La relación sin fin

 

María-Milagros Rivera Garretas

14 junio 2003.

 

 

1-   (Ejemplos de relaciones instrumentales y de relaciones sin fin)

 

         Hace unos pocos años, aprendí de Clara Jourdan, en un acto en la librería de mujeres de Barcelona en el que presentamos el Tesauro de historia de las mujeres en Cataluña de un grupo de investigación de Duoda, que la historia –la historia entendida como memoria común y como materia de estudio, que coincide con más o menos precisión y acierto con la experiencia vivida- aprendí que la historia (decía) le aporta al mundo, en cada circunstancia del presente, el vocabulario de lo político. Por político entiendo –y lo entiendo con otras- todo lo que la gente hacemos en relación con el fin de evitar la violencia.

Clara –según me contó más tarde- no se dio mucha cuenta de la importancia de lo que estaba diciendo, hasta el punto de que ni se acordaba de haberlo dicho-. No se dio mucha cuenta porque, como suele ocurrir con la creación, una o uno dice sin saber muy bien lo que está diciendo; y es otra u otro quien completa el proceso creador dejándose dar por lo que ha sido dicho, hasta que ese pensamiento dicho por otra o por otro germina en ella y, a veces, da fruto: fruto que es siempre nuevo, como todo lo que nace de un proceso de germinación. O sea, que la creación suele suceder en relación, en relación dual de intercambio: en entredós. Sin que en la creación verdadera haya, por tanto, lugar para el plagio, sino para el intercambio fundamentalmente político, de transformación de sí para evitar, como decía, la violencia. Esta manera de entender la política abre a otro orden de relaciones: un orden de relaciones no orientado por la fuerza sino –y voy a usar, si me lo permitís, la expresión de una mística y política feminista del siglo XV, Teresa de Cartagena- orientado por la gracia.

         La idea de Clara: “la historia le aporta al mundo, en cada circunstancia del presente, el vocabulario de lo político” -unida probablemente a otras que yo no sé- germinó en mí suscitando, al cabo de cierto tiempo, un saber –uno de esos saberes “a ciencia cierta”, o sea, una evidencia- que decía que yo no me sentía realmente a gusto con la historia –que amo y que es mi especialidad, a la que he dedicado y dedico una parte grande de mi vida- porque no estaba aportando nada personal al vocabulario de lo político. A mí me interesaba –y me sigue interesando- la historia de izquierda, esa historia de fuerte sentido de la justicia social, esa historia que encontró en el siglo XVIII su mediación para la acción en los partidos políticos y, luego, en el siglo XIX, su filosofía propia en el materialismo histórico. Pero la clave, la “profecía” de mi vida, no tenía lugar, no cabía, en esa historia; dejándome, en la universidad, sin sede cierta, sin raíz verdadera, sometida de fondo al mecanismo terrible de la repetición; porque yo estaba en la universidad –que es mi lugar de la necesidad y, también, el lugar donde hago política- sin vínculo entre mi vida y la historia.

         Fue entonces cuando tomé conciencia de que la clave de mi vida seguía ausente de la historia; y, por tanto, seguía ausente de mi vocabulario de lo político. La clave de mi vida ha sido y es mi origen: o sea, la relación con mi madre: de mi madre he recibido como legado tres cosas importantes: el amor a la lengua materna, un sentido mayor de la responsabilidad derivado del hecho de que soy una mujer (algo –el sentido mayor de la responsabilidad derivado del hecho de que soy una mujer- que rechacé durante muchos años, hasta que pude llamarle, gracias a otras, el “más femenino”) y la apertura a la relación con quien me fuera impar, tanto por más como por menos.

         Que la clave de mi vida fuera mi origen, o sea, la relación con mi madre, lo había aprendido años antes, al leer en 1991 El orden simbólico de la madre, de Luisa Muraro, y otros textos de Diótima, en especial la idea del “imperativo de mi madre” de Diana Sartori. Pero no se me había ocurrido poner mi origen, poner la relación con mi madre, en contacto con la historia; o, si acaso, lo hacía en Duoda –lo cual ha sido importantísimo para mí- pero sin encontrar la mediación o mediaciones adecuadas para que la historia fuera la historia de las mujeres. En otras palabras, que la historia fuera la historia de las mujeres lo lograba en Duoda, pero no en la Facultad. Ocurría, por tanto, en una parte grande de mi mundo, pero no en todo mi mundo. La palanca, el resorte que desencadenó en mí la posibilidad de que la historia sea la historia de las mujeres en todas partes, fue la invención simbólica de Clara Jourdan que he comentado.

         ¿Qué es lo que me ocurrió? Que fue germinando en mí la idea de la relación sin fin. Esa relación sin fin de uno de cuyos ejemplos cuento la historia que nos ha traído a juntarnos hoy aquí a hablar de un fragmento de la política de las mujeres y de nuestra historia reciente.

¿Qué es la relación sin fin? Dice el principio del artículo de “Duoda” 24 Historia de una relación sin fin que “Entre mujeres hay relaciones instrumentales y relaciones sin fin, aparte quizá de otras que yo no sé todavía nombrar. Las instrumentales tienen su planificación por fases, estrategias y objetivos; las relaciones sin fin suceden porque sí, porque es así, o sea por necesidad, y se cuidan por amor a la relación sin más, por amor a la relación por el gusto de estar en relación. El pensamiento y la política italianas de la diferencia sexual –que son, en realidad, de la Librería de mujeres de Milán y de la comunidd filosófica Diótima de la Universidad de Verona- han transformado en los últimos quince años el feminismo español mediante relaciones sin fin, y exquisitamente políticas.”

La relación sin fin es, pues, la relación sin más, por el gusto de estar en relación, por “gracia”, si volvemos al lenguaje de Teresa de Cartagena, que es lenguaje o vocabulario de la historia de las mujeres; y es, también, la relación que nunca se acaba, porque está siempre abierta. Es relación de intercambio: distinta, por tanto, ya desde su raíz, de las relaciones de fuerza.

 

 

2-      (¿Qué cambios ha convocado en tu lenguaje político el pensamiento de la diferencia?)

 

En mis años de estudiante, “relación” era una palabra de uso muy corriente entre la gente progresista: relación de poder y de dominio, relación social de producción, relación sexual, relación dialéctica..., eran expresiones usadas con frecuencia y con soltura, tanta que el sentido de la primera palabra de cada una de esas expresiones se desdibujaba al poco de pronunciarla, quedando solo el sonido y la huella del poder, de la producción, de la sexualidad, de la dialéctica... Porque la verdad en torno a la relación se había quedado atrás en el tiempo, como un secreto que poca gente conocía ya. Por eso, la clave que orientaba entonces mi vida y mi política era el yo. Un yo matizado, cuestionado, solidario, gentil, ni soberbio ni egoísta, pero un yo al fin de cuentas. Un yo que algunas universitarias feministas de la década de los setenta del siglo XX creímos que nos rescataría de la mudez y del silencio que nos parecía –equivocadamente- que había sido nuestra historia; nos lo parecía porque en la universidad habíamos aprendido muchas cosas valiosas pero ninguna o casi ninguna pertinente a la pregunta que anhelaba configurarse en nuestros labios, y no podía: la pregunta sobre el sentido libre del ser mujer en la universidad y en un mundo que quería olvidar su macabra historia reciente haciendo el amor y no la guerra.

Descubrir la relación sin fin cambió a la vez mi manera de entender la historia y la política. ¿Por qué? Porque empecé a darme cuenta de que podía entrar en las dos –o sea en la historia y en la política- precisamente mi origen, esa relación dificilísima y, a la vez, muy sencilla, con mi madre: una relación no de fuerza sino de autoridad, a causa de la disparidad insalvable que había entonces entre ella y yo.

         Es en la relación donde todo ocurre y me ocurre, donde se presenta –cuando se presenta- la felicidad, la belleza, la trascendencia, lo negativo, la pérdida, la impaciencia...  Porque es en la relación por sí misma, por el gusto de estar en relación, donde circula y se intercambia el espíritu. Antiguamente, cuando la verdad sobre la relación no estaba oculta, era costumbre –y pongo un ejemplo extremo- velar a los enfermos y enfermas graves hasta que se curaban o morían. Con el fin de que no murieran en soledad, se suele decir, porque la visita de la muerte hoy nos aterra. Pero había más. El más era, precisamente, la posibilidad preciosa de recibir, si la muerte se presentaba, espíritu: algo del espíritu exhalado por quien dejaba el mundo. Al espíritu le gusta circular, pasar de un cuerpo a otro, entrar en relación de intercambio.

         La práctica de la relación –como le llama Lia Cigarini-[1] consiste –para mí en particular- en intercambiar espíritu, presencia: espíritu y presencia que se condensan, con cierta frecuencia, en palabras que dicen sentido nuevo, que hacen simbólico. Porque cuando nos juntamos, nos gusta hablar, decir el sentido de la vida y de las relaciones. Esta experiencia –que es, también, un método o camino de conocimiento- yo la he vivido repetidamente –aunque no solo y no siempre- en la Librería de mujeres de Milán, en la comunidad filosófica Diótima y, también, en Duoda: esos tres espacios de mujeres cuyos intercambios están en la base de la historia de la que hablamos hoy aquí. Por eso pienso que los tres son lugares de la verdad: verdad contingente y trascendente a la vez,[2] verdad que me ayuda a vivir, a no dejarme arrasar por lo instrumental, por la intriga, por la venganza, por el miedo, por la desesperanza. Y que me obliga, domando el apego al yo, a mantenerme casi constantemente abierta a lo otro.

         La altísima calidad de intercambio que propicia la práctica de la relación la expresa una metáfora que nos es familiar y que forma parte de la historia de las mujeres: la metáfora del “libro vivo”: una metáfora que hizo famosa Teresa de Jesús. El contexto en el que se le apareció el libro vivo es muy interesante. Estamos en 1559. Un organismo desgraciadamente famoso del sistema del poder de Castilla acababa de condenar la posesión y la lectura de muchos libros espirituales, de los que Teresa tenía bastantes en su celda y leía con asiduidad. En el convento de la Encarnación de Ávila, donde ella vivía entonces, la priora dispone que todos los ejemplares sean echados al fuego. A Teresa le cuesta desprenderse de ellos pero, finalmente, lo hace y tiene su primera visión: Dios se le aparece y le dice: “No tengas pena, que Yo te daré libro vivo”.[3] En el libro vivo, experiencia inaugural de la originalidad histórica de Teresa, el conocimiento comparece en presencia, en la relación directa del momento, en la que se intercambia espíritu: este es su distintivo. A una precursora de Teresa de Jesús, Teresa de Cartagena –la primera escritora mística y feminista conocida en lengua española-, le salvó de la desesperación también un libro vivo, que a ella se le presentó en la forma de Dios leyéndole directamente al oído mediante el acercamiento de la oreja divina a la suya: prestándole Dios su oreja, en realidad, ya que Teresa estaba sorda: “Él solo me consoló,” –escribe- “e Él solo me enseñó, e Él solo me leyó. Él ynclinó su oreja a mí que, çercada de grandes angustias e puesta en el muy hondo piálago de males ynseparables, le llamaua con el Profecta diziendo: ‘Sáluame Señor, ca entra el agua hasta el ánima mía’.”[4] Dios –esa palabra tan engorrosa para muchas y muchos de mi generación- es, como ha escrito Ina Praetorius, sentido indisponible,[5] sentido que, si lo descifro y obtengo, me puede salvar de la desesperación que no alcanza a calmar el sentido hasta ahora disponible. Es, también, o lo ha sido históricamente en Europa, el nombre del otro infinito, de lo infinito femenino:[6] es decir, de lo divino entendido como experiencia interior, no mediada ni mediatizada por los sacerdotes. Un Dios que no es Dios padre, pero que no ha querido ni prescindir de la palabra dios ni ponerla en femenino.

         Los retiros de Diótima, los encuentros propiciados por la Librería de mujeres de Milán, las reuniones de investigación de Duoda y este espacio Entredós, soy hoy, para mí, libros vivos: porque en ellos se intercambia espíritu y presencia, haciéndose disponible un más de sentido.

 

3-            (¿Qué es para ti narrar la experiencia?)

 

         En este seminario hablamos de una historia reciente que nos afecta a bastantes de las que estamos aquí: la historia de la influencia en España del pensamiento italiano de la diferencia sexual en los últimos quince años. E intentamos narrarla, contarla, ponerla en palabras. Cada una sabe cómo ha afectado este episodio a su vocabulario de lo político, a las palabras que usa para decir lo que es, si es que le ha afectado. Yo os cuento, para empezar, si os parece, este tercer tiempo de diálogo e intercambio, cómo me ha afectado a mí.

         En historia, el lenguaje está en crisis desde la caída del muro de Berlín en 1989; y lo mismo ocurre en política, o en la política fundada en los partidos políticos, por la relación que os decía entre la historia y el vocabulario de lo político. El lenguaje de la historia y de la política está en crisis por una cuestión de autoridad; porque con el final del socialismo real que representó sobre todo la Unión Soviética, la ideología –metanarrativa le llamamos en historia- que ese sistema de poder sostenía, ha perdido autoridad, ha perdido ese más de sentido que nos ayuda a la gente a poner en palabras lo real, a decir lo que es la experiencia vivida. Esta pérdida de autoridad ha dejado un vacío muy grande, un vacío agravado porque la desigualdad social contra la que luchó el pensamiento de izquierda sigue siendo enorme.

         El pensamiento de la diferencia me ha llevado a caer en la cuenta de que la crisis de autoridad que vive la historia y, con ella, la política de los partidos, deriva de que la autoridad en cuestión no era genuina, porque ignoraba la fuente del sentido de la autoridad para cada criatura humana, fuente que es la propia madre y el orden simbólico que ella enseña: o sea, la palabra, la lengua que llamamos precisamente materna. Los filósofos se expresan en lengua materna, pero del origen de su vida y de su lengua no hablan, como tampoco hablan los historiadores, a quienes ni se les ocurre la posibilidad de inscribir el origen de la vida en la historia; y me puedo imaginar que lo mismo ocurre en las demás ciencias que comunican lo que saben y son mediante la palabra.

         De esta manera, he descubierto que a la historia que leo o que escribo puedo hoy en día reconocerle autoridad –y, por tanto, tenerla por verdadera- cuando evoca en mí una sensación: la sensación viva y placentera de veracidad que experimenté cuando, en la relación primerísima con mi madre, aprendí a hablar; y, aprendiendo a hablar, aprendí el sentido de la realidad y de la verdad; o sea, el sentido de coincidencia entre las palabras y las cosas, del orden simbólico ordenando: quedó en mí la huella imborrable de que lo simbólico ordena y me ordena.

Pienso que esta es la historia que puede darle palabras sensatas a la política; y que es la que hace de la historia, la historia de las mujeres. Abriendo a la historia y a la política otro orden de relaciones, un orden de relaciones en el que el criterio de veracidad está dentro de cada criatura humana, siendo resultado de la relación con su origen, una relación restaurada y reevocada una y otra vez a lo largo de la vida.



[1] Lia Cigarini, La política del deseo, Barcelona, Icaria, 1996.

[2] Que lo trascendente solamente comparece en la contingencia de cada situación histórica, inseparablemente, es una idea muy importante para mi práctica política que he aprendido de Diana Sartori, Un vínculo sin legado, “Duoda” 22 (2002) 57-72.

[3] Teresa de Jesús, Libro de la vida, XXVI, 5.

[4] Teresa de Cartagena, Arboleda de los enfermos, cit. en mi Nombrar el mundo en femenino. Pensamiento de las mujeres y teoría feminista, Barcelona, Icaria, 1994, p. 40.

[5] Ina Praetorius, La filosofía del saber estar ahí. Para una política de lo simbólico, “Duoda” 23 (2002) p. 99-110.

[6] He tocado la difícil cuestión de los dos infinitos en Una cuestión de oído. De la historia de la estética de la diferencia sexual, en Marta Bertran Tarrés, Carmen Caballero Navas, Montserrat Cabré i Pairet, María-Milagros Rivera Garretas y Ana Vargas Martínez, De dos en dos. Las prácticas de creación y recreación de la vida y la convivencia humana, Madrid, Horas y horas, 2000, p. 103-126.