LA VOZ DEL SILENCIO: UNA HISTORIA QUE NO BORRA LAS
RAZONES DEL AMOR
Marirì Martinengo
Entredós, 26 de abril de 2006
Al nacer, me encontré con un misterio. Crecí en una familia patriarcal, ampliada por la presencia de alegres y
numerosos primos y primas, tías y tíos, hermanas y hermanos, padres y madres
que hablaban y de quienes también se hablaba. Formaban parte de la comunidad,
así mismo, los familiares muertos, vivos en el recuerdo fiel y respetuoso, por
lo que llamaba la atención la oscuridad total en que estaba la abuela paterna,
muerta antes de que yo naciera, sobre quien había caído el silencio, un denso
silencio. Estaba absolutamente prohibido tanto
insinuar como preguntar algo sobre su suerte.
El misterio caló bastante dentro de mí y tuve el deseo de
indagar, de buscar, de saber, de disipar la niebla y, también de rebelarme
contra la ocultación.
Éste es el
origen de un camino de investigación. Una
investigación no inmediatamente sobre mi abuela, un tema considerado demasiado
próximo, demasiado íntimo, con demasiada implicación, sino una investigación
mediada y mediadora, sobre desconocidas antepasadas, para darme genealogía y a la vez satisfacer el placer del
desvelamiento.
Las trovadoras, las poetas occitanas del amor cortés,
desaparecieron de tal manera de nuestro patrimonio cultural e histórico que no
sólo su poesía, sino incluso su misma existencia no fue registrada.
Casualmente, ya hace muchos años, durante un viaje a Provenza, recogí pequeñas
semillas que, cuidadas con paciencia, me condujeron a su redescubrimiento.
Hildegarda de Bingen, predecesora antigua y grandiosa, de
renovada fama, ha sido conocida siempre bajo un aspecto culto, espiritual e
intelectual. Sin embargo, la lectura de su epistolario me ha permitido sacar a
la luz lo emotivo y afectivo, el aspecto de “mujer común”, sensible a las
relaciones.
Las trovadoras e Hildegarda son mujeres medievales,
pertenecen, por tanto, a la época originaria, crisol de la civilización, madre
de las lenguas y de la cultura europea.
La colocación de esta investigación, aparentemente fuera
y distante del centro del manantial situado en la infancia, no ha sido inútil.
En un comentario a mi última investigación, la artista Donatella Franchi dice:
“La necesidad de volver a dar existencia a la vida de una
pariente, la abuela paterna, cuya ocultación ha producido un vacío en tu
crecimiento emotivo, afectivo, durante la infancia, que de alguna manera te ha
influido en las elecciones hechas en edad adulta, no difiere de la necesidad de
dar existencia a las poetas, a las artistas, a las pensadoras que la memoria
histórica oficial había ocultado.
Ellas nos han mostrado la calidad y el valor de la creatividad femenina de
manera que la podamos reencontrar y reconocer en otras mujeres, y en nosotras
mismas.
Hemos
buscado genealogía y autorización en
las creadoras del pasado, las hemos restituido para todas nosotras, activando
un cortocircuito vital.
Si pienso en mi relación con la creatividad artística, me
doy cuenta de que mi práctica política en el movimiento de mujeres, que ha
coincidido con la investigación de mí misma y de mi forma de expresarme, se ha
reflejado también en el deseo y en el empeño por ‘hacer existir’ figuras
femeninas que se han expresado artísticamente a lo largo de la historia. Por
tanto, ha sido el amor por la energía creativa femenina lo que te ha permitido
sacar a la luz la grandeza trágica de una figura en la sombra como puede ser la
de tu abuela, a quien le ha sido negado hasta el recuerdo.
De hecho, ni siquiera le ha sido concedido dejarte en
herencia una carta, historias contadas por las tías, o algo hecho con sus
manos.”
La grandeza de la obra de la madre ha sido mostrada
por Luisa Muraro, hace ya varios años, cuando señaló que cada madre, o quien
esté por ella, enseñando a hablar a su criatura, inaugura y funda, por ello
mismo, la capacidad propiamente humana —constitutiva— de acceder a la dimensión
simbólica. Habló de “capacidad de tejido simbólico” que la madre pone al estar
en relación con su hija o su hijo. (El
orden simbólico de la madre, trad. Beatriz Albertini, Mireia Bofill y
María-Milagros Rivera, Madrid, horas y HORAS, 1994).
Sin embargo, nuestra cultura occidental, ignorando, o
mejor, deshaciendo esta relación fundadora, ha exaltado al individuo
independiente y solo, creador de sí mismo y del mundo. Ha sido olvidada la
creatividad de la madre y de la relación.
Después está la grandeza femenina, entrelazada de amor,
que se expresa en el infinito trabajo del cuidado hacia la vida, en darla y
mantenerla; en acompañarla hasta la última meta. Como consecuencia, se produce
una inversión en el concepto de grandeza: una grandeza que no tiene necesidad
de formidables gestos para existir, de acciones espectaculares, que se expresa
en la cotidianeidad, con voz baja, característica de la experiencia de muchas
mujeres, que hace falta decirla, enseñarla, porque evita las miradas ávidas de
sensacionalismo, de apariencia fácil.
Cómo restituir la existencia a “las vidas infinitamente
oscuras”
(La
expresión entrecomillada es de Virginia Woolf)
En estos últimos años, al mismo ritmo (o como consecuencia) del progreso de
la investigación sobre la abuela, se abría camino en mí, transformándose poco a
poco en necesidad, el deseo de poner de lado las historias de las grandes
mujeres del pasado y aproximarme a las mujeres comunes. Y, a la vez, me asaltaba insistentemente la pregunta sobre la manera, las
maneras de sacarlas de la oscuridad.
Aclaro aquí (aunque ciertamente es superfluo) que no se
trata de rescatar a todas las mujeres ni a grupos internamente homogéneos, lo
que llevaría a una investigación de tipo sociológico, sino de rescatar a una o
algunas hacia quienes se siente alguna implicación, con las que se establece
una relación.
La historia, tal y como la conocemos, se basa en
documentos escritos, constatados, accesibles para todas/os (después está la
interpretación, la sistematización, la elección, pero esta es otra cuestión).
También para contar la historia de una mujer común
necesitamos documentos, ¿pero cuáles,
para rescatar "vidas infinitamente oscuras"? ¿Y si no hay documentos?
He arrancado de la penuria, de la casi ausencia de los
documentos habitualmente considerados como tales.
Estaba rodeada por un clima de desesperanza, de
desencanto, que coreaba: "esta investigación es mejor no hacerla".
No he querido leer ni escuchar experiencias que se parecieran a lo que intentaba escribir yo. He
arrancado desde un vacío, lleno sólo de deseo.
Hipótesis
historiográfica de La voz del silencio.
Hipótesis —subrayo— tentativa, posibilidad, ensayo, otros
experimentos pueden ser puestos en juego...
He buscado, y encontrado, documentos de identidad
expedidos por el estado, he utilizado el capítulo de una memoria familiar
dedicado a la carrera profesional del marido de ella, he recopilado fotografías
de ella, de los hijos y de las hijas, de los lugares (casas y ciudades) en los
que vivió, he incluido aportaciones literarias, narrativas, médicas,
psicológicas, históricas, de crónicas, como marco para reconstruir el ambiente
social y cultural, el periodo histórico, es decir, el que transcurre desde la
segunda mitad de 1800 a las primeras décadas de 1900. Objetos,
indumentarias, camisas, pañuelos, bolsos, abanicos, joyas, pertenencias de la
abuela, se han transformado en mis documentos.
Eran regalos que me había hecho mi tía Sophie, que pretendía, de esta manera
—lo entendí tarde— transmitirme la memoria de la madre para que la perpetuase.
He reunido
a los recuerdos de los recuerdos, míos y de otras y otros, que han escapado de
la eliminación y del olvido. Mi
implicación, la empatía, la estrecha relación de conexión con ella, han estado
siempre como amalgama de tantos y tan diversos elementos; para hacer que
reviviera, la he prestado mi cuerpo y mi mente, mi experiencia de la vida, mi
preparación histórica y política.
El aliento vital ha sido mi amor.
Por tanto, he utilizado otro lenguaje para "hacer historia". He entrelazado más
hilos, algunos tradicionales, otros no tradicionales, para intentar desarrollar
un nuevo lenguaje capaz de registrar vidas de mujeres para las que no se atisba
posibilidad de historia.
La historiadora Graziella Bonansea, que se ha ocupado
siempre de la historia oral, con especial atención hacia las voces de las
mujeres, ha dicho recientemente, en el transcurso de un congreso, que el
lenguaje historiográfico no permite, a la subjetividad, a la emotividad,
aflorar, y por eso, al no querer renunciar a ello, ha preferido pasarse a la
novela. Yo, con esta última investigación, he intentado otro camino.
El haber sacado de nuevo a la luz esta voz, el haberla
confiado a la escritura, ¿puede introducir esta historia subjetiva en el fluir
de la historia colectiva? ¿Puede el discurrir particular de una mujer no
conocida convertirse, por ello, en emblemático, en simbólico?
Yo digo que mi libro es un libro de historia, en cambio,
una amiga mía muy querida, Anita Saisi, sostiene que La voce del silenzio "ha sido para ti una profunda experiencia
interior, y esta mujer, a la que tú has dado rostro y voz, posiblemente sea la
expresión de tu parte más íntima y oculta... He comprendido que hay en ti un
deseo de vivir hasta el fondo tu dimensión espiritual y que ya no te basta con
expresarla solamente en la investigación histórica, como hacías hasta el
encuentro con ella, es decir, contigo misma...". La investigación de la
dimensión interior, continúa Anita, no ha terminado y no lo hará "hasta
que desplaces hacia el interés en la historia tu necesidad de entrar en lo más
profundo de tu ser, donde se esconde el misterio que se aloja en nuestras almas".
Para sostener esta interpretación, Anita se agarra, sobre todo, a la indicación
que está al comienzo del libro: "Me ha llamado desde siempre",
llamada a la que no he podido sustraerme.
Yo, según Anita, he hecho pasar por historia esta
investigación, para poder encontrar el coraje de publicarla, de hacerla
circular y conocer.
Discusión que
hubo a continuación del primer encuentro sobre La voz del silencio
§
Escribir historias familiares es volver a entrelazar los
hilos con las raíces y encontrar las conexiones con el lugar.
§
En el primer feminismo se hablaba de abuelas, de
"mujeres guerreras": la historia del paraguas sacado de una falda.
§
El hecho de que Marirì no haya conocido a su abuela, extiende el
discurso a las demás mujeres.
§
Escribir es decir que estábamos, es historia.
§
Marirì ha
hecho trabajo simbólico: mantener juntas la dimensión abstracta y la dimensión
concreta.
§
La grandeza
femenina es ser indestructible: hacer y rehacer, lo sucio y lo limpio, la
repetición. La grandeza de una mujer está en el ojo de la otra que la
mira.
§
Memorable.
§
La historia de las mujeres debe nacer de un gesto de
relación.
§
Se puede
olvidar pero no suprimir.
Traducción
de Gemma del Olmo
Entredós
26 de abril de 2002