Entredós, 20 de febrero de 2008
Buenas noches. En primer
lugar, deciros que estoy encantada de estar con vosotras, con vosotros. Y ante
todo quiero agradecer a Milagros Montoya su acogida, su generosidad.
Mi charla
lleva por título: Prácticas y gestos de mediación femenina en la historia, aunque
será ante todo una nueva presentación de María de Castilla; esa María sobre la
que escribí hace ya unos años y que habéis recibido, habéis hecho vuestra. En
este sentido también ha sido Milagros la que ha generado un “nuevo inicio” de
María aquí en Madrid, en Entredós, en vuestro grupo de “La historia verdadera”.
Nos une evidentemente María,
María de Castilla (nacida en Soria en 1401-muerta en la ciudad de Valencia en 1458),
hija de Catalina de Lancaster y Enrique III de Castilla, hermana de Juan II; esposa
de Alfonso IV El Magnánimo, rey de la Corona de Aragón. Nos une, a vosotras y a
mí, la misma sorpresa y fascinación ante ese gesto potente y con gran fuerza
simbólica, ante la violencia, ante la destrucción de los cuerpos, ante la
guerra. ¿Lo recordamos?
Según la Crónica de Juan II, poco después del conflicto entablado entre los
reinos de Castilla y el de Aragón, la reina María se desplazó a Castilla (“a
jornadas, no de reina, mas de trotero”), pidió una tienda al Condestable,
Álvaro de Luna, y la hizo plantar en medio del campo donde se iba a desarrollar
la batalla.
Para mí María es ante todo ese
gesto, ese viaje a Castilla, esas cartas donde la vemos en el papel de
intercesora, pacificadora, mujer piadosa, preocupada por el bien público;
ejerciendo de lugarteniente, convocando las Cortes. Por ejemplo, parece ser
que, a la vuelta de Castilla, después de la escena de la tienda, aprovechó para
convocar cortes en Monzón, donde de nuevo intentaría recabar fondos (“subsidios”)
para hacer frente a los gastos militares de expansión italiana de su esposo.
Una imagen sensiblemente
diferente a la que nos ha transmitido la historiografía: mujer extremadamente
piadosa, austera en las formas, separada de un marido que se embarca en la
“aventura italiana” y al que se conocen diversas amantes; incluso la imagen de
“esposa despechada”, ya que se la acusa de haber envenenado a una de estas
amantes….
Política primera
Digo que me quedo con ese
gesto o con esa carta dirigida a los consejeros de Barcelona anunciándoles la
tregua en el conflicto entre los dos reinos. Estamos ante una práctica de
mediación en el conflicto. Si la situamos en primera línea de la escena y la
marcamos con el corte de la diferencia sexual femenina, la podemos ver ligada a
la capacidad de las mujeres para la relación, para la apertura a aquello
distinto, para hacer más humana la convivencia y no destruir la obra materna.
“Un arte civilizador” que siguiendo a María-Milagros Rivera “es más, mucho más,
de mujeres que de hombres”. En el CD La
diferencia de ser mujer: enseñanza e investigación de la historia lo
definía también como una “puntada” más a la obra materna de la civilización. Un
tejido éste donde a menudo es necesario el “entredós” (trozo de ropa que une
dos telas autónomas), el trabajo de la mediación. Y estando aquí quiero
recuperar este término del entredós, palabra que también ha formado parte de mi
infancia y adolescencia en el taller de costura de mi madre. Luisa Muraro
denomina esa capacidad femenina de hacer habitable el mundo, como “capacidad de
hacer política primera”.
Con ello damos significación
al gesto de María y al de otras mujeres que como ella aparecen también en la
mayoría de los casos en un difícil equilibrio, en el ámbito de las relaciones
de parentesco. En el caso de María, por ejemplo, “escindida” entre el reino del
padre y de la madre, de la infancia, y el reino del esposo, de los hijos, del
presente. Y sabemos que para María esa ardua tarea de pacificación de los dos
reinos era “la primera cosa que más
deseábamos en este mundo” (como dice en una de sus cartas). Y en su testamento
vuelve a aludir al “gran deseo que la había conducido a pone paz y amistad
entre los reinos de Aragón, Castilla y Navarra”.
Un “continuum”, una genealogía de mujeres
Esta mediación femenina y la
práctica del conflicto es un referente de sentido compartido por otras mujeres,
de distintas clases sociales y en momentos históricos diversos. Es una práctica
presente en esas mujeres, reinas medievales, reinas regentes, reinas madres,
lugartenientes… que parecen llevar “algo más” a las relaciones políticas, al
gobierno, y que se sitúan la mayoría de la relación entre mujeres.
He aquí otros ejemplos. Mujeres
contemporáneas de la reina María: Matha de Armagnac, duquesa de Girona entre
1373 y 1378, que trabajó activamente por la paz en el conflicto entre el rey de
Aragón y el infante de Mallorca; Blanca de Navarra, casada con Felipe VI de
Francia, que se dedicó a mediar para conseguir la paz entre este reino y el de
su linaje de origen, Navarra; o María de Luna, esposa de Martín el Humano, que
ejerció como María de Castilla la lugartenencia del reino, y medió de manera
significativa en la lucha de bandos que enfrento a la largo de su reinado a la
ciudad de Valencia. Las crónicas no explican que María se personó en Valencia,
ante las autoridades municipales, para arreglar la situación e instó a los
“jurats” aprobar unas normas de convivencia para todos los residentes en la
ciudad; tuvo el cuidado de no estar presente en la deliberación final del
“consell”, respetando su autonomía, pero regresó al final de la sesión para ser
convenientemente informada. Sabemos así mismo que se implicó en el problema de
los “payeses de remensa”, en su lucha por la abolición de los “malos usos”
(hasta el punto de interceder ante el Papa por su abolición alegando razones
morales, cristianas ya que iban contra el derecho humano y divino).
Mucho antes, y en tierras
castellanas, vemos a María de Molina, esposa de Sancho IV y madre de Fernando
IV, quien medió en los conflictos e intercedió ante el rey atendiendo a
peticiones de los súbditos. Intervino como mediadora con algunos miembros de la
nobleza más belicosa de su tiempo, en concreto en la concordia con Don Juan Núñez de Lara. Siglos más
tarde, sobresale Margarita de Austria quien, como gobernadora de los Países
Bajos en nombre de su sobrino, el emperador Carlos V; avanzó en el acercamiento
con el reino francés. Es significativa su intervención en el tratado de paz
(1529) que ha pasado a la historia con el nombre de “paz de las Damas”.
Ese hacer de María y de otras
reinas y mujeres es testimonio de lo que Luisa Muraro llama “un pensamiento
político femenino que corre a lo largo de la historia de Occidente y que
cuestiona el presupuesto masculino de una continuidad obvia entre poder, guerra
y política”, que rompe la espiral delirante de guerra y poder.
Una pizca de levadura….
María, con ese gesto radical y
potente, inventa, se sitúa en una lógica diferente, más allá del poder y de las
relaciones de fuerza. Incluso, diría, de las mediaciones masculinas vinculadas
al poder (guerra, violencia, pero también su reverso, la tregua), para
encontrar lo que Virginia Wolf llama en sus Tres
guineas: pensamientos de paz durante una incursión área, “otras mesas”,
como “la del té”, además (más allá diría yo) de las “mesas militares y de las
conferencias”. En este sentido podemos trazar paralelismos
con el proyecto de Simone Weil, quien durante la Segunda Guerra Mundial, pensó
en un cuerpo de enfermeras que se lanzarían en paracaídas sobre las zonas de
combate más cruento, con el objetivo de curar a los heridos. La filósofa estaba
convencida de que eran necesarias acciones como éstas, la fuerza simbólica de
las cuales iba más allá o eran más importantes que su eficacia real o concreta.
El gesto de María pues hace
simbólico. Un hacer simbólico cuyo valor no se mide por su eficacia real, sino
que muestra, como dice Chiara Zamboni en Guerras
que yo he visto, “una forma distinta a actuar, un vínculo diverso (…) un
símbolo que tiene un momento divino”, o, en palabras de la misma Simone Weil, “un
poco de levadura que fructifica dentro del alma humana”.
La palabra, la relación…. Defender un castillo sin armas
La construcción de esta
genealogía ha tomado para mí una significación importante al descubrir, gracias
a Teresa Vinyolas (que tiene una extrema capacidad y un fino olfato para
encontrar mujeres y buenas historias en el trabajo de archivo), a una noble
catalana de nombre Aldonça de Bellera. Viuda de Arnau Guillem de Bellera y al
frente de una baronía del viejo Pirineo catalán, sufrió en propia piel las
consecuencias de las luchas entre nobles, las bandosidades al orden del día.
Como María, frente a las armas
y la guerra, concretamente frente a la toma violenta de su castillo por parte
del conde de Pallars, inventa
mediaciones. En el caso de Aldonça, es la palabra, civilizadora, que rompe
la escena crítica, de intromisión violenta a la privacidad de su casa. Incluso,
lo veremos ahora, es la fina ironía. Cuando a primera hora de la mañana el
conde entra en el castillo, rodeado de un grupo de hombres armados, Aldonça va
a su encuentro, no sin antes ponerse el velo, y exclama: “Dios os dé buen día,
¿cómo sois tan madrugador?” Podemos en este punto imaginar la escena y el
contraste entre las dos lógicas, la de las armas, y la de la “corte”, la de la cortesía,
diré más tarde, la del amor.
Sabemos además que la reina
María de Castilla y Aldonça de Bellera se conocían. Es más, parece ser que la
noble pidió la mediación de la reina en el conflicto con el conde y en el
litigio que se derivó después. Tenemos, de nuevo, una relación epistolar, que
así lo demuestra. Y sabemos que Aldonça no quiso salir de la habitación de su
castillo (donde el conde la había recluido por la fuerza) hasta que no se lo
ordenara la misma reina, que parece ser tomó cartas en el asunto.
A la práctica de mediación en
el conflicto se le une aquí una relación de confianza, la preferencia por la
relación mujer con mujer, la mediación femenina, no excluyente de la masculina
pero preferente. Una relación y una preferencia que, siguiendo a María-Milagros
Rivera, “propicia la posibilidad de que el amor sea una práctica política”.
También aquí entra el amor, la capacidad femenina de hacer vivible la vida
cotidiana.
Y en el fondo de la escena….
En el fondo de la escena (la
de María en tierras de Castilla, y la de Aldonça, en su castillo) se nos
aparece, potente, Christine de Pizan, quien defendió en sus escritos la causa
de las mujeres y trazó en algunas de estas obras un verdadero programa para la
paz, plenamente consciente del difícil (y violento) momento histórico que le
tocó vivir. Christine fue la autora de El
libro de la paz (1412-1423),
escrito en una época inestable y crítica, en pleno conflicto civil
francés (entre las familias reales de Orleáns y Borgoña), y con la Guerra de
los Cien Años como telón de fondo. La obra de Christine es también un tratado sobre el “buen
gobierno”, que se sustenta sobre un bien preciado: la “paz duradera”.
Consciente de ello, la autora lo escribe en realidad ve que está próxima en
llegar la paz; deja de hacerlo cuando el conflicto y la guerra vuelven a
imponerse. Es decir, no encuentra sentido escribir sobre la paz cuando ésta no
existe o no se da.
En l’Epistre à la Reine (1405), dedicada a Isabel de Baviera, desarrolla
este programa, moral más que político, y pide a la soberana que ejerza su
mediación para restablecer la paz o apartarse de la guerra; y le muestra el
modelo de mujeres bíblicas, como el de Esther, prototipo justamente de la
“reina intercesora”; o de otras mujeres más cercanas (Blanca de Castilla, madre
del rey de Francia, San Luís), y sitúa de manera precisa la contribución de las
mujeres en esta obra civilizadora (hacía poco, 1404-05, que había escrito,
recordémoslo, La ciudad de las damas).
Recuperamos en el actuar y
hacer de estas mujeres huella de la diferencia sexual femenina, del sentido
libre del ser mujer en el tiempo. Recuperamos prácticas políticas que están
conectadas a lo real, que viven de la relación y nacen de la autoridad, y
sirven, como dice Laura Mora “para acordar convivencia y libertad a través de
la gracia y el cuidado, pero sin interferir en los cuerpos”.
Me gustaría cerrar este texto
con algunas de las intervenciones que se dieron después entre los participantes
de “La historia verdadera” y que enriquecen sin duda alguna este texto:
Tania habló del gesto de María
como un “don”, o mejor, un arte, el de la mediación. Y cómo era de importante
reconocerlo, que otras u otros vieran ese gesto y lo viabilizaran.
Concha sintió más próximo su
premio “Maria de Castilla”, escuchando mis palabras. Tania, reconoció en ella,
en sus gestos, ese actuar en momentos difíciles, desatando el nudo de la
violencia.
Maite, preguntó si podíamos
descubrir nuevos gestos, pero en este caso de mujeres de la clase social no
dominante, de otras mujeres. Y lanzaba una intuición potente: quizás los
reencontremos en esos romances que leíamos de niñas. Creo, efectivamente, que
por ahí va: esos gestos, más que en documentos de archivo, quedarán reflejados en
tradiciones orales que se nos transmiten en canciones, romances, versos. Ana
Mañeru, recuperó, en este sentido, algunos versos de las trovadoras.
Elena nos habló de su reciente
descubrimiento: el gesto por la paz que hizo en su tiempo Rosa Luxemburgo,
rechazando la postura militarista de sus compañeros de partido, buscando
mediación en los obreros.
Raquel recuperó la idea de
hacer una genealogía de mujeres, de sus prácticas y gestos de mediación en el
conflicto, y descubrió para nosotras, para mí, ese gesto mitológico de las Sabinas,
escindidas también en la lucha que enfrentaba a sus padres y hermanos contra
sus maridos e hijos.
Juan, finalmente, reflexionó
sobre la capacidad de las mujeres, incluso en la violencia, de dar amor.