Ladyfest. Madrid, 29 octubre 2005. Entredós, 17h.

 

El deseo de fundar: ser origen de relaciones entre mujeres en el siglo XX

María-Milagros Rivera Garretas

 

         El cuerpo de mujer nace con una facultad suya propia que es su capacidad de ser dos. Por eso, entre el hecho de ser una mujer y el fundar, entre el ser mujer y el ser origen de algo nuevo, hay una relación de amistad, de cercanía, de afinidad, de entendimiento, y también de susto, de temor a algo que puede desequilibrar mi presente. Sin que el cuerpo en el que se nace determine nada ni obligue a nada, ya que el cuerpo sugiere una posibilidad de ser, posibilidad que, día a día, quien ese cuerpo habita interpretará con la libertad que se le dé y, sobre todo, con la libertad que ella se tome en el tiempo en el que le haya tocado vivir.

         Cuando se leen libros de historia, la amistad que enlaza el cuerpo de mujer con el ser origen de fundaciones nuevas, no suele estar apenas tratada. Los libros corrientes de historia tienden a guardar la memoria de lo excepcional, porque en Occidente predomina la idea de que hace historia lo que no es habitual, lo que se sale de lo corriente. Lo que se sale de lo corriente son, en la historia, hombres que se hacen origen e inicio de algo nuevo, y así lo recogen los libros de historia.

         Decir esto provoca una sensación de contradicción y de paradoja. De contradicción, porque lo que estoy diciendo choca con lo que quienes estamos aquí hemos aprendido en las clases de historia recibidas en la escuela y en la universidad; de paradoja, porque si yo os preguntara ahora cuántas fundaciones femeninas conocéis en la historia, probablemente os resultaría difícil pasar de diez. Esto es así porque la pérdida de simbólico de la madre ha sido muy grande en Occidente desde el Renacimiento y, en especial, a lo largo del siglo XX. A fuerza de conservar y transmitir la memoria de lo excepcional, se nos ha ido pasando desapercibida la historia corriente, esa que desde el siglo XX se suele llamar equivocadamente pequeña historia, y que llaman pequeña porque la contraponen con la historia de las excepciones, sean estas excepciones batallas o revoluciones sociales. La paradoja está en no considerar historia lo que vivimos, en su grandeza, en la maravilla del haber nacido y del seguir viviendo: en la maravilla de ese “lo raro es vivir” que hizo el título de una novela de Carmen Martín Gaite, una novela que creo que no es ajena a la muerte de una hija por sobredosis. Lo cual no es algo precisamente pequeño.

         Hemos sido sobre todo las mujeres emancipadas las que hemos olvidado la historia verdadera, la historia de las invenciones de sentido para nacer y seguir viviendo en la realidad que cambia. Por eso estamos siendo sobre todo mujeres emancipadas las que estamos reconociendo y desvelando la historia verdadera. Porque la pregunta sobre la historia no es: ¿hará historia Entredós entre la multitud ruidosa e hiperdocumentada de guerras, trofeos, gobiernos, monarquías, constituciones y catástrofes de mi tiempo? sino que es: ¿está tocada por Entredós la historia de mi vida? Porque es la historia de mi vida, de la tuya, la tuya y la tuya, en relación, lo que es o hace historia verdadera, una historia que no excluye las excepciones.

         Hemos sido sobre todo mujeres las que hemos olvidado la historia verdadera porque, desde el Renacimiento, el imperialismo occidental, cegado por la tendencia a la igualdad, a lo uno, a lo universal, a la versión única –que es lo que significa universal- de la historia, ha ido empequeñeciendo el sentido de las diferencias, en especial de la diferencia humana primera, que es la diferencia sexual. También, porque las mujeres nos hemos dejado llevar más de la cuenta por un signo muy propio de lo femenino histórico –pues la diferencia sexual se da siempre en la historia-, un signo que es la curiosidad. “Ut sum satis curiosa”, “porque soy bastante curiosa”, esta es la explicación decisiva que dio Egeria –una mujer del siglo IV- para pasarse una buena parte de su vida viajando por el mundo conocido entonces, desde su Galicia natal hasta Mesopotamia, pasando por Egipto y Constantinopla. Desde la Revolución Francesa, llevadas por la curiosidad, las mujeres hemos luchado consistentemente por ir a la universidad o por que fueran nuestras hijas, y por hacernos con el conocimiento que en las universidades se custodia, se genera y se transmite. Hoy, cuando las alumnas son mayoría en sus aulas, tanto en Occidente como en algunos países de Oriente, tomamos conciencia de que el conocimiento universitario no satisface nuestra curiosidad; no la satisface porque es un conocimiento que no tiene madre, de manera que la historia que ahí se explica es la historia de las excepciones, de lo que se sale de madre, de hechos en relación difícil con el origen.

         Por el camino, la historia verdadera, la de las fundaciones femeninas, se nos ha ido olvidando en buena parte. Se nos ha ido olvidando porque, distinguiéndose del conocimiento anclado en el poder, su medio de transmisión para viajar de una generación a otra ha sido la palabra hablada, la oralidad en forma de relato, de leyenda, de cuento, de canción, de poema. Y, en la universidad, la oralidad cuenta poco, eclipsada por la escritura. Es muy interesante, por ejemplo, que Clara de Asís, cuando fundó la orden de las clarisas a principios del siglo XIII (1212) en relación con Francisco de Asís, ella dejó su huella en cosas importantes del proyecto de orden mendicante pensado en común, y una de sus huellas fue precisamente esta: el preferir explícitamente la oralidad a la escritura, y así lo hicieron en sus conventos hasta el siglo XVIII, cuando las clarisas letradas o eruditas se dejaron llevar sin querer por la tradición masculina –es decir, pusieron al hombre en el lugar de su madre, de su origen- y declararon que todas las leyendas sobre los orígenes de sus conventos eran falsas porque eran de tradición oral, no documentada por escrito en sus archivos.

         Hay en este cambio una pérdida de fidelidad al propio ser mujer, ya que es mujer la depositaria de la lengua hablada, la madre que enseña a hablar. En la pérdida de fidelidad al propio ser mujer –un ser mujer que se da en la historia de las mujeres, o sea, en la historia- se olvida fácilmente la propia historia.

         ¿Qué tipo de cosas hemos olvidado? Por ejemplo, hemos olvidado datos fundamentales para la historia de las mujeres que están escritos en la obra de Dhuoda desde el siglo IX, una obra cuyos manuscritos, ediciones y traducciones han custodiado cuidadosamente, siglo tras siglo, las bibliotecas. En la obra de Dhuoda, que se titula Liber manualis Dhuodane quem ad filium suum transmisit Wilhelmum, que significa “Libro manual [que se lleva bien en la mano] que Dhuoda dedicó a su hijo Guillermo”, hay, entre otros, dos datos preciosos que hoy, sin contar con ella, forman parte de la política de las mujeres y de las fundaciones femeninas.

         Al principio de su libro, Dhuoda le escribió a su hijo un poema acróstico que sigue la frase “Dhuoda dilecto filio Wilhelmo, salutem. Lege”. “Dhuoda al amado hijo Guillermo, salud. Lee”. Acróstico quiere decir que empezó cada verso con la primera letra del epigrama. El poema es un diálogo entre Dhuoda y Dios, un diálogo en el que Dhuoda recomienda a Dios a su hijo para que le proteja siempre, de manera que el niño –que tenía entonces quince años y le había sido arrebatado por su padre, junto con su segundo hijo, que acababa de nacer- viva y sea feliz. En un fragmento de este poema, Dhuoda dice:

“Dame, te ruego, generosamente,

la fuerza de superar el eje de la esfera hasta tu diestra.

Iría así al reino donde, como creo,

tu gente puede quedarse a descansar sin fin.

(L) pues aunque yo sea indigna y frágil, esté exiliada,

enfangada y atraída por lo inmundo,

Está conmigo, sin embargo, una consorte amiga

y fiable, para absolver los delitos de los tuyos.”

“Est tamen michi consors amica

fidaque, de tuis relaxandi crimina.”

         De Dhuoda hay, entre otras, cinco traducciones hechas por mujeres en el siglo XX, todas ellas universitarias. Estas traducciones se estrellan ante la sencilla frase latina: “Est tamen michi consors amica fidaque”, “está conmigo una consorte amiga y fiable”. El editor más conocido del texto de Dhuoda en el siglo XX, el medievalista francés Pierre Riché, tradujo en 1975, indiferente al feminismo: “Tengo, sin embargo, una compañera amiga” y, perplejo, puso una nota diciendo que esta “consors amica” “podría ser la Virgen María, por lo demás ausente del Manual” (p,  75, n. 2). Lo dice pasando por alto que el culto a la Virgen es del siglo XII, por tanto trescientos años posterior a Dhuoda. La segunda de las tres traductoras al inglés, Carol Neel, en 1991, a pesar de ser una de las redescubridoras de la historia de las beguinas, siguió literalmente a Pierre Riché, atreviéndose solo a decir en nota que quizá la Virgen era un culto femenino ya en el siglo IX (p. 3, n. 23). La traductora más reciente a esa lengua, Marcelle Thiebaux, en 1998, repitió lo mismo que Riché, empeorándolo incluso a fuerza de emancipación: “Está conmigo una amiga,” –traduce- “una señora que confía en que perdonarás los pecados de tu pueblo” (p. 45, n. 15). Solamente Mercè Otero Vidal, al traducirla al catalán en 1989, ella sí atenta al feminismo aunque inhibida por el positivismo científico, se había atrevido a decir en nota que “apetecería pensar que Dhuoda tenía verdaderamente a su lado una ‘amiga consorte y fiel’, pero sobre la ‘sororidad’ en el siglo IX no podemos saber nada más” (p. 36-7, n. 6). Las traducciones posteriores, de autoras o de autores, ignoraron esta sugerencia.

         Dhuoda está hablando de una mujer concreta, una consorte amiga con la que le une una relación de fidelidad y de confianza, una mujer que le da medida de lo real ayudándole a soltarse ella –la propia Dhuoda- “de los delitos de los tuyos”, es decir, se refiere a una mujer que le ayuda a Dhuoda a dejar de dar crédito a los delitos de su marido el marqués de Septimania y sus seguidores, marido que le ha quitado a sus dos hijos para usarlos de rehenes en las luchas inciviles contra el emperador en las que está metido, luchas que le costarían la vida a él y también a su hijo Guillermo. En nuestro tiempo, hablamos de affidamento para referirnos a una relación política privilegiada y vinculante entre dos mujeres, una relación de disparidad que fue inventada en los grupos de autoconciencia cuando el hablar empezó a sustituir a lo real, postergando el momento del riesgo, momento del riesgo que es, para una mujer, el poner en juego su deseo, fundando algo en el mundo masculino en relación de disparidad, es decir, reconociéndole autoridad a otra mujer, sustrayéndose de este modo al patriarcado y contribuyendo a su final. Así, en relación de affidamento, han nacido las principales fundaciones femeninas del siglo XX, como las librerías, las editoriales y bibliotecas de mujeres, centros de investigación como Duoda, o fundaciones como el Circolo de la Rosa –que ha existido en Roma y existe en Milán y en Verona- o Entredós.

         En el siglo IX, la fundación de Dhuoda fue un libro, un libro para sus hijos, su Liber manualis, con el que quiso que ellos se educaran según su amor y sus instrucciones, un libro que hoy, más de mil años después, seguimos leyendo con gusto y con sorpresa.

         El otro ejemplo de algo fundamental para la historia de las mujeres y de las fundaciones femeninas que habíamos perdido y que hemos tenido que redescubrir en el siglo XX es, ni más ni menos, lo que la comunidad filosófica femenina Diótima nombró en los años noventa como el orden simbólico de la madre. Los ejemplos textuales que se podrían aducir son muchos, pero sigo con el epigrama de Dhuoda que he presentado.

         En un momento culminante de su diálogo con Dios, escribe Dhuoda refiriéndose a su hijo Guillermo: “Mío, modelo semejante a mí no tendrá jamás, / porque, aunque indigna, soy su madre”. Aquí han resbalado algo menos las traducciones de autoras, aunque sí bastante las de autores. Lo que nos ha pesado mucho a las universitarias es el “aunque indigna”, que repite innumerables veces Dhuoda y repiten otras muchas autoras, como en el verso impresionante ya citado que decía: “La indigna, frágil y exiliada que soy”.

         Las universitarias feministas nos irritamos durante muchos años ante estas expresiones, porque las interpretamos como declaraciones de inferioridad. Las interpretamos en téminos del orden social y, por eso, entendimos que ellas se sentían inferiores al hombre, a pesar de ser mujeres grandes. Lo veíamos así porque, en nuestra cabeza, la superioridad se la atribuíamos a los hombres y a nadie más. Y aplicábamos este esquema a las mujeres del pasado. A pesar de que los hombres no salían por ninguna parte en los textos de este tipo de declaraciones femeninas de indignidad o de debilidad.

         Dhuoda y las otras, en realidad, ante quien se sienten indignas o débiles, a quien le atribuyen superioridad, no es al hombre sino a Dios. Y es con Dios con quien están explícitamente dialogando. Dialogan con Dios, que está dentro de ellas, que se encarnó en una mujer histórica: “Dios, sumo hacedor de la luz, / autor del cielo y de los astros, rey eterno, santo, / haz tú perfecto, con clemencia, lo que yo he comenzado; / aunque inculta, en ti busco sentido”, así empieza el epigrama de Dhuoda.

En otras palabras, las universitarias feministas pusimos durante mucho tiempo al hombre en el lugar de Dios, y con esta confusión interpretamos la historia, que se nos quedaba, por lo demás, siempre pequeña. Se nos quedaba pequeña porque ahí –en ese poner al hombre en el lugar de Dios, como si no pudíeramos quitarnos al hombre de la cabeza- se jugaba la posibilidad de existencia, para nosotras, del orden simbólico de la madre: si me mido con Dios, tengo una posibilidad sexuada de infinito en la que es posible el orden simbólico. Si me mido con el hombre, sigo eternamente colonizada por él.

         En el siglo XX, las fundaciones femeninas han ido naciendo cuando unas cuantas mujeres se han juntado siendo fieles a su ser mujer, a su origen femenino y materno; es decir, no midiéndose con el hombre sino con la realidad que cambia, no poniendo al hombre en el lugar de Dios. El lugar de Dios ha de quedar vacío.

         De este raro diálogo entre una mujer y Dios, siendo Dios un lugar que ha de quedar vacío, sin colocar en él a nadie ni ninguna estatua ni icono, nacen fundaciones que están en el mundo, en la sustancia del mundo, sin pertenecer enteras al orden social. Esta paradoja es la clave de las fundaciones nacidas del deseo, de la política del deseo, en fidelidad al propio origen. Porque lo social no es el mundo sino una parte del mundo. Del origen del orden social, la madre está ausente, ahuyentada y reemplazada por sistemas de poder de un tipo o de otro. Está ausente el orden simbólico que ella enseña, está ausente el orden simbólico de la madre. Por eso, en el orden social, se echan discursos y se hace discurso, discurso que es distinto de la lengua materna, porque la lengua materna me trae lo real, frente al discurso que es, en buena parte, retórica, argumento que convence ocultando. De la orfandad del orden social es testimonio, por ejemplo, el discurso sobre la ciudadanía femenina que sigue hoy manejando la Unión Europea, sin que las mujeres consigamos enterarnos bien de lo que dice, porque de los discursos nunca nos enteramos bien, por cautela. La ciudadanía femenina es una manera europea de poner otra vez al hombre en el lugar de Dios. Porque en el origen de la polis, de la ciudad clásica democrática, de la unidad política occidental, está la tragedia de Antígona, la tragedia de la expulsión de la genealogía femenina y materna de la democracia. Para completar el delito, se me ofrece ciudadanía femenina, cuando lo que yo necesito y quiero es que se me devuelva lo que se me usurpó, que es la genalogía femenina y materna en la democracia, es decir, que la madre entre en lo social. El hombre que reconoce y se mantiene fiel al orden simbólico de la madre, difícilmente será violento con una mujer o con otro hombre más débil que él.

         Las fundaciones femeninas del siglo XX se han colocado precisamente en la genealogía femenina y materna, no en la ideología social masculina, por más progresista que esta fuera. Así lo hizo, por ejemplo, Rivolta Femminile, fundada por Carla Lonzi y otras en Milán en 1970. Carla Lonzi escribió en un pequeño manifiesto de este año:

“¿Quién ha dicho que la ideología es mi aventura?

Aventura e ideología son incompatibles.

Mi aventura soy yo.” (cit. No creas, 104).

Algo semejante hizo la Librería de mujeres de Milán, fundada en octubre de 1975 en el centro de esta ciudad. Escribieron en 1987, en el libro titulado No creas tener derechos, un libro que interpreta y relata la historia de esta fundación, una fundación que hoy sigue abierta: “La idea de crear una librería [...] enlaza con el pasado y con el presente. Con el pasado, porque ‘tomar la palabra  ha sido una práctica de nuestra lucha’ y encontramos ‘un primer testimonio’ de ello en las obras del pensamiento femenino. Con el presente, porque ‘una práctica de nuestra lucha es encontrar los tiempos y los instrumentos ... para difundir, debatir y profundizar en todo lo nuevo que expresan las mujeres.” (No creas, 109). Esta práctica de genealogía femenina se juntó unos años después con el deseo, con la política del deseo, que es quizá la clave cualitativa de la política de las mujeres y de la historia. Porque sin política del deseo las mujeres caemos en depresión, siendo la depresión en el siglo XX una enfermedad social, una enfermedad del sistema de poder vigente, poder que no deseábamos, enfermedad social de la que las mujeres nos hemos hecho portadoras, diciendo, con el cuerpo convertido en texto, un malestar común y terrible. Escribieron las miembras de la Librería de mujeres de Milán en el libro No creas tener derechos:

“En 1975, cuando se creó la Librería, nos acercábamos a las escritoras con la expectativa de descubrir que la diferencia sexual se había expresado en sus obras con formas lingüísticas especiales. En 1980, esta expectativa se convirtió en necesidad y búsqueda apremiante. Pero ya no se pensaba de manera especial en las formas lingüísticas. Sólo que, de un modo u otro, las escritoras podrían ayudarnos. Su producción no nos interesaba como ejemplo de aportación de las mujeres a la cultura humana. Nos interesaba, nos era necesaria incluso, si servía para significar lo que la cultura humana ignoraba sobre la diferencia de ser mujer. Era la medida más difícil, para la que no teníamos más criterio que nuestra necesidad de encontrar lo que necesitábamos. [...]. Esta situación inspiró un procedimiento que podríamos describir como salvaje si no fuese porque nuestra política ya lo había probado con éxito para otros fines. Tratamos los textos literarios como tratábamos nuestras palabras, es decir, como partes de un enigma a desentrañar combinándolas y recombinándolas entre sí y con las no-palabras: lugares, hechos, sentimientos. Este experimento resultó en una anulación de los límites entre la vida y la literatura. [...] Empezó con la selección de las escritoras y de las novelas que leeríamos. De inmediato se decidió que leeríamos a nuestras autoras preferidas. [...] El acto de la preferencia, con su ‘nocividad’ latente, estaba destinado a desequilibrar el esquema de la política femenina que mantenía en angustioso equilibrio, como crucificado, todo deseo femenino. Siempre obligado, para afirmarse, a contrarrestarse con el contrapeso de algún otro hecho de sentido contrario, de sufrimientos soportados, de angustias sufridas, de energías regaladas a fondo perdido.” (p. 138-139).

         La experiencia de anulación de los límites entre la vida y la literatura llevó a las fundadoras de la Librería de mujeres de Milán a tomar conciencia de la disparidad entre mujeres. Ellas descubrieron que sus autoras predilectas no eran sus madres simbólicas –como se decía entonces- sino que constataron el hecho de que (cito) “Las madres no son las escritoras; en realidad, están aquí, entre nosotras, porque aquí no somos todas iguales”. (p. 140)

         Son estos los descubrimientos que custodian en una mujer la fidelidad a sí misma, a sí misma como mujer. Como mujer que elige serlo sabiendo que, aunque es libre de no elegirlo, el ser mujer no es, en realidad, objeto de elección.

         Entre la fundación de la librería de mujeres de Milán el 14 de octubre de 1975 y la fundación de Entredós el 12 de octubre de 2002 han pasado veintisiete años. El reconocimiento de la genealogía femenina, de la disparidad entre mujeres y del orden simbólico de la madre precisamente a lo largo de estas tres décadas se nota en que, en Entredós, ya no es una generación la fundadora sino que son tres las que se han juntado y han coincidido en el deseo de fundar. De entre las muchas novedades de esta fundación más reciente, escojo una que se enlaza con el inicio de este texto: inicio que era el cuerpo de mujer, la atención al cuerpo femenino puesta en el centro del espacio político. El cuidado también es político es el título de uno de los capítulos que forman el libro “Textos Entredós” 1, publicado en 2003, para la celebración del primer aniversario de la Fundación Entredós. Tania Rodríguez Manglano, la autora de este capítulo, escribe: “Para mí ENTREDÓS es un deseo llevado a cabo junto con otras y también es el lugar donde realizo mi trabajo, que es mucho más que una manera de ganarme la vida. Es un trabajo en el que me siento libre y pongo la relación en el lugar que creo que tiene, es decir, el centro de la terapia. Sin duda es un privilegio que te apasione lo que haces, y si además forma parte de algo grande como es el proyecto de ENTREDÓS, se convierte en algo extraordinario.” (p. 23-24). Pienso que es evidente que entre la fundación de la Librería de mujeres de Milán y la fundación de Entredós, ha ocurrido –y no por casualidad- el final del patriarcado. El final del patriarcado tiene mucho que ver con el deseo femenino de fundar, de ser origen. Porque el patriarcado presentaba al padre como el verdadero autor de la vida, desplazando a su autora y fundadora evidente, que es la madre, una mujer que desea ser origen de algo nuevo.