, despilfarro, desmesura, allí hay mucho amor. Las empresas femeninas sufren de esta desmesura y, en mi opinión, se exponen a menudo a ahogarse en ella. Muchas energías puestas al servicio de dimensiones efectivas que a menudo usurpan e intercambian el puesto a las energías proyectivas y realizativas, a la posibilidad de transformar esta desmedida en conflictos relacionales que ofrecen la posibilidad de elaborar recorridos y posibilidades, de inventar medida donde no hay medida, de concentrar donde hay demasiada dispersión: de hacer economía femenina.

En la desproporción de la que las prácticas femeninas hablan hay una búsqueda extrema y extremista de un más, del máximo, de un orden de relaciones que sea amoroso. Es un “rasgo divino” y “demoníaco” cuando se deja abandonado a sí mismo. Quizá al volverlo a poner en circulación y solo mediante la ganzúa es posible comenzar a nombrar y representar la enorme ambición femenina de recrear el mundo a través de las relaciones, en un orden de este mundo pero, como el intercambio amoroso, de ninguna manera corriente.

 

 



* Antonia De Vita entregó casi la totalidad de su intervención ya traducida. La revisión de la traducción ha sido de Gemma del Olmo Campillo.