Pensando en escribir algo para La Historia verdadera, acudo al
encuentro con Carmen y Angustias, las dos republicanas que nos hicieron
partícipes de su historia el pasado 14 de abril de 2009 en Entredós. Y acudo a
ese espacio pues entiendo que hay una comunión temática; en ambos lugares se
habla de historia, de mujeres, de género, de enseñanza, de coherencia, de amor
y compromiso con lo que se hace. Otro vínculo, este de índole personal, es que
para mí estos son temas motor, pilar, estructura, y
siempre es más sencillo hablar de aquello que tiene que ver con la esencia que
cada una es. Por otro lado, me apetece
compartir aunque solo sea algún retazo de lo que allí se vivió con las
compañeras que no pudieron asistir.
Empecemos ubicando la atmósfera, y desde aquí permitidme que retorne a
mi plural femenino, donde me siento cómoda. Cuando llegamos ya estaba todo
lleno, nos quedamos de pie y eso nos permitió observar a las presentes,
aplastantemente ellas y una media docena de ellos. Alguien nos dijo que quedaba
un sitio libre en medio de una fila y nos sentamos. Se respiraba esa alegría
que da el saberse dentro de una tribu vital y la
expectación de lo que aquellas jóvenes nonagenarias iban a compartir con el
resto. No íbamos a tomar notas, seguro que luego nos arrepentiríamos, pero
queríamos dejarnos llevar por la experiencia a nivel sensorial, a nivel
emocional.
Las presentaciones por parte de las organizadoras del acto dan los
primeros trazos de las biografías de Angustias Martínez y Carmen Arrojo. Ambas,
republicanas represaliadas, acabaron siendo maestras, y nos surge la primera
pregunta: ¿Cómo se hace para ser maestra en una dictadura? ¿Y cómo si además se
es socialista, comunista, anarquista, feminista?¿Qué
clase de desdoblamiento vital cotidiano se debe operar para combinar un mínimo
respeto hacia unos principios, que incluyen una forma bien diferente de
entender la educación, con la mezquindad intelectual y humana de las dictaduras
en general, del franquismo en este caso?
Angustias fue la primera en tomar la palabra. Nacida en Cuenca, allí
inicia su militancia política y allí es detenida tras la guerra y encarcelada
durante siete años. Todos los hombres de su familia estaban encarcelados; ella,
la única mujer. Nos habla de la experiencia en la cárcel, del hambre, del
miedo, pero enseguida se centra en la solidaridad, en las redes de vida que las
mujeres tejieron en ese cautiverio. Cuenta cómo se organizaban en familias, al
frente de cada cual se ponía una mujer que asumía el rol de madre. En las
contadas ocasiones en que algún familiar hacía llegar algún alimento a una de
las presas, ese alimento se repartía entre todas las integrantes de la familia
a la que la presa pertenecía. Nos habla sobre las mujeres hermanas, las mujeres
compañeras. Sobre la alfabetización, la que permite hacer uso de la lengua,
pero también la alfabetización ideológica: “Yo era una analfabeta ideológica
cuando entré, la cárcel me ayudo a ser quien soy hoy”, dice Angustias. Nos
habla de cómo la dictadura dificultó todo lo posible que los republicanos y
republicanas excarcelados se integraran en la sociedad, pues para conseguir un
trabajo hacían falta tres documentos de buena conducta, lo que incluía no haber
sido “roja”. Nadie se iba a arriesgar a contratar a ningún miembro de su
familia, por lo que la única salida que encontraron fue hacerse con una
tricotadora y tejer, tejer, tejer. Es casi una metáfora literaria, nos parece,
tejer tejidos republicanos…Casi una metáfora sino fuera una terrible realidad
histórica.
Angustias dedica una parte de su intervención a hablar sobre la Ley de
la Memoria Histórica, sobre la lucha que durante años han mantenido para un
resultado pobre, indigno: “Pero seguimos peleando. Lo haremos mientras
tengamos vida”.
Ahora es el turno de Carmen. Nos cuenta de sus padres “socialistas, pero
de los de verdad”; a sus noventa años sigue estándoles agradecida por ser como
fueron. Su padre se negó a que fueran al colegio para que los curas no les
amoldaran a su gusto; pone en boca del padre: “Cuando seáis mayores podéis ser
mahometanos, budistas o cristianos de la novena advocación”, pero mientras
tanto el padre les enseñó en casa. Y hoy se habla del movimientodel Home
Schoolling como si de algo rompedor se tratara. Y Carmen nos dice que sigue, a
mucho orgullo, siendo una hereje, fundamentalmente porque la iglesia, defiende,
ha sido la principal responsable de la situación subalterna y sometida de las
mujeres, ya desde que empezaron con el cuento ese de Eva y la costilla, y más o
menos textualmente nos dice: “Qué queréis que os diga, yo nunca me he
sentido costilla de nadie, y de lo del pecado ya ni hablar. ¿Pero Dios no dijo
‘creced y multiplicaos’? Pues algo habría que hacer, digo yo. En lo que a mi
respecta he hecho lo que he podido, teniendo claro que los hombres son un complemento
circunstancial”. Carcajada general, observamos la reacción de los hombres
que tenemos a tiro de vista y también están riendo, con una risa amplia y
auténtica. Es hermoso ver a los hombres compañeros, inteligentes, cómplices,
liberados del lastre del patriarcado. Volvemos a Carmen, que nos cuenta ahora
como decidió estudiar magisterio a los 54 años. Porque era maestra sin titulo
ni formación, por su condición de mujer y su condición de republicana. Tras
escapar de un campo de concentración huyó a Galicia, donde trabajó como
campesina, hasta que le llegó la oportunidad de sustituir a una maestra en un
colegio religioso, y desde ahí entra a uno de los colegios más prestigiosos
para los pudientes bienpensantes de la época. En este punto aprovecha Carmen
para hacer la crítica a la enseñanza privada, diciendo más o menos: “Ya veis
el control del profesorado que tienen los ricos, con maestros sin titulo. Hoy
sí lo tienen, pero están quienes no han sido capaces de aprobar unas
oposiciones”.
Y es que en el discurso de ambas ha sido central el tema de la
educación. Las dos nos han hablado de su importancia como valor creador de
identidad y dignidad de las personas. Ambas han defendido la escuela pública
como el espacio de todas y todos. Ambas siguen ejerciendo su magisterio también
en la docencia, dando charlas a los y las jóvenes de secundaria; ambas
coinciden en la absoluta ignorancia que éstos y éstas jóvenes tienen de la
historia reciente de este país, y del papel que en ella han tenido los
oficialmente perdedores y perdedoras. Ambas están de acuerdo en lo emocionante
que es verles abrir una ventana a ese conocimiento y en lo bien que reaccionan,
en lo común que es la pregunta: “¿Y por qué no nos enseñan esto en clase?”. Y
quizá, las muchas respuestas que cabría dar a ese rotundo interrogante se
resuman, en nuestra opinión, en aquella frase de Jesús: “La verdad os hará
libres”. Por eso ocultan las verdades quienes viven instalados en el poder
apisonadora, el que tiene miedo a la vida, a la igualdad entre los seres
humanos independientemente de su género, su condición social, su raza, su forma
de interpretar el mundo. El que niega el pleno desarrollo del potencial humano,
el que rechaza lo lúdico como vía de aprendizaje y experimentación, el que
reniega de la armonía entre los seres que conforman los ecosistemas naturales,
sociales, personales.
Frente a esa realidad, la de todas las mujeres y hombres que, como
Angustias y Carmen, a lo largo de la Historia se comprometieron, a menudo hasta
las últimas consecuencias, con y por la vida en todas sus manifestaciones. A
esas vidas donde lo personal y lo social, lo emotivo y lo intelectual se
entrelazan de un modo definitivo. A esas personas que nos han dado la mejor
enseñanza posible, la del ejemplo coherente, amoroso, comprometido. A todas y
todos, gracias.