SEMINARIO EN ENTREDÓS – Madrid, 12 de abril 2008.
¿Qué sabe el cuerpo que yo no sé?
Pistas de búsqueda.
Al cuidado de Delfina Lusiardi.
Tania Rodríguez me ha pedido que os proponga tres preguntas para orientar la investigación de quien participa en el seminario. Una pregunta para cada sesión.
He aceptado su petición, convencida de la eficacia de este método en el trabajo del pensamiento; cuando el hacer pensamiento es investigación. Una investigación que extrae palabras esenciales de la experiencia subjetiva.
“A partir de sí” es la expresión acertada que hemos encontrado para hablar de esta práctica, fecunda, inventada por las mujeres en el trabajo de las palabras. (Sabemos que la expresión puede ser interpretada de un modo restrictivo o incluso malinterpretada hasta el punto de producir un mercado público de las experiencias más íntimas y más profundas de los individuos que alimentan el voyerismo y el narcisismo).
Para una mujer el partir de sí es fuente de autoridad de su palabra. La experiencia viva, íntima y profunda es el manantial del cual podemos extraer conocimiento y sabiduría. Como tal nos autoriza a hablar, a ofrecer nuestras palabras, palabras de mujer, al mundo.
Más allá de las fronteras lingüísticas, más allá de las posiciones sociales y de las diferentes experiencias de vida, esta práctica permite a una mujer encontrar a la otra (al otro), hablar con ella (con él).
Es una sabiduría práctica que a nosotras, mujeres occidentales, nos llegó gracias al feminismo de los años setenta[1]. Quien continúa percibiéndola dentro de sí como la raíz de la propia libertad y de la verdad del propio sentir, encuentra el coraje. El coraje de cada día. El coraje de gestos puntuales, de acciones precisas y de palabras esenciales en los lugares donde está llamada a ser: en las relaciones, en las instituciones y en los saberes dentro de los cuales desarrollamos nuestra obra o simplemente vivimos. Sin esta raíz de libertad y de coraje nos perdemos en conflictos inútiles, entramos en la confusión. Inconscientes, nos dejamos arrastrar por el desorden del mundo y desperdiciamos nuestra energía, nuestra imaginación y pasión, nuestra inteligencia en juego donde las reglas ya se han decidido en nuestra ausencia, dentro de un orden que se nutre de la fecundidad femenina sin ni siquiera percatarse del alimento que recibe. La devora y punto, con las misma voracidad de un ogro, que se vuelve cada vez más voraz y más grande.
Hablo de una cualidad, invisible pero no imperceptible, que podemos llamar materna. Lo materno que ofrece dones al mundo habitándolo. Es potencia creativa, potencia materna, manifestación del eros femenino: potencia generadora no estrictamente biológica, que percibimos como fecundidad espiritual en los seres que tienen el poder de iluminar, de hacer crecer, de transformar...[2]
Una mujer siente cuando, en los lugares que frecuenta, esta energía circula y cuando no está o de repente desaparece. Cuando no está o desaparece, vive en un estado de aridez y de esterilidad que le impide ser creativa.
En las instituciones terapéuticas, en la medicina, al igual que en la escuela, en las instituciones destinadas a la formación... hay una inmensa necesidad de esta cualidad fecunda, que de las mujeres puede fluir naturalmente si el ansia de servicio, la ambición del poder, no la bloquean o la hunden. Si, en otras palabras, el poder femenino de curar, de hacer crecer, de iluminar las casas donde una mujer vive y actúa... se transforma en poder sobre los seres, sobre los lugares y sobre las cosas.
Y, en efecto, allí, en esas instituciones, hemos entrado muchísimas en las últimas décadas, pero vemos que incluso allí se ha hecho muy fatigoso, si no imposible, para una mujer ser creativa culturalmente, fecunda espiritualmente. A menudo una mujer agota su energía en inventar estrategias de supervivencia, en resistir y protegerse de los juegos de poder a los que constantemente es invitada, en buscar algún pasaje para que su vida creativa pueda realmente expresarse y dar sus frutos... Su mente se desconcierta y su cualidad intuitiva se apaga, volviéndola incapaz de coger al vuelo las ocasiones para abrir conflictos de verdad fecundos. Mi cuerpo de mujer padece todo esto. Conoce íntimamente este sufrimiento, lo sabe más de lo que yo pueda llegar a sentirlo: yo tan pendiente de “estar en el juego del mundo” para ignorar, desplazar el sufrimiento que esto comporta. El yo, preocupado por no desaparecer de la escena del mundo[3].
¿Qué es lo que sabe el cuerpo que yo no sé?
Es la primera pregunta que abrió mi mente hace algunos veranos, mientras estaba inmersa en la investigación de Diótima sobre el “trabajo del negativo” y, al mismo tiempo, estaba preparando un texto-testimonio para el seminario de Metis Medicina y Memoria dedicado al “cuerpo, transformado por la enfermedad y por la técnica”. Título del seminario: “Otro cuerpo”[4].
Mi posición era, y continúa siendo, la de paciente, Una “paciente pensante”, como la doctora Gemma Martino llama a algunas mujeres, a las que ella y su equipo hacen el seguimiento, que de forma espontánea o en talleres de investigación trabajan sobre la experiencia de la enfermedad y sobre el proceso terapéutico recavando todo lo que se puede llamar saber. Un saber de la experiencia, hecho de algunas intuiciones más o menos claras. Y de muchas que quedan oscuras.
En aquella ocasión estaba leyendo: Sabiduría como estilo de vida de Raimon Panikkar, y me quedé deslumbrada por esta máxima del Tao: “Aquellos que saben no hablan y aquellos que hablan no saben”.
Me dije: los que saben son los cuerpos, pero no hablan. Los que no saben (médico, medicina, paciente, terapeuta) hablan, aunque las palabras sean por su naturaleza un ir más allá, un desplazamiento a otro lugar, más o menos lejos, el saber que es del cuerpo que padece la enfermedad, el cuerpo enfermo.
Leída de esta manera, la sabiduría del Tao me ayudaba a ver no un simple desequilibrio de poder entre quien cura y quien está enfermo (un desequilibrio que se puede equilibrar con mecanismos oportunos), sino una paradoja que muestra sobre todo al/a la paciente la necesidad de dejar que el cuerpo hable, en la lengua que le es propia, de escuchar y prepararse para entender lo que está diciendo y tenerlo en cuenta.
Sabía que al hacerme testimonio de este saber del cuerpo, corría el riesgo de malinterpretar, de traicionar, de traicionarme a mí misma.
Sin
embargo, en la posición de paciente hay una ventaja, la del contacto íntimo con
la enfermedad y con esa embrollada maraña de sensaciones, imágenes,
intuiciones, percepciones oscuras, estados de animo, síntomas... los signos de
los que esta hecha la lengua del cuerpo. Hablo del cuerpo que
cada individuo es. El cuerpo que revela quién somos para los
otros. Incluso en los aspectos que no queremos mostrar. (Karlfried Graf Dürckheim).
Están grabadas en la memoria del cuerpo la confianza y la diferencia que nos mueven en el mundo con un estilo que es el rasgo de nuestra singularidad . Confianza y diferencia nos empujan hacia los otros, las otras, con tranquilidad o con apuro, con decisión o con excitación, con calma y apertura o deseo de afirmación; nos hacen retroceder, defender... con movimientos y gestos que nuestra voluntad no siempre logra controlar. Es el cuerpo el que conoce el abismo de nuestra originaria vulnerabilidad y por este conocimiento somos guiadas (guiados) y movidas (movidos) sin que nos demos cuenta plenamente de ello. Hay enfermedades que ponen en contacto con este abismo, donde el yo no manda. Los sueños nos ayudan a entrar ahí, a mantener abierto el acceso. Y la enfermedad puede ser la ocasión para emprender este camino interior, de conocimiento profundo de sí.
Entre las metáforas oníricas, la de la casa vuelve con particular insistencia en los sueños de mujeres que viven experiencias de alteración radical de la propia imagen corpórea, experiencias que producen un cambio profundo en la percepción inconsciente de sí. Estas experiencias, de hecho, pueden actualizar, despertándola, la angustia del nacimiento, de pérdida del cuerpo, el cuerpo de la madre para el neonato. (F. Dolto).
Perdido el sentido de integridad de mi ser, en cuanto cuerpo femenino mutilado de una parte simbólicamente significante, la vivencia es de pérdida, no de una parte de mí sino de todo mi cuerpo, la primera raíz del ser gracias a la cual me siento reconocida como mí misma, distinta de los otros... sobre todo de ella, mi madre, y de los otros individuos, mujeres y hombres parecidos a mí. Es una angustia de muerte, de regresión al caos, a la confusión que se experimenta en épocas de transformación violenta del cuerpo que representa el propio ser. Angustia de retorno, de impotente abandono del agua primordial... donde estábamos en la originaria indistinción, en la fusión con el cuerpo materno.
En estas épocas se puede sentir una necesidad vital de amor, de cercanía y contacto con otro cuerpo, y al mismo tiempo el miedo y el rechazo de una excesiva proximidad.
Los gestos se resienten de ello. Y es preciso tiempo, el tiempo de la espera y de la atención paciente, el tiempo del luto y de la gestación, para reencontrar la espontaneidad de gestos fundamentales: abrazar, andar hacia..., ir con confianza al encuentro de los otros, pero también alejarse, tomar distancia, mantener lejos lo que fue mantenido lejos y acercar lo que queremos sentir cercano.
Del dolor y del cansancio, de la angustia de este nacer en un cuerpo-otro hablan con extraordinaria claridad los sueños de mujeres operadas de cáncer de mama[5].
En ellos se puede leer una experiencia de confusión, de incertidumbre, en algunos se adivina el sentido de pérdida irremediable del propio cuerpo. Domina la nostalgia por el cuerpo perdido, a causa del objeto perdido. La nostalgia es el mal de la vuelta a la casa abandonada. Y, de la misma manera que la nostalgia impide superar el sentimiento de ajenidad con respecto al lugar donde se está haciendo la nueva casa, así la nostalgia del cuerpo perdido impide sentirse en casa en el “otro cuerpo”, el cuerpo transformado por la enfermedad. Este cuerpo continúa siendo percibido como otro de sí.
Se vive en una casa que se llena de cosas “no elegidas”, dice un sueño. Se pierde el sentimiento de armonía con la propia casa, allí se encuentra entre objetos y muebles que no se corresponden con el gusto propio. El cuarto está lleno de muebles que estorban, privados de esencialidad, inútilmente buscados…
Por
otra parte, la soñadora recibe como regalo un “sillón inflable” que no sabe
dónde poner, que no logra aceptar. Parece imposible encontrarle un lugar en la
casa. Sin embargo, el sueño, a través “del marido”, le dice que no se puede
hacer otra cosa mas que aceptar este obstáculo. Y que ese es “el mal menor”. El
sueño parece indicar la necesidad de atenerse al principio del mal menor y de
aceptar el menor daño... Esto parece ser el nuevo principio que la mujer debe
reconocer y acoger. (Marie Luise v.
Franz)
Un pensamiento que sea de ensueño (J.B. Pontalis) es un pensamiento que logra detenerse en el silencio de las imágenes oníricas. En un sueño al comienzo de la terapia rehabilitadota aparece un nacimiento, el nacimiento de una criatura que, en un primer momento, no tiene encanto ni vitalidad; no hay felicidad por el nacimiento de esta criatura “descolorida” y “pálida”, con pocos pelos en la cabeza. Después, la ausencia de felicidad se transforma en felicidad y alegría. Pero es preciso no distraerse, dice el sueño. Lo esencial, parecen decir los sueños de esta época crucial, de pasaje desde el estado de enfermedad a la vuelta a la vida activa, es “evitar la distracción, no perder la concentración”. Es preciso no distraerse. No perder de vista el propio centro.
Es claro el llamamiento a la atención:
“Vuelos de pájaros marinos (¿gaviotas?) sobre el agua: la belleza de
sus vuelos es establecida por nuestra atención”
Es la atención la que establece la belleza del vuelo de los pájaros marinos sobre el agua y les impide caer. La posibilidad del vuelo, del movimiento libre sobre el agua nos recuerda la importancia del aire.
“¿El aire no es el todo de nuestro habitar en cuanto mortales?”, se pregunta Luce Irigaray en su libro comenzado después de la muerte de Heidegger [un “homenaje al filósofo —escribe la autora— por la luz que me ha trasmitido si ninguna obligación, excepto la de pensar”].
“¿Existe un morar más vasto, más espacioso, y también generalmente más tranquilo que el del aire? ¿Puede el hombre vivir en otro lugar que no sea el aire? Ni en la tierra ni en el fuego ni en el agua hay una habitar posible para él [...] Pero este elemento, irreduciblemente constitutivo del todo, no se impone ni a la percepción ni al conocimiento. Siempre aquí, se deja olvidar.” (L. Irigaray)
“Olvido del aire” es la tendencia a olvidarse del elemento que hace libre el movimiento de nosotros los mortales. De cada uno y de todos. La expresión en mi mente se asocia a otra, de Marguerite Duras: “olvido de sí”: “...en el momento del baile de S. Thala, Lol V. Stein está hasta tal punto atraída por el espectáculo de su novio y de esa desconocida de negro que se olvida de sufrir. No sufre por ser olvidada, traicionada. Y es mediante esta supresión del dolor como Lol V. Stein enloquecerá. [...] Es un olvido [...] todas las mujeres de mis libros, cualquiera que sea su edad, derivan de Lol V. Stein. Es decir, de un cierto olvido de sí.” (Marguerite Duras)
La tendencia al olvido, “del aire” y “de sí”: la tendencia en una mujer a olvidar el aire que permite su vuelo, la tendencia a suprimir, a desplazar el sufrimiento interior, distraída por el Otro, el hombre amado, y por el espectáculo que él ofrece, hasta el punto de impedirse a sí misma percatarse del sufrimiento que ese espectáculo provoca en ella: ¿los sueños hablan de esta tendencia femenina? Sueños, que acompañan a una mujer fuera del tiempo de la enfermedad, de nuevo hacia la vida y hacia los vínculos en los que esa tendencia femenina puede resultar fatal.
¿Qué es el sueño respecto a la vida? ¿Cómo pueden curarnos los sueños?
Se necesita tiempo y calma interior para que una intuición oscura pueda transformarse en saber esencial mediante las palabras. Que los sueños puedan curarnos es una intuición que continúa resonando en mí en forma de pregunta, como una verdad que no se agota. Y que nos pide encontrar alguna prueba, alguna pista esencial... La esencialidad necesita silencio, vacío de palabras para que el oído pueda percibir los sentimientos de donde nos vienen esas verdades que están profundamente arraigadas en el sentir, más allá del umbral de las palabras. Se necesita claridad mental para recoger este saber que nos pone en contacto con la profunda oscuridad y unidad del ser-que somos. Con nuestra vulnerabilidad extrema, con nuestra inconsciente tendencia a la autodestrucción que el mal nos invita a reconocer.
Más allá de los saberes técnicos, la enfermedad abre a otro saber. Más incierto y oscuro que el de la cirugía y la medicina, pero absolutamente determinante porque revela algo que el paciente, la paciente, intuye y sabe que no puede ignorar ni olvidar.
Hay experiencias que se pueden elaborar, otras que es mejor dejar tal y como llegaron. Entre ellas pondría aquellos sueños que tienen el carácter sacro de los textos sapienciales. Son revelaciones de verdad expresadas en una lengua distinta a la “lengua del día” (Pontalis). Como todos los sueños, llegaron en la “lengua de la noche” y cada tentativa de recluirlos en la “lengua del día” los privaría de su poder de abrir la mente al misterio que nos habita.
Como todo texto sapiencial, son leídos y escuchados con el corazón, se los deja actuar con toda su potencia reveladora y transformadora. Son sueños que transcienden la experiencia personal de la soñadora. La soñadora, una mujer enferma de cáncer de mama, es el medio del que se vale un mensaje que va más allá del acontecimiento biográfico, incluso viniendo de ella misma ese mensaje. Hablan de una metamorfosis de la mirada. Indican: un gesto (por hacer), una pérdida (por soportar): nos recuerdan aquel “muere y llega a ser” propio de cada camino iniciado, de muerte y renacimiento. Nos dicen que la curación es un camino, es un proceso en el cual debe llevarse a cabo una obra de purificación de la mirada; un viaje en el cual sobreviene un debilitamiento de la vista, en la hora del crepúsculo.
Para nacer a una nueva visión, la visión anterior debe morir... debe debilitarse, declinar...
Al despertar permanece muy vivo un gesto que en el sueño hago con naturalidad. Al recordarlo siento una sensación de profundo disgusto: limpio la órbita ocular de una mujer que tiene larvas, a los pies de esta mujer se forma un montón no de algunas sino de infinitas larvas muy pequeñas y secas como la caspa. Una repugnancia que no se va.
Es por la mañana, entre un
toque de despertar y el otro.
Imágenes de decadencia física.
Una casa: paralela a la casa de A está la mía. Me doy cuenta, después de haber visto la suya, que también mi casa tiene el techo artesonado, pero las tablas se han despegado en varios puntos y dejan entrever el yeso... También hay un fragmento que está en comisión de evaluación y las cosas funcionan con mucha desorganización, sin ningún respeto por los criterios mínimos a los que atenerse. No leen los informes de la escuela, todos miran atentamente un vídeo, quizá de la estudiante allí sentada.
Después —la parte más molesta—
voy en coche, tengo que ir al hospital a encontrarme con alguien. Pienso
en aparcar un poco más lejos y hacer
una parte del camino andando. Pero después me viene a la mente la frase de AM:
si el pecado se hace, se debe hacer convenientemente. Arranco el coche e
intento llegar lo más cerca posible. Pero, mientras conduzco, me doy cuenta de
que me disminuye la vista. Veo cada vez más nublado e impreciso. Es la luz del
crepúsculo.
¿Quién nos cura?
Os traslado a vosotras la pregunta tal y como me ha venido, con la confianza de que pueda ser fecunda. Que algo ocurra en el lenguaje que habla de la enfermedad y del cuidado de la enfermedad.
Es una pregunta que me sorprende y me atemoriza. Y sin embargo siento que ha llegado el momento de afrontarla, consciente del hecho que, al buscar una respuesta, hay que hacer un salto respecto al lenguaje técnico de la terapéutica y de la medicina, que tiene en mucha consideración las observaciones, los cálculos, los criterios objetivos; que funda su procedimientos en protocolos que prescinden de las variables subjetivas... Sé que abandonar este estado conlleva un salto arriesgado, una aventura que nos compromete a encontrar otro lenguaje para hablar del proceso terapéutico. Y de ese estado che llamamos curación, al que aspira toda medicina y toda terapia.
Dos sueños pueden abrir nuestra mente en esta investigación.
Soñaba que estaba en el agua,
en los abismos, en el limo... con mucha gente alrededor... “te doy el
respirador” me dicen, y yo, apática. Después, un golpe de aleta y llegué
arriba.
Un perro avanza con paso dislocado, esta un poco desnutrido; recuerda a un vagabundo. Camina por la tapia de una calle bordeada por bloques de pisos .
De repente una luz, no un
resplandor: la imagen es absorbida y transformada en una nube luminosa.
Empujón hacia lo alto, el golpe de aleta que corta con la situación de abandono del elemento primordial, el agua estancada: una decisión, si así podemos llamar al repentino despertarse del impulso vital, en la forma de un movimiento que viene de la parte baja del cuerpo. La emersión desde una lejanía abisal, donde la soñadora había conocido la anulación del sufrimiento, como raíz del sentirse vivos, la indiferencia absoluta a los indicaciones de los otros, de la gente (el mundo), con sus llamamientos de no olvidar el aire y volver arriba...
En el segundo no hay acción sino una metamorfosis misteriosa, la transformación de la sustancia sólida —un cuerpo— en sustancia gaseosa (sublimación, en química). El cuerpo es el de un perro, la amistad primigenia entre humano y animal. ¿El cuerpo no es lo animal en mí, el amigo fiel? El sueño parece invitar a la amistad, a la fidelidad al cuerpo. El perro vagabundo obligado a caminar por una calle desolada, el animal que no era de nadie se transforma en una nube de luz... El cuerpo, al que estaba reducido al pobre animal desnutrido y abandonado, se convierte en el elemento luminoso, la nube de luz. Es ahora luz que se hace vínculo entre cielo y tierra.
El retorno a la vida, que nace de un impulso interno, no está mezclado con la curación en sentido clínico.
Se puede, en efecto, estar clínicamente curados, pero no preparados para volver a la vida, a dejar la soledad en la que hemos vivido la enfermedad, el silencio en el que nos habíamos recogido; sin embargo, el deseo de “volver arriba” al mundo, a los otros, a la vida fuera del agua, el sentirse renacer, puede presentarse en ausencia de un diagnóstico de curación que podrá ocurrir, para algunas enfermedades (el cáncer entre ellas) sólo mucho más adelante en el tiempo. O nunca: hay enfermedades que no se curan y que, sin embargo, no tienen como rehén el tiempo de la vida de quien es golpeado.
Por tanto, en la enfermedad no existe sólo la curación en el sentido clínico o la muerte; hay también otro éxito posible que podemos llamar el despertarse del deseo de vivir, de la pasión por la vida, el “impulso para volver arriba”, al aire, al sentirse renacer, el despertar de la íntima disponibilidad a volver a la vida, el manifestarse un llamamiento que saca del estado de abandono...
Sin embargo, este sentimiento, fundamental para la paciente que lo vive y para quien la cuida (para entender cuál es la petición de ayuda, si hay movimientos que apoyar o más bien ayudar estando ahí, esperando), no puede ser incluido en los protocolos terapéuticos, porque se trata de la manifestación de algo que no se da con signos evidentes.
Al ser un estado de ánimo, no es clasificable entre los éxitos pre-visibles, revelándose como un sentir incierto, en parte inconsciente, en cada caso íntimamente y, a menudo, confusamente advertido, variable, inestable. Como todos los estados de ánimo, es subjetivo y por lo demás inefable. No se puede, por tanto, registrar objetivamente ni definir.
Sin embargo, si queremos tenerlo presente en la curación, si queremos inventariar entre los éxitos posibles de la enfermedad que se manifieste el deseo de volver a la vida, es preciso objetivarlo en alguna medida, reconocerlo como un hecho que se puede registrar.
Además de los sueños en los que se revela, me parece que otra posibilidad de objetivación puede darse en la forma de una narración biográfica, donde al hablar haya una subjetividad lo bastante despegada como para ver lo que le está sucediendo y, al mismo tiempo, tan íntimamente próxima a sí como para reconocer las más sutiles y oscuras conmociones del sentir. Las mismas que alimentan las imágenes de los sueños. Un ejemplo insuperable nos proporciona este fragmento de María Zambrano:
“Como había estado cerca de desnacer, sentía al renacer las diversas vestiduras temporales. Estaba “aquí”, en este tiempo, ¿en cuántos? Y eso le producía confusión y vacilaba; a veces no sabía en qué tiempo meterse o en qué tiempo estaba metida. Y algunas mañanas, al despertar cara a la luz del día, se había sentido como una paloma que regresa y ha de entrar en su casilla, pero, ¿en cuál? ¿Por qué capítulo de su vida? Tenía que acordarse de lo que la estaba pasando ahora y no era fácil porque... propiamente no la estaba pasando nada; sólo había vuelto a la vida. Y como volvía sin proyecto ni personalidad, rechazando la imagen que se transforma en máscara, como quería seguir así, tal como se vio que no era, sentía muy agudamente estas vestiduras del tiempo, estas capas de ser que los diversos tiempos nos echan encima y el tiempo casillero, el sucesivo.”[6] (María Zambrano, Delirio y destino)
Mientras trabajábamos con los materiales preciosos que las soñadoras[7] nos habían autorizado a leer, me viene a la mente estas palabras de María Zambrano, quizá porque, dialogando con las imágenes de los sueños, me parecía necesario iluminar uno de los momentos más intensos en la experiencia de una enfermedad difícil de vivir como el cáncer: ese momento que sentimos come un volver a la vida, un renacer. Un momento de ser podríamos definirlo: la íntima consciencia de sentirse aquí, de nuevo, disponibles a la vida, a su fluir.
En el despertar de este estado de ánimo convergen energías misteriosas, atenciones que parecen pertenecer más a la esfera de los afectos familiares, al calor espontáneo de algunos vínculos fundamentales, atenciones que pueden derivar de las cualidades personales de quien comparte la vida de cada día con nosotros, pero que pueden ser jugadas con conocimiento también en las relaciones terapéuticas contribuyendo en una medida no secundaria al nacimiento de este estado de ánimo, reconociendo y sosteniéndolo en su manifestarse incierto. Y sobretodo ayudando a la paciente (el paciente) a encontrar una orientación en la vida más fiel a sí, al propio sentir originario, de manera que, una vez que se despierta esta disponibilidad a la vida, la vida después no la llevas hacia una rápida disolución.
BRESCIA, 1 de marzo de 2008.
REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS SEGÚN EL ORDEN EN EL QUE APARECEN EN EL TEXTO
R. Panikkar, Saggezza stile di vita, ECP, Turín,1993; respecto a la máxima del Tao, cfr. anche Lao-tzu, Tao Te Ching, Adelphi (en esta versión, las primeras dos líneas del 56 ¾las reproducidas por Panikkar¾ aparecen en 1981);
Karlfried Graf Dürckheim, Le centre
de l’Etre, Albin Michel, 2002
Françoise Dolto, Parler de la mort,
Gallimard, París,1998
L’immagine inconscia del corpo, Feltrinelli, Milán, 1984
Marie-Louise Von Franz, Il femminile
nella fiaba, Bollati Boringhieri, Turín, 1992
J.-B. Pontalis, Finestre, e/o, Roma, 2001
Luce Irigaray, L’oblio dell’aria, Bollati Boringhieri, Turín, 1983 (citado por p. 23)
Marguerite Duras, La vita materiale, Feltrinelli, Milano, 1988 (citado por p.35)
María Zambrano, Delirio e destino, Cortina editore, 2000, p. 115
En el fragmento citado encontramos un neologismo:
*Desnacer en el
lenguaje de la filósofa abre al menos dos significados: el del sentir la muerte
como deshacer el nacimiento y el del caminar hacia la muerte, la
elección (inconsciente) del camino que conduce a la muerte.
Cfr. a propósito ver el íncipit
de su autobiografía.
[1] Para profundizar en la práctica del “partir de sí”, cfr.: Diotima, La sapienza di partire a sé, Liguori, 1996.
[2] He tratado este aspecto de la “fecundidad espiritual femenina” de manera más amplia en el texto Demetra y el hijo de la reina, en Diotima, L’ombra della madre, Liguori, 2007.
[3] Esta premisa de la pista de investigación ha sido estimulada o bien por la petición de Tania Rodríguez o bien por los recientes encuentros a dos con mis amigas: Maria Grazia Fontana, médica cirujana en el hospital civil de Brescia; y Oriella Savoldi, sindicalista de FLAI-GIL (trabajadores y trabajadoras del sector agroalimentario).
[4] Cfr.: Diotima, La magica forza del negativo, 2005.
Cfr.: Metis Medicina e memoria, Le donne e il cancro al seno, Quaderni di Metis, 2004
[5] Me refiero a los sueños [expuestos] del taller de Metis Medicina y memoria sobre el imaginario del cáncer, una investigación pensada y coordinada por Valeria Medda (psicoanalista de formación freudiana-lacaniana) y por Gabriella Galperti (psicoterapeuta,osteópata, formadora), iniciada en el año 2000 y concluida con la elaboración por parte de las investigadoras de una contribución para el Seminario “La representación subjetiva del mal”, organizado por Metis en el 2004. Crf: Metis Medicina y memoria, Las mujeres y el cáncer de mama, cit.
Las soñadoras son las mujeres (pacientes) autoras de los sueños puestos a disposición del taller de investigación y los sueños aumentan en la época de la enfermedad diagnosticada y curada como el cáncer de mama.
Para completar y para ofrecerlos a la reflexión, reproduzco a continuación algunos sueños a los cuales hago referencia en el texto, reproduciendo sólo algún pasaje.
5 de octubre 1996 (comienzo de la terapia)
Fragmentos de sueños
El primero: yo he enseñado en un espacio público un vestido. No recuerdo si de hombre o de mujer. Recuerdo que estaba compuesto por muchos trozos.
Aquel, o aquella, a quien se refiere el vestido, mientras este es enseñando, muere. Hay una relación entre los dos hechos. De la exposición yo soy responsable.
Este fragmento quiere permanecer en la memoria.
El segundo. En el sueño tengo un niño. Entre mí y X [mi marido] está este niño que tiene un aspecto apagado y pálido, tiene poco pelo y algo de punta. En el sueño hay una evolución en mi actitud: primero de no felicidad, después de felicidad al descubrir que tengo un niño, al darme cuenta de que este niño es mi niño.
Expresiones alegres [comportamiento que reservo a los niños que me gustan]. A continuación hay agua cubriendo el suelo de la cocina; veo que está subiendo el nivel del agua. Solo después de la entrada de X (a quien hago de alguna manera responsable de lo sucedido) veo el grifo del cual sale, que parece haber quedado abierto por una distracción mía.
6 de octubre
Un apartamento donde comienzo a vivir, el dormitorio está vacío, sólo hay una cama (parece de matrimonio)
Nítida es la imagen de dos paredes que crean un ángulo y definen un espacio vacío, demasiado vacío.
Me parece que este espacio puede acoger de forma armoniosa un mueble: una cómoda, que casi mágicamente entre en el sueño. Hay también una mesilla de noche para colocar, muy cuadrado, lacado ligeramente, de color entre azul y gris [es mi color preferido, usado para los marcos internos de la ventana de la casa del lago]. Esta mesilla podría ir entre las dos camas.
No se sabe cómo pero de golpe la habitación está llena de cosas, cómoda y mesilla desaparecen en un decorado que pierde el carácter sobrio, armonioso; abarrotado de cosas no elegidas.
Entre las piezas que no soporto hay, en particular, un armario que imita un estilo antiguo, con marco. Fuera de la habitación había un armario viejo más bien serio [como el que mi madre ha puesto en el granero de la casa de mis orígenes].
En el sueño pienso: lo que cuenta es no perder la concentración.
Domingo 10 de noviembre
Han quedado algunos pistas: imágenes que tienen el sabor de apariciones. Estas devuelven placer. Otras son enigmáticas y están acompañadas por la sensación de un inconveniente que existe y que es para mí un problema.
Mujeres vistas por detrás. Están vestidas de la misma manera, abrigos rojos con una tonalidad ligeramente distinta. Imagen inquietante: acompañada por una discusión que siento absurda, sobre las distintas tonalidades de los rojos.
Un regalo, un sillón inflable (como las colchonetas de
playa), enorme. No sabemos dónde ponerlo, parece que no tenemos elección [yo y
mi marido]. Mi marido acepta la solución que parece menos mala. Me quedo
sorprendida. No es suya. Y tampoco mía.
[6] María Zambrano, Delirio y destino (Los veinte años de una española), Madrid, Mondadori, 1989, p. 113.
[7] Ver nota 5.