¿Qué pasa con las palabras que,
a veces, hacen política? El título de este libro dice que existe un trabajo de
las palabras. Lo dice sugiriendo que las palabras se someten a mi deseo y a mi
voluntad dejándose sujetar por mi deseo de decir; y lo dice también sugiriendo
que las palabras hacen cosas en mí, se entrometen en mi cuerpo, andan por mis
entrañas contactando con experiencias vividas sin saber cómo se llamaban y, de
pronto, me ofrecen un nombre posible para una de esas vivencias. El juntarse la
vivencia con la palabra trae un movimiento imprevisto, me desplaza a un sitio
nuevo, siempre mejor porque siempre es real, aunque la vivencia que se junta
con la palabra sea negativa. Las palabras son, pues, resultado del esfuerzo de
la escritora –o de la madre o la tía que inventa una
canción- y son también un don que nos hacen las propias palabras. Como si la
lengua materna estuviera siempre trabajando, como si el primer y enorme
esfuerzo de aprender a hablar no se detuviera nunca a lo largo de una vida,
tampoco en los tiempos oscuros de mudez o en la enfermedad.
La política de lo simbólico es
esto: es el trabajo de las palabras. Un trabajo y una política que puede hacer
y hace cualquiera: basta con saber hablar y tener voz y deseo de decir.
En el último número de la
revista Via Dogana
y también en el último Seminario público de Duoda
se hablaba de la necesidad que sentimos hoy la gente de una política con menos
mediaciones, de una política más elemental. Una política –añado- que atenúe el
miedo que por lo general nos dan a la gente los políticos. Nos dan miedo porque
no parece que se paren a escuchar sus entrañas, no parece que se puedan parar a
recoger los frutos del trabajo de las palabras. Cuando hacen suya una idea
buena, como pudo ser el principio de igualdad de derechos y de oportunidades
entre mujeres y hombres, o la idea misma de democracia, no pueden parar ni
cuando sobrepasan el ridículo y la parodia. Esto ocurre porque, si no escucho
el trabajo de las palabras en mis entrañas y no recojo sus frutos, no me
transformo, pierdo el contacto con la realidad que –ella sí- cambia, y fácilmente
me vuelvo un fantasma desprendido de esa realidad.
El libro que presentamos
intenta compartir y confrontar en grupo descubrimientos que son resultado del
trabajo de las palabras. El libro recoge, editados, los diálogos que se
entablaron aquí en
Este es un método de
conocimiento propio del feminismo. Es un método importante, que va más allá del
rigor científico sin despreciarlo ni ir en contra de él sino completándolo y
refinándolo al reconectarlo con la vida, de la se había separado, deslumbrado
por el rigor. Más allá del rigor científico, una mujer suele encontrar o anhela
encontrar la verdad. “Verdad” es una palabra esquiva y hay que concretarla. Yo
me conformo con decir que es la sensación de coincidencia entre las palabras y
las cosas, entre lo que digo y lo que hago, entre la teoría y la práctica.
Cuando, tomándome tiempo, escucho el trabajo de las palabras en mis entrañas y
oigo algo, lo que oigo suele ser una expresión que me lleva a sentir que una
palabra y una cosa coinciden. Toco, entonces, realidad, realidad que me sirve
como mujer.
Pongo un ejemplo. El otro día
se me presentó en casa una mujer para hacerme una encuesta sobre el estado de
los servicios del ayuntamiento de mi ciudad. Una de sus preguntas era: - ¿Cuál
es el principal problema de la ciudad? A mí, sin pensarlo, me salió: - La
inseguridad para las mujeres. - ¿Y de su barrio? - El mismo. Ella, habituada a
la objetividad y al neutro, primero dio un respingo: - ¿De las mujeres? se
extrañó. Pero, al instante, cambió: “Sí, es verdad” – dijo.
Pues a este sentido de la
verdad me refiero. Estoy convencida de que si mi ciudad no fuera insegura para
mí como mujer, mi ciudad no tendría problemas.
En el libro El trabajo de
las palabras hay ejemplos de política de lo simbólico de más vuelo que
este. De los que trajo Lia Cigarini
para compartir y contrastar, a mí me gustó mucho el que pregunta si la entrada
masiva de las mujeres en el mercado del trabajo está echando a perder la obra
femenina de la civilización, esa obra que hacía las casas habitables y
agradables. De los que trajo Luisa Muraro, sin duda
la expresión misma el Dios de las mujeres es un ejemplo extraordinario:
es el disparate –y disparate es algo que desbarata lo que hay- que hace que lo
femenino libre no sea digerible por el poder social.
Además de todo esto, este
libro, como otros nacidos en
Han sido diálogos de servicio:
diálogos al servicio de la transformación interior de las dos partes
implicadas. Digo esto porque en los últimos tiempos, en grupos de mujeres que
practican la relación como política y con los que he estado en contacto, he ido
viendo dos obstáculos que se repiten y que traen mucho sufrimiento: uno es la
autoridad, particularmente con mujeres con las que la disparidad es grande; el
otro es el reconocimiento, expresado como una necesidad, una necesidad de
reconocimiento que no se colma, que es exigida y que impide seguir creando.
En los diálogos que se publican
en este libro, pienso que tanto Lia Cigarini como Luisa Muraro
intentaron ponerse al servicio del deseo de transformarse que llevó cada una de
las participantes. Esta es una práctica política que ayuda a que la disparidad
no haga enmudecer a la otra o al otro.
La transformación interior que
puede traerme la práctica de la disparidad, desplaza la necesidad de
reconocimiento, la lleva a otro lugar, a un lugar secundario, poco a poco
superfluo. Y una se siente más libre. Una mujer no necesita reconocimiento.
Necesita ser. El reconocimiento no es posible necesitarlo, porque el
reconocimiento es un don, es algo que una o uno recibe sin merecerlo. Forma
parte de la economía del don, no de la economía de la necesidad. Por eso,
pienso que es importante, entre las que practicamos la política de las mujeres,
discernir bien y no confundir el reconocimiento ajeno con el ser.
El trabajo de las palabras es un
libro que le ayuda a una mujer a ser contactando con sus entrañas, con la
historia viviente que anida en ella.