LA DIDÁCTICA EN FEMENINO.

Entredós. Taller de la Historia Verdadera. Madrid, 18 de octubre de 2006. Invitación de Milagros Montoya.

 

Remei Arnaus i Morral.

Profesora del Dpt. de Didàctica i Organització Educativa, Facultat de Pedagogia de la Universitat de Barcelona.

Directora de Duoda Centre de Recerca en Estudis de les dones de la Universitat de Barcelona i associat al Parc Científic de Barcelona.

 

Deshacer el nudo de la dificultad de nombrar

 

Ya os hablaba en la invitación al Taller sobre la inquietud de hablar de Didáctica.

Mi dificultad de hablar de ella estaba en el nudo de la contradicción que sentía entre la dificultad de nombrar lo que de verdad sostenía mi práctica educativa, es decir, lo que realmente experimentaba “como didáctica” y la extrañeza del lenguaje de lo dado que trataba la Didáctica como metodología y estrategias de enseñanza y aprendizaje, ahogándola en un sentido instrumental. Al comienzo de mis lecturas y de la práctica política con mujeres, empecé a tomar conciencia de algo muy importante, y sigue siendo, en mí una clave de sentido y de libertad para estar en el mundo. El pensamiento importante lo encontré en el libro, que muchas lo recordaréis, “No creas tener derechos” de la Librería de mujeres de Milán, donde decían: la mente de la mujer sin adscripción simbólica tiene miedo. Se encuentra expuesta a hechos imprevisibles, todo le sucede de fuera a dentro…” Pensar desde lo dado bloquea el sentido de la dirección del deseo y del hacer. Bloqueado el sentido, una mujer enmudece y automodera su partir de sí porque las palabras inscritas en un lenguaje ajeno no le sirven para nombrar el sentido de lo que hace,- lo que hago- y le pasa –me pasa-. Tenía, pues, que desplazar el miedo a decir desde mí lo que era Didáctica, para nombrar de verdad el sentido de lo que hacia, haciendo corresponder la palabra con la experiencia.

 

Esta dificultad de nombrar lo que de verdad ocurre en el aula, también la percibo en comentarios que me dejan perpleja, un vacío grande, cuando compañeros y bastantes compañeras, también alumnas y alumnos dicen expresiones como: utilizar el cine en clase es educativo “dependiendo de cómo se use”; aprendes o no en las clases “según sea la metodología de la profesora”; es diferente que te enseñen “de una manera o de otra”, “depende de la estrategia del profesor”…etc. Y estoy hablando de la Facultad de Pedagogía que se supone que se sabe de lo que se está hablando. Y se supone que enseñamos lo que es la Didáctica, la enseñanza, el aprendizaje…

 

Lo pensable y mucho de lo nombrado en educación y en didáctica está inscrito en una colocación simbólica que desmiente la experiencia concreta y singular de enseñar y de aprender que procede y pertenece al orden simbólico de la madre. Al no atender al sentido primero que guía la experiencia concreta -siempre encarnada- de enseñar y aprender, el simbólico dominante, que ha expulsado a la madre de la creación social, se apodera de la mente, haciéndola prisionera de lo dado. Y sin madre, el simbólico de la educación queda sustituido por otra cosa, por la religión, por la ideología, por la técnica o por el mercado en el presente, por ejemplo. Así, hoy encontramos que se habla de educación, de aprendizaje y de didáctica como procesos de los que hay que saber “gestionar el uso”, para evidenciar unos resultados “de excelencia” esperados, muy simplificados y homogeneizados, para todas y todos. Los objetivos de los programas de la enseñanza están dirigidos y predeterminados para llegar alguna parte, tanto del saber como del haber de ser; por tanto se requiere y se “confía” en una metodología al uso que requiere un esfuerzo –titánico a menudo- de la voluntad como camino para llegar a ese “lugar” anticipado. Se llega, cuando se llega, partiendo de una metodología instrumental de presiones, premios y compensaciones para aprender saberes ajenos al placer y al deseo de alumnas y alumnos y ajenos –muchas veces- al placer y al deseo de enseñar de maestras y maestros. De esta manera, dimiten unas y otros del amor a la relación que sustenta el enseñar y el aprender, que es donde reside la sustancia del sentido de la educación y por tanto de la didáctica. 

 

No es de extrañar que con un sentido instrumental de la enseñanza se haga, hasta el aburrimiento, una formación del profesorado al uso para el consumo de cursos y más cursos para hablar y tratar de: los recursos pedagógicos, las estrategias de innovación en el aula; la comunicación como una estrategia docente; la gestión de las relaciones conflictivas; las estrategias didácticas para la acogida de alumnado recién llegado (nouvingut), etc. Incluso alumnas y bastantes alumnos van pidiendo estrategias para estudiar, técnicas de estudio, técnicas para analizar textos, métodos para escribir…. Fórmulas coleccionables con un lenguaje especializado y abstracto que no toca ni sabe tocar la verdad que está en juego, ni colmar nunca la necesidad de sentido verdadero. Instrumentalizando la relación educativa se asfixia la posibilidad de la aurora, el corazón del sentido y del deseo de enseñar y de aprender en relación viva, naciente y original tanto de la maestra y el maestro, como para cada alumna y alumno.

 

¿Qué hay realmente en el fondo de la demanda por parte de unas y de otros; por parte de maestras, maestros y de muchas mujeres y hombres que se dedican a la formación?; ¿Cómo nos ponemos a pensar sobre ello?

 

La didáctica en femenino

 

Cuando puedo nombrar la Didáctica teniendo en cuenta el orden simbólico de la  madre, en femenino, algo en mi respira y se calma y la inquietud se desvanece. Es cuando me atrevo a hablar de ella; cuando me atrevo a inventar y a ser original, en el sentido de que parto de mí, de mi deseo, y de lo que traigo con mi diferencia de ser mujer; Parto de mí, sintiendo la precedencia de otras mujeres, gracias al pensamiento y a la práctica política con ellas, en las que confío por su pensar y hacer libre, con independencia simbólica de lo dado y a través de espacios de práctica política como Duoda, Sofías, Entredós. Y teniendo en cuenta primero a mi madre real y concreta; reconociéndola como primera maestra de la relación educativa.

Fue Milagros Montoya, con su invitación desde hace más de un año, la que me ayudó a pensar más a fondo en ello y a ponerle palabras. Ella me preguntó qué sentido tenía para mí la didáctica ya que ella con vosotras y vosotros, en el grupo “la historia verdadera” preferíais hablar de enseñanza. Yo le respondí, siguiendo mi intuición, que entendía por Didáctica lo que sustenta la práctica de relación educativa con sentido y deseo. Es decir, lo que sostiene una práctica en la que cabe el deseo y sentido originales de mi enseñar y aprender, y el deseo y sentido originales de mis alumnas y alumnos, es didáctica; Como lo es el arte de la mediación educativa de la maestra y del maestro.

 

Milagros, también me ofreció hablar en el VI Encuentro de Sofías, el año 2005, sobre mi partir de mí en la universidad y lo tomé como oportunidad y regalo para poner en palabras lo que hago en el aula y que está en la base de algunas reflexiones que os traigo hoy aquí.

 

Desde ahí he sabido nombrar la didáctica poniéndome en juego, partiendo de mi experiencia, juntando experiencia y palabra. Reconozco que parte de lo que he hecho siempre en el aula es didáctica en femenino y desvelarlo es gracias a la práctica política, porque hay mucho sentido libre en la práctica educativa sin nombrar –de mujeres y también de hombres-, porque el obstáculo es la colocación simbólica sin madre, que la ha insignificado, invisibilizado y menospreciado. Por tanto, la didáctica en femenino, inscrita en el orden simbólico de la madre, me permite no sólo ver el sentido de lo que excede a lo que pasa en el aula, y que no puede ser integrado en otra colocación simbólica, sino a la vez, seguir inventando prácticas originales que sustentan la relación educativa con sentido y eso es Didáctica.

 

Una didáctica original se inscribe, pues, más allá de lo dado -académico masculino instrumental y abstracto-, en una colocación simbólica femenina, porque es desde ahí donde puedo reconocer el origen femenino de la educación de la que ya soy portadora, la que traigo en mí. Reconozco la educación que mi madre me regaló cuando me cuidaba con su amor disponible y en relación de autoridad. Así me enseñó un sentido de la relación educativa, y del estar ahí; entrar en el mundo en relación amorosa y no instrumental. Enseñándome a hablar me mostró la palabra como fuente de mediación con el mundo, con lo otro, con el placer, con el dolor, con el conflicto, con lo negativo, con la felicidad, con la adversidad, etc. También el padre puede ser una figura educativa cuando, con su disponibilidad amorosa, enseña a la hija y al hijo –reconociéndole semejante por pertenecer al mismo sexo- la relación con el mundo desde su diferencia sexual, sin romper con el orden simbólico de la madre porque también lo ha recibido de la suya, o quien por ella.

 

Chiara Zamboni dice que hablar la lengua materna es distinto que hablar los lenguajes especializados, porque confiamos en algo que nos orienta sin que sepamos lo que es. Yo creo que buena parte de la “Didáctica” no instrumental tiene que ver con eso, y puedo nombrar algo de lo que es, resguardando lo que haya que resguardar y a la vez intuir, reconocer lo que hay debajo, lo que sostiene el estar en relación. Milagros Montoya, por ejemplo, supo mirar debajo e intuir lo que sostiene la historia verdadera. Su mediación fue su deseo, su amor a la historia de verdad, la que es nombrada juntando experiencia y palabra viva. Y a la vez descubrió un sentido nuevo en relación con las palabras que leyó de Annarosa Buttarelli. En su memoria del curso pasado escribió: el artículo de Annarosa Buttarelli, en la revista Duoda, titulado “Antígona, la chica piadosa” me desveló la práctica que hace historia verdadera, la historia que hace visible la obra materna que en vez de destruirla o de negarla, la  reconoce y que sólo el amor puede hacerla; es la historia que pasa por los seres humanos de carne y hueso, mediadoras y mediadores cuyas razones especiales es necesario reconocer. Annarosa dice que “debajo de las cosas que ocurren suceden otras que hacen historia verdadera”.

 

Estas palabras me han iluminado para ver que puedo también hablar de la Didáctica verdadera cuando hablo desde una colocación simbólica en la que tengo presente en mí la obra materna. En esta relación de autoridad y disparidad con la madre, hemos aprendido un hacer que sostiene y actúa en nuestro estar en el mundo; es un sostén que a la vez, pues, nos orienta en nuestra práctica de relación educativa. Sin esto la educación seria una tarea imposible. Se acepta que el acierto, cuando lo hay, son los objetivos bien formulados, los deberes hechos, la lección aprendida, los textos adecuados…. Cuando el acierto, si lo hay, es percibir lo que hay debajo, es estar en lo que tiene sentido, porque está bien pedir que se termine un trabajo en casa o que se estudie una lección para comprenderla, siempre que lo sustente un sentido no instrumental; siempre que parta de una práctica de relación de confianza, de autoridad y de disparidad con que la chica y el chico acoge la palabra de su maestra y de su maestro. Lo sustenta una práctica de relación acompañada de tiempo cualitativo de presencia viva; lo sustenta haciendo revivir en la relación con cada niña y cada niño la cualidad de la relación primera, con cada madre.

Es este guiño con el inicio, cerca del origen[1], lo que da sentido a nuestra obra de enseñar, que cuando germina y fructifica es porque en el deseo y en la práctica de relación ha estado presente el quien me lo ha hecho hacer (“ma chi me lo fa fare” pregunta Diana Sartori-). Y es por eso que todavía hoy, dentro de la confusión que hay, niñas y niños, maestras y maestros, yo misma, encontramos sentido en lo que hacemos porque hay práctica educativa verdadera.

 

Por eso nombro La Didáctica como el conocimiento y el saber acerca de la manera en que sustentamos la práctica política de relación no instrumental que se da en el enseñar y el aprender. Para que tenga sentido el enseñar y el aprender hay que atender al sentido de lo que hay debajo: la práctica de relación educativa. Sin ello corremos el riesgo de perdernos una y otra vez; porque cedemos sentido –simbólico- de lo que hacemos a lo dado y así, nuestro hacer se apropia de sentido ajeno y no original. La didáctica nos pone a pensar lo que hacemos, a ser conscientes de lo que excede en nuestra práctica de relación educativa al sentido no instrumental. Reconociendo lo que excede como base fundamental para la educación, y como guía para seguir inventando prácticas creativas que no cedan simbólico. Así, con el trabajo de lo simbólico iluminar las contradicciones que surgen del doble tirón que supone el hacer sustentado por el orden simbólico de la madre, y el hacer sustentado por el simbólico dominante, de origen masculino sin madre, en el que se han refugiado muchos hombres y al que se están deportando bastantes mujeres con su hacer ajeno.

 

La Didáctica que yo amo está inscrita pues en la política de lo simbólico. Porque tanto el conocimiento como el saber lo están también. Entiendo por política lo que Milagros Rivera ha nombrado como “lo que todas y todos hacemos en relación para evitar la violencia”, y por simbólico lo que también ha puesto ella en palabras: “el sentido libre de la vida y de las relaciones”. La libertad que nos tomamos hace simbólico, y la que no nos tomamos cede simbólico –por ejemplo asumiendo la legalidad, lo dado sin explorar nuestro deseo de ser y estar con libertad-. La política de lo simbólico se caracteriza por ser abierta y creativa cuidando de juntar siempre la experiencia y la lengua, para que ésta diga lo que es sin abstraer la experiencia ni desarraigarla de lo que me -nos- pasa y hacemos. Entendiéndola así, la didáctica, requiere el trabajo de pensamiento precisamente como una práctica filosófica, como me ha inspirado Diana Sartori en algunos de sus textos. Esta práctica filosófica solo se puede hacer en relación con lo que vivimos y hacemos en la práctica educativa, con la experiencia también de nuestra vida, partiendo de sí y de las propias relaciones. Esta práctica filosófica, ese trabajo de política de lo simbólico nos aportará conocimiento y saber. Por eso hablo de didáctica en relación al conocimiento porque precisa de un camino, de un método según María Zambrano de búsqueda y de discernimiento. Y hablo de un saber que requiere el trascender la experiencia, requiere pensar el sentido de la experiencia para saber que sabemos, como decía Anna.M. Piussi en su obra con Leticia Bianchi “saber que se sabe”.

 

Desde esta colocación simbólica en femenino, he encontrado la manera de hacerla vivir con sosiego y con risas, haciéndola nacer en mí en cada encuentro educativo.

Del cómo, de lo concreto y original que sustenta nuestra práctica nos ocuparemos después de compartir lo que vosotras y vosotros habéis pensado en respuesta a la pregunta: ¿Qué evoca en ti la palabra Didáctica?

 

 

2a parte.

Acerca de cómo sustentamos nuestra práctica educativa

 

¿Qué lugar ocupa la relación singular con cada alumna y alumno? 

¿Qué significa para ti ser original?

¿Cómo haces visible tu diferencia sexual y el origen femenino de la educación?

 

“El cómo no se puede resumir en una sola palabra, puntual, rápida, sintética, porque está en la paciencia de las mediaciones y en la pesadumbre de los cortes, en el tejido de la práctica de las relaciones, en el trabajo incesante en si, en el cuidado de las personas de carne y hueso, en la atención minuciosa a las cosas de este mundo, y también del otro mundo que solo en este se abre.

 

No es un cómo que se hace de golpe, ni de una vez para siempre, sino siempre de nuevo en un solo momento. Como la libertad. No un momento solo, porque es siempre en relación, pero un momento puntual, en el juicio y en la acción puntual que corta, pero no los vínculos sino, mediante los vínculos, el mundo en su relación con el sentido[2]”.

 

Es una cualidad de la política de lo simbólico donde lo importante es que lo que se vive y lo que se experimenta se corresponda con el lenguaje verdadero, que es la lengua materna. Pero no hay contenidos prefijados. Por eso hablaré de mi búsqueda de sentido original, y de lo que sustenta mi práctica educativa en concreto con ejemplos.

 

¨      La relación con el saber y la pregunta viva y abierta acerca de lo que es saber.

¨      El lugar de la medación y El tiempo de la relación

¨      El saber del estar ahí “con”.

¨      Hacerse institución. Iluminar la contradicción entre ser y no ser libre en la creación social.  

¨      Singularidad y disparidad

¨      La relación de autoridad. La relación indispensable para enseñar y aprender.

¨      No dimitir de ser

 

Estos son algunos de los aspectos que yo veo en mi práctica educativa y en mi relación con Pau, mi hijo, que ahora está estudiando primero de secundaria. Percibo cuándo él está en sus estudios cerca del sentido original de la educación y cuándo está estudiando con un sentido ajeno e instrumental; percibo cuándo está viva la relación de autoridad con sus maestros y maestras y cuándo no, porque ellas y ellos dimiten de ser.

 

 

 

 

 

 

 

 



[1] Que supo nombrar con tanto tino, Cristina Mecenero. En un artículo publicado en Duoda que lo titula así.

[2] Diana Sartori (2004). “Libertad con”. Duoda, revista de estudios feministas, núm. 26, Barcelona, Universitat de Barcelona.