Madrid. Entredós, 28 mayo 2008, 20 h. El trabajo de las palabras. Ana Domínguez, Tania y yo

 

La política de lo simbólico es política primera

María-Milagros Rivera Garretas

 

¿Qué pasa con las palabras que, a veces, hacen política? El título de este libro dice que existe un trabajo de las palabras. Lo dice sugiriendo que las palabras se someten a mi deseo y a mi voluntad dejándose sujetar por mi deseo de decir; y lo dice también sugiriendo que las palabras hacen cosas en mí, se entrometen en mi cuerpo, andan por mis entrañas contactando con experiencias vividas sin saber cómo se llamaban y, de pronto, me ofrecen un nombre posible para una de esas vivencias. El juntarse la vivencia con la palabra trae un movimiento imprevisto, me desplaza a un sitio nuevo, siempre mejor porque siempre es real, aunque la vivencia que se junta con la palabra sea negativa. Las palabras son, pues, resultado del esfuerzo de la escritora –o de la madre o la tía que inventa una canción- y son también un don que nos hacen las propias palabras. Como si la lengua materna estuviera siempre trabajando, como si el primer y enorme esfuerzo de aprender a hablar no se detuviera nunca a lo largo de una vida, tampoco en los tiempos oscuros de mudez o en la enfermedad.

 

La política de lo simbólico es esto: es el trabajo de las palabras. Un trabajo y una política que puede hacer y hace cualquiera: basta con saber hablar y tener voz y deseo de decir.

 

En el último número de la revista Via Dogana y también en el último Seminario público de Duoda se hablaba de la necesidad que sentimos hoy la gente de una política con menos mediaciones, de una política más elemental. Una política –añado- que atenúe el miedo que por lo general nos dan a la gente los políticos. Nos dan miedo porque no parece que se paren a escuchar sus entrañas, no parece que se puedan parar a recoger los frutos del trabajo de las palabras. Cuando hacen suya una idea buena, como pudo ser el principio de igualdad de derechos y de oportunidades entre mujeres y hombres, o la idea misma de democracia, no pueden parar ni cuando sobrepasan el ridículo y la parodia. Esto ocurre porque, si no escucho el trabajo de las palabras en mis entrañas y no recojo sus frutos, no me transformo, pierdo el contacto con la realidad que –ella sí- cambia, y fácilmente me vuelvo un fantasma desprendido de esa realidad.

 

El libro que presentamos intenta compartir y confrontar en grupo descubrimientos que son resultado del trabajo de las palabras. El libro recoge, editados, los diálogos que se entablaron aquí en la Fundación Entredós durante tres seminarios de día entero celebrados a lo largo del curso 2003-2004. Uno se hizo con Lia Cigarini y fue sobre el trabajo de las mujeres. Otro lo hizo Luisa Muraro y fue sobre el capítulo La fragilidad de los inicios de su libro El Dios de las mujeres. El otro lo hice yo sobre La relación sin fin. A cada seminario, cada una de nosotras llevó un descubrimiento hecho de palabras y, en el diálogo, las palabras de unas y de otras lo transformaron y, probablemente, transformaron algo a las que allí estábamos.

 

Este es un método de conocimiento propio del feminismo. Es un método importante, que va más allá del rigor científico sin despreciarlo ni ir en contra de él sino completándolo y refinándolo al reconectarlo con la vida, de la se había separado, deslumbrado por el rigor. Más allá del rigor científico, una mujer suele encontrar o anhela encontrar la verdad. “Verdad” es una palabra esquiva y hay que concretarla. Yo me conformo con decir que es la sensación de coincidencia entre las palabras y las cosas, entre lo que digo y lo que hago, entre la teoría y la práctica. Cuando, tomándome tiempo, escucho el trabajo de las palabras en mis entrañas y oigo algo, lo que oigo suele ser una expresión que me lleva a sentir que una palabra y una cosa coinciden. Toco, entonces, realidad, realidad que me sirve como mujer.

 

Pongo un ejemplo. El otro día se me presentó en casa una mujer para hacerme una encuesta sobre el estado de los servicios del ayuntamiento de mi ciudad. Una de sus preguntas era: - ¿Cuál es el principal problema de la ciudad? A mí, sin pensarlo, me salió: - La inseguridad para las mujeres. - ¿Y de su barrio? - El mismo. Ella, habituada a la objetividad y al neutro, primero dio un respingo: - ¿De las mujeres? se extrañó. Pero, al instante, cambió: “Sí, es verdad” – dijo.

 

Pues a este sentido de la verdad me refiero. Estoy convencida de que si mi ciudad no fuera insegura para mí como mujer, mi ciudad no tendría problemas.

 

En el libro El trabajo de las palabras hay ejemplos de política de lo simbólico de más vuelo que este. De los que trajo Lia Cigarini para compartir y contrastar, a mí me gustó mucho el que pregunta si la entrada masiva de las mujeres en el mercado del trabajo está echando a perder la obra femenina de la civilización, esa obra que hacía las casas habitables y agradables. De los que trajo Luisa Muraro, sin duda la expresión misma el Dios de las mujeres es un ejemplo extraordinario: es el disparate –y disparate es algo que desbarata lo que hay- que hace que lo femenino libre no sea digerible por el poder social.

 

Además de todo esto, este libro, como otros nacidos en la Fundación Entredós, no es un libro normal. No es un libro salido del esfuerzo solitario de una autora ni tampoco de la colaboración entre varias o varios que contribuyen cada cual con un capítulo al conjunto de la obra. Es un libro que se ha ido  componiendo en tres diálogos, en tres seminarios de día entero, como he dicho ya. Pero no han sido diálogos normales; no han sido diálogos dialécticos de contraposición de razones con que ganar o perder un argumento, ni han sido tampoco diálogos informativos para ponerse al día del estado de una cuestión.

 

Han sido diálogos de servicio: diálogos al servicio de la transformación interior de las dos partes implicadas. Digo esto porque en los últimos tiempos, en grupos de mujeres que practican la relación como política y con los que he estado en contacto, he ido viendo dos obstáculos que se repiten y que traen mucho sufrimiento: uno es la autoridad, particularmente con mujeres con las que la disparidad es grande; el otro es el reconocimiento, expresado como una necesidad, una necesidad de reconocimiento que no se colma, que es exigida y que impide seguir creando.

 

En los diálogos que se publican en este libro, pienso que tanto Lia Cigarini como Luisa Muraro intentaron ponerse al servicio del deseo de transformarse que llevó cada una de las participantes. Esta es una práctica política que ayuda a que la disparidad no haga enmudecer a la otra o al otro.

 

La transformación interior que puede traerme la práctica de la disparidad, desplaza la necesidad de reconocimiento, la lleva a otro lugar, a un lugar secundario, poco a poco superfluo. Y una se siente más libre. Una mujer no necesita reconocimiento. Necesita ser. El reconocimiento no es posible necesitarlo, porque el reconocimiento es un don, es algo que una o uno recibe sin merecerlo. Forma parte de la economía del don, no de la economía de la necesidad. Por eso, pienso que es importante, entre las que practicamos la política de las mujeres, discernir bien y no confundir el reconocimiento ajeno con el ser.

 

El trabajo de las palabras es un libro que le ayuda a una mujer a ser contactando con sus entrañas, con la historia viviente que anida en ella.