Madrid, Fundación Entredós, sábado 25 abril 2009. Milagros Montoya.

 

La gestación femenina del mundo

María-Milagros Rivera Garretas

 

1)     ¿Podrías encontrar en tu experiencia y poner en palabras la vivencia de una revolución simbólica?

 

Vamos a partir de una experiencia y de una idea que todas conocemos. Es el triunfo del feminismo en el siglo XX, que creo que todas hemos experimentado en mayor o menor medida, y la sorpresa, al mirar hacia él desde el final del patriarcado, de ver que ha obtenido algo tan enorme como esto (como el final del patriarcado) y lo ha obtenido sin derramar una gota de sangre. Lágrimas, emociones, rencor, felicidad y dinero, sí, hemos derramado mucho, pero sangre no; a no ser la sangre de la histeria, histeria que a las feministas nos ha sabido acompañar como una amiga consorte y fiel, una amiga de las que te protegen contra la tentación del bien o altruismo, obligándote a tener presente lo negativo, lo negativo que está en cada vida.

Entiendo, pues, que el triunfo del feminismo del siglo XX ha consistido y consiste en traer al mundo el final del patriarcado. Un patriarcado que ha existido y ha sido muy duro, y que sigue estando y siendo muy duro en los patriarcas que quedan y en las mujeres que les prestan servicios simbólicos, pero del que también es importante recordar que no ha ocupado nunca la realidad entera ni tampoco la vida entera de una mujer o de un hombre, aunque haya deseado ocuparlas. Del final del patriarcado y, simultáneamente, de la supervivencia de patriarcas y de mujeres deportadas en lo simbólico masculino (no se sabe cuántos ni cuántas porque la cifra está siempre moviéndose), da cuenta maravillosamente el corto Por tu bien, de Icíar Bollaín (2004).

 

          La revolución femenina del siglo XX ha sido y es una toma de conciencia: ha sido y es una toma de conciencia sobre el cuerpo de las mujeres, sobre el propio cuerpo. La toma de conciencia de que mi cuerpo es mío, y es un más. Es decir, no es del marido ni del padre ni del Estado ni tampoco de la criatura que temporalmente pueda habitarlo; y no es ni una desventura ni un estorbo, aunque en ocasiones lo sea; sino un más: un más porque está abierto, a la manera en la que decimos favorablemente de alguien que conocemos: es muy abierta. El más del cuerpo de mujer es un signo que ese cuerpo lleva: el signo de la apertura a lo otro: un signo disponible, a lo largo de toda la vida, para ser interpretado, y ser interpretado interpretándome e interpretando el mundo al mismo tiempo. No sé si habéis notado que es una neurosis muy femenina el ponerse tareas interminables y un poco absurdas: pues es esto cuando va mal, cuando se desvía la intepretación de su signo, de su más, pero quiere dejar la señal en la neurosis.

La revolución femenina del siglo XX no ha consistido, por tanto, en obtener poder, aunque muchas lo hayan obtenido. No ha consistido la revolución femenina en esto, porque para esto no hacía falta una revolución; bastaba con aplicarse en lo que ya había y, en realidad, nos oprimía.

          Una toma de conciencia es una revolución simbólica. Dicho de otra manera, es una revolución de sentido: una revolución de sentido que desbarata la propia existencia. Una revolución de sentido consiste en la experiencia interior violentísima de que el significado de algo que estoy viviendo es completamente distinto del que yo tenía de ello hasta ese preciso momento. Un ejemplo, las cuatro primeras líneas del poema De la lonja, de Juana Castro (Duoda 35, 2008, 51). Dicen: “No te amaré mañana. He aguardado / tantos días desnuda, con tu nombre / grabado entre las cejas, que olvidé / los inviernos, el azul y las rosas”.

          La experiencia y la idea del triunfo de la revolución femenina del siglo XX, aunque tengan sus detractoras y detractores, son, pues, perfectamente pensables y decibles en nuestro tiempo. Pero no se han convertido en saber. La toma de conciencia de que mi cuerpo es mío y es un más, o sea, la toma de conciencia de que, para una mujer, lo más importante y lo que le hará feliz y grande en el mundo, es el elegir serlo, sigue buscando palabras para decirse, o sea, simbólico, palabras que hagan cuerpo, palabras que no sean declaraciones de principio sino coincidencia con las cosas y con el cuerpo. Quiero decir que esa toma de conciencia no encuentra su lugar político en la lengua corriente, o sea, en la comunidad de hablantes, en la prensa, en los Parlamentos, en los tratados de teoría política, en el charlar femenino, en la ciencia universitaria, en las canciones de moda, en la novela, en el cotilleo... No hace simbólico en lo que se suele llamar lo público. Y, al no hacer simbólico ahí, no abre el paso en esos lugares (o sea, en lo público) a la libertad femenina. Aunque lo público esté lleno de mujeres y aunque la experiencia íntima del triunfo de la revolución femenina del siglo XX esté dentro de muchas de ellas.

          Un ejemplo hoy crítico es la universidad. La universidad es desde hace más de diez años un espacio que vive la contradicción insoportable de estar lleno de mujeres sin que el conocimiento se haya feminizado. Tanto es así que, en mi opinión, es esta contradicción insoportable el motivo de la rebelión del alumnado de los últimos meses, aunque ni las alumnas ni los alumnos hayan todavía tomado conciencia de ello, que yo sepa, y aunque la rebelión tome otro nombre, el nombre “Bolonia”; si bien tampoco el nombre es equivocado, pues es una alegoría de lo que hoy pasa, o sea, un modo de decir otra cosa con otra cosa, un modo de decir que la universidad de hoy sigue siendo como la primera universidad (la de Bolonia en el siglo XII): un espacio de poder y de conocimiento entre hombres, si bien hoy (800 años después, dicho sea de paso) con una contradicción del todo nueva.

          Hoy la universidad tiene la oportunidad de tomar conciencia de la revolución femenina del siglo XX. Tiene la oportunidad, si las mujeres nos ponemos a ello, de reconocer que en nuestra cultura hay dos pensamientos (y esta idea procede del libro Il pensiero dell’esperienza, publicado el año pasado con las conferencias del XX Congreso de la Iaph de 2006, organizado por la comunidad filosófica Diótima). Uno es el pensamiento del pensamiento, el tradicional, el que encadena la historia del pensamiento; el otro es el pensamiento de la experiencia, el de las mujeres, el que parte de sí, de cada cual en su presente. De este último, del pensamiento de la experiencia, las compiladoras del libro que he citado (que está también colgado en la red, en varias lenguas) Annarosa Buttarelli y Federica Giardini, citan un precedente que nos queda cerca: el libro Notas de un método, de María Zambrano, publicado en 1989, donde dice: “Una nueva concepción de la claridad, una atención a las formas discontinuas de la luz y del tiempo, se abre camino ya, aun dentro de la llamada psicología de lo profundo. Y así también, en la Fenomenología de Husserl. Ambas carecen de una última exploración metafísica. Una metafísica experimental, que sin pretensiones de totalidad haga posible la experiencia humana, ha de estar al nacer” (p. 26).

 

Yo, con vosotras, intento ahora hacer simbólico de la experiencia y la idea del triunfo de la revolución femenina del siglo XX, para contribuir al pensamiento de la experiencia o a esa “metafísica experimental que sin pretensiones de totalidad haga posible la experiencia humana”, de modo que la verdad de la experiencia “penetre en la vida, moldeándola” (MZ Confesión, 69), y lo intento con una expresión: la gestación femenina del mundo.

 

2)     ¿Te parece que hay un muro entre lo que haces en el día a día y el lenguaje de la política corriente? Si es así ¿sabes reconocer la naturaleza de ese muro?

 

          ¿Qué es la gestación femenina del mundo? Es un ir generando, rato a rato y a nivel cósmico, sentido, el sentido de la vida y de las relaciones, de lo que pasa, de lo que acontece, de lo que deseo, de lo que experimento; sin que el sentido que se va generando sea una repetición de lo ya dicho y oído. Consiste, pues, en traer a la lengua –en poner en palabras– el significado de los hechos, significado que, si atañe a la criatura humana, es siempre nuevo, porque cada ser humano experimenta un hecho de manera distinta, según su propia singularidad.

          El sentido de los hechos nace de dentro del hecho mismo y de dentro –o sea, de las entrañas y del espíritu– de quien lo vive. Nace ahí y se pone a vivir en el mundo común de mujeres y de hombres. Si no encuentra palabras –si no hace simbólico–, en vez de vivir, vegeta, causando sufrimiento (histeria, por ejemplo, entre las mujeres, violencia en los hombres).

          Habitualmente, Occidente interpreta los hechos con un método que permita generalizar su sentido, de modo que el método sirva para interpretar muchos hechos parecidos. Para poder generalizar la interpretación, los hechos son sometidos a un proceso de objetivación. La objetivación consiste en separarlos de quien los vive y de su experiencia humana singular: separarlos para poder así analizarlos por separado y clasificarlos con sus afines, como si los hechos pudieran darse por sí solos. La vivencia de quien los pasa se queda, entonces, desamparada. A este desamparo solemos acudir las mujeres, intentando rescatarlo y redimirlo. Intentamos rescatarlo de la separación de quien los vive (rescatar el vínculo entre vivido y viviente) y redimirlo de la generalización. Porque la gestación femenina del mundo no objetiva sino que intenta interpretar los hechos sin quitárselos a quien los vive; e intenta atender a la singularidad de su acontecer: porque la singularidad de su acontecer es fuente de realidad y, por tanto, de felicidad. Lo que la gestación femenina del mundo hace, es, por tanto, salvarlos, salvar la vivencia y salvar los fenómenos, salvar lo que se experimenta y lo que se muestra.

          Pongo un ejemplo. Voy a mi médico o médica de cabecera porque me duele todo. Ella o él me observa, me escucha y, luego, toma mis datos y los contrasta con los de los protocolos y las estadísticas que conozca. Y sale un diagnóstico generalizable: dolor crónico, desajuste psicosomático, fobromialgia, depresión: depende del lenguaje científico del momento. Yo me voy a mi casa con la sensación agradable de que mi dolor tiene un nombre más creíble, pero me voy también con un disgusto: el disgusto de que mi vivencia no ha sido tenida en cuenta, no ha sido rescatada, sino que ha desaparecido en la generalización necesaria para hacer un diagnóstico científico. A mi experiencia no le ha sido reconocida autoridad, y esto, para una mujer, es un motivo importantísimo de pérdida de realidad. (El límite máximo de la pérdida de realidad es la locura, como es bien sabido).

 

          Para traer al mundo el mundo, las mujeres nos salimos, pues, por la tangente. ¿De qué? Del método de conocimiento que se suele llamar positivismo científico, un método de uso muy corriente, aunque no se conozca su nombre. Lo hacemos sin ir ni a favor ni en contra de este método. Nos salimos de la operación intelectual que sostiene las interpretaciones de la sociedad propias del siglo XX y en general de las zonas y épocas de nuestra historia dominadas por el racionalismo, una operación que es la DIALÉCTICA. La dialéctica entiende que, en las sociedades humanas, el choque de contrarios es constante y mueve la vida y la historia. Lo entiende tanto la dialéctica que llamamos conservadora –la del sic et non de la escolástica medieval– como la dialéctica marxista, la dialéctica “amo / esclavo”. En las cosas pequeñas y grandes del día a día, la dialéctica se practica cada vez que afrontamos un hecho cualquiera sirviéndonos de la norma aprendida en la escuela que nos lleva a confrontar argumentos –a favor o en contra–  para llegar a entender ese hecho. Sobre esta operación escribió la filósofa Simone Weil (1909-1943) en un texto titulado Note sur la suppression générale des parties politiques, que es un manifiesto proponiendo la supresión de los partidos políticos redactado poco antes de morir en 1943:

“Hemos llegado al punto de no pensar casi ya, en ningún ámbito, si no es tomando posición ‘en pro’ o ‘en contra’ de una opinión y buscando argumentos que, según los casos, la refuten o la sostengan. [...]. Tampoco en las escuelas se sabe ya estimular el pensamiento de los niños si no es invitándoles a tomar partido a favor o en contra de un determinado pensamiento. Se cita la frase de un gran autor y se les pide: ‘¿Estáis de acuerdo o no? Desarrollad vuestros argumentos’. En el examen, los pobrecillos, que tienen que terminar su disertación en tres horas, no pueden dedicar más de cinco minutos a preguntarse cuál es su opinión al respecto. Y sería tan fácil decirles: ‘Meditad sobre este texto y expresad las reflexiones que os suscite’.[1]

 

          Las mujeres, cuando gestamos el mundo, damos el corte de la verdad en la dialéctica; lo damos después de meditar, y a veces mucho, sobre los argumentos de unos y de otros, siempre sin limitarnos a contraponerlos. Queremos, por ejemplo, trabajar fuera de casa y tener tiempo para cuidar las relaciones con las personas que cada una ame, SIN CONTRAPONER una cosa con otra. O nos sentimos mal, por poner un ejemplo más sutil, cuando, si nos observamos que seguimos teniendo miedo por la noche en la calle, alguien responde: “también los chicos tienen miedo de ir solos por la noche por la calle”. Nos sentimos mal porque, aunque no sepamos decirlo, estamos siendo metidas violentamente en la dialéctica, ya que las mujeres sabemos que “toda comparación es OCIOSA”, porque para mí el hombre es el otro sexo, no el sexo opuesto, y no es la medida de mi experiencia sino de la suya.

          Decía que las mujeres, cuando gestamos el mundo, damos el corte de la verdad en la dialéctica; pero ¿qué es la verdad? Simone Weil, en el texto que he citado, respondió así: “La verdad son los pensamientos que surgen en el espíritu de una criatura pensante y deseosa única, total y exclusivamente de la verdad”.[2] La verdad surge, por tanto, del deseo de verdad, no del peso de los argumentos.

          El corte de la verdad en la dialéctica las mujeres lo damos hablando, hablando de lo que vamos sintiendo ante lo que ocurre y nos ocurre; hablando, incluso, sin ton ni son, que es una manera de preparar el camino para que algo acaezca, algo inaudito, por ejemplo Dios, el que Luisa Muraro ha llamado “el Dios de las mujeres”. Es decir, para gestar el mundo nos servimos de la lengua. La lengua materna es nuestro método, nuestro camino. De ella somos, por lo demás, las depositarias, como indica el hecho de que la lengua que hablamos se llame precisamente materna.

          Y, sin embargo, como he dicho ya, la gestación femenina del mundo no parece encontrar su lugar político en la comunidad de hablantes. No se oye hablar de ella en los libros de texto, en los Parlamentos, en los juzgados, en las clases, en los medios de comunicación. Como si entre la gestación femenina del mundo y la política corriente hubiera una prohibición, UN TABÚ, un muro.

          ¿Por qué pasa esto? En el feminismo de la segunda mitad del siglo XX dijimos que porque los hombres no leen nuestros libros, lo cual es verdad, o porque no los entienden, lo cual también es verdad. Pero yo no creo que dependa de los hombres el traer a la luz el enorme trabajo político femenino de rescatar y redimir, día a día y caso por caso, las relaciones, los deseos, los hechos, los fenónemos, lo que pasa y acontece en el mundo.

          Pienso que depende principalmente de nosotras, de cada mujer. De  nuestro DESCUBRIR LA NATURALEZA DE ESE MURO, del muro que separa nuestro traer al mundo el mundo del conocimiento universitario ordinario o de la política corriente. Y SALVARLO, salvar el muro (Marlen Haushofer, El muro).

          A las mujeres nos pasa que la lengua materna nos parece toda ocupada, ocupada por discursos que apenas nos interesan, llena de discursos que dicen una realidad que no coincide con mi realidad. Y esto nos ocurre a pesar de que somos mayoría en la enseñanza, en la sanidad y en la administración de justicia, que son, como ha escrito recientemente la política y jurista Lia Cigarini, los nuevos lugares de lo público.[3] O sea, estamos masivamente en esos lugares que, antes de llegar a ellos, nos parecían los lugares en los que se dirimía el sentido de las cosas, el sentido de la vida.

          A muchas mujeres, el lenguaje nos parece ocupado porque en el siglo XX triunfó del todo un vocabulario político cuyo núcleo es la palabra “social”, palabra en torno a la cual se fue desarrollando el llamado paradigma de lo social. Triunfó, no porque inventara la palabra sino porque se dio cuenta de la importancia de significar en el tiempo el acontecimiento extraordinario que fue la Revolución social de octubre de 1917. Su éxito fue tan grande que el lenguaje del siglo XX le añadió el adjetivo social a casi todo: a la realidad, en primer lugar, pero también a la historia, a la justicia, a las relaciones, al orden, al Estado, al poder...; incluso a la vida. De esta manera, a lo largo del siglo XX lo social se ha ido desparramando sin freno en las interpretaciones de la vida, hasta pretender convertirse en sinónimo de lo humano.

Yo pienso que las mujeres estamos en lo humano, en la realidad humana; no estamos, o estamos inadecuadamente, en lo social. Cuando se cree que todo lo que nos rodea es social, las mujeres quedamos desvirtuadas, unas veces porque se habla de lo que no podemos o no pudimos ser o hacer; otras veces, porque lo que somos y hacemos no encaja en el campo que significa bien la palabra social.

La política fundada en lo social necesita contenerse, dejar de desbordarse, para que acceda a la lengua la gestación femenina del mundo, SU SENTIDO. No porque lo social y lo humano sean incompatibles entre sí ni porque formen, tampoco, una antinomia del pensamiento. Sino porque la violencia de lo social ha herido y acallado la raíz de lo humano, raíz que es la relación sin más, la relación sin fin, la relación por el gusto de estar en relación. Una práctica histórica y política –la práctica de la relación no instrumental– que las mujeres hacemos todos los días, perseverantemente, para gestar el mundo, y que Lia Cigarini considera que, el haber encontrado las palabras para decirlo ha sido el hallazgo más original del movimiento político de las mujeres de la segunda mitad del siglo XX.[4]

La relación sin más, por el gusto de estar en relación es, históricamente, más de mujeres que de hombres. Sin determinismo alguno. Su manifestación primera la  proporciona el propio cuerpo femenino, porque es un cuerpo con capacidad de ser dos: un cuerpo cuyo signo es la apertura a lo otro. Se trata de una capacidad recibida por azar pero necesariamente, una capacidad que ni incluye ni excluye la maternidad; pero que está ahí, disponible para que la lengua que hablamos la signifique en el tiempo. Es una capacidad que dibuja y ofrece a la interpretación libre una estructura de alteridad. Mucho de la gestación femenina del mundo está dedicado a interpretar libremente la alteridad, lo otro. Otro que se presenta en toda su gravedad y en todo su esplendor en la maternidad. Pero no solo en la maternidad: pues se presenta en el otro sexo, en la inmigración, en el amor, en la enfermedad, en la muerte, en la injusticia insalvable, en la visión, en la mostruosidad de lo que puede ocurrir en una casa, en la obra de arte, en el sueño, en la vocación..., en lo negativo que está dentro de mí.

 

 

 

3)     Todo el mundo sabe que muchas mujeres cobran menos por hacer el mismo trabajo que un hombre, sin que el derecho sirva para corregir esta injusticia. Para intentar explicarla ¿podrías decir los pensamientos que te suscite esta idea: “Falta una revolución simbólica que enseñe a distinguir, de entre lo que las mujeres hacemos, lo que pertenece a la economía del don de lo que pertenece a la economía del dinero”?

 

He dicho antes que, para gestar el mundo, las mujeres nos valemos de la lengua materna. Hay un uso de la lengua que es el lenguaje oracular. El lenguaje oracular es el lenguaje del misterio, misterio que acompaña la vida de las mujeres cuando lo deseamos y, también, cuando no lo deseamos. El lenguaje oracular es lenguaje recibido, recibido como un don, como una gracia. Y es lenguaje que vinculamos con la verdad, con las grandes verdades de la existencia.

El lenguaje oracular convive en la historia de Occidente con el lenguaje del poder. Conviven sin tocarse. De este no tocarse deriva la sensación de no saber las mujeres de hoy cómo hacer una revolución simbólica que, sin sangre, libere nuestra lengua del peso del poder, dejando fluir un habla simple, es decir, no rota, que no sea distinta en lo privado y en lo público, en casa y en el trabajo. Una lengua que diga lo que las mujeres somos y hacemos, una lengua que diga la gestación femenina del mundo, y se entienda no solo entre mujeres sino también, aunque cueste, entre mujeres y hombres. De modo que transforme radicalmente el sentido de que hoy es lo público.

          El lenguaje oracular ayuda a expresar el más femenino. Ese más que es la apertura de mi cuerpo a lo otro, un más al que llamamos autoridad. Un más que toma, en la vida, muchas formas, una de las cuales es precisamente el decir proféticamente, sibilinamente incluso, lo que es o será. O sea, tocar la materia viva de la verdad, pero no después de estudios eruditos (aunque sin ir en contra de ellos), sino haciéndose una mujer mediación entre lo inaudito –lo nunca oído– y lo que requiere ser dicho en el momento histórico en el que ella vive; y requiere, además, ser dicho precisamente por ella. Las mujeres hablamos sibilinamente con nuestras madres y con nuestras hijas o hijos (si los tenemos), en los instantes decisivos de la existencia, que son instantes que se presentan, únicos e irrepetibles, incontables veces en cada vida. Son los instantes en los que la mujer tiembla, porque sabe que es mucho lo que depende de su palabra, y sabe que quiere acertar a decir lo que tiene que ser dicho precisamente por ella.

          Al lenguaje oracular se han dejado –o sea, se han hecho mediadoras de él, pues la palabra necesita una voz, un cuerpo, que la diga y la transmita– mujeres de muchos tipos a lo largo de la historia y en la actualidad. Son todas esas mujeres de las que se decía o se dice que “tienen poderes”. Por ejemplo, las sibilas, las profetisas, las místicas o las brujas de todos los tiempos. O, naturalmente, las madres. O las poetas: como quizá hayáis notado, hay muchas mujeres que escriben poesía, aunque no la publiquen. El lenguaje oracular desborda el paradigma de lo social. El lenguaje oracular hace simbólico.

          El lenguaje oracular es el lenguaje que revela: revela una relación en la que adviene algo nuevo: un más.        Esto se nota, por ejemplo, al leer a María Zambrano, una filósofa que ni la derecha ni la izquierda consintió durante mucho tiempo que entrara en el lenguaje filosófico universitario del siglo XX precisamente porque su lenguaje es oracular, un lenguaje más atraído, como dijo ella misma en 1988 “por las paradojas de la vida que por las antinomias del pensamiento”. Yo puedo decir que, cuando la leo, la cualidad oracular de su lenguaje es para mí la garantía del sentido y de la veracidad de sus palabras. ¿Por qué? Porque así hablaba mi madre cuando, de niña y ya no tan niña, me enseñaba los fundamentos de la vida y la convivencia humana. Dicho de otra manera, la cualidad oracular del lenguaje filosófico de María Zambrano reinstaura en mí la vivencia antigua de mi aprendizaje del orden simbólico: o sea, del nacimiento en mí de la lengua en relación con mi madre. (Con la que no he tenido, en absoluto, una relación idílica). La tendencia al nihilismo que me rodea en la universidad o en la política corriente pierde, entonces, peso y poder en mí.

 

¿Cómo traer el lenguaje oracular al presente? ¿Cómo traerlo a un mundo sin sibilas, a un mundo dominado por el racionalismo, sea moderno o postmoderno, tan dominado por él que las brujas han dejado de ser una amenaza para el Estado, sustituidas por los terroristas (por su sinrazón, le llaman, que es lo mismo que razón pero al revés).

          Sabemos ya que el lenguaje oracular es el lenguaje del misterio y que es un lenguaje recibido, recibido como un don y dado como una ofrenda: a cambio de “la voluntad”, como dicen o decían las brujas y las agoreras o adivinas. Y sabemos que toca la materia viva de la verdad, una verdad no resultado de argumentos razonados sino encarnada, vivida como verdad en el cuerpo (esa verdad que corta la dialéctica abriéndola a otro orden de relaciones).

Uno de los grandes misterios de la vida y de los grandes dones de la vida que trae consigo una sensación intensa de veracidad, es el amor. El amor es un misterio y le importa solo a dos, recuerdo de una canción de Luz Casal. Que el amor sea un don, lo sabemos, y lo dice también la expresión sencilla “Amor con amor se paga”. Su vínculo con la verdad no sé explicarlo mas que diciendo que en mí, una mujer, son dos búsquedas que van juntas. Pienso que el lenguaje oracular podemos traerlo al presente tirando del hilo del VÍNCULO ENTRE LA LENGUA, EL AMOR y la VERDAD, la verdad de las mujeres (Luisa Muraro).

La experiencia de aprender a hablar –un proceso lento y sutilísimo- deja en cada ser humano una huella imborrable. Es una huella que se fija en las entrañas, en esa zona cálida, sensible y oscura del interior de cada cuerpo humano que, moviéndose con independencia de la voluntad, nos advierte de la cercanía de la felicidad o del peligro, de la sensatez o del absurdo. Su advertencia es la llamada de las entrañas. La llamada de las entrañas nos orienta a la gente con una llamita tenue pero persistente: con la llama o lumbre del corazón, llama que representan, por ejemplo, tantas imágenes religiosas muy curiosas cuyo significado profundo entendemos sobre todo las mujeres.

La llamada de las entrañas puede ser el tirón que sentimos cuando oímos o leemos algo que parece ser verdad pero no lo es. El tirón sugiere, sin imponer nada, que nos detengamos a pensar, que no nos dejemos engañar: que lo que se nos está diciendo es discurso, no lengua materna. La lengua materna y el discurso usan las mismas palabras, pero con la diferencia de que la lengua materna me trae la realidad y la verdad, frente al discurso, que coincide algo con la verdad pero no del todo. Precisamente, al aprender a hablar –al aprender la lengua materna– se aprende el sentido de la verdad, porque la madre dice “agua” para referirse al agua, y no a otra cosa que se le parece pero no es lo mismo. La llamada de las entrañas custodia en mí esa sensación extraordinaria de verdad que tuve cuando aprendí a hablar, avisándome cuando corre peligro y dándome felicidad y, sobre todo, confianza, cuando la sensación es reevocada y restaurada.

 

La lengua nacida del pensar esta llamada es el que me permite poner en palabras la gestación femenina del mundo. CONVERTIDA EN PENSAMIENTO, resultará decible en los nuevos lugares de lo público: en esos lugares que están ahora llenos de mujeres (educación, sanidad, administración de justicia), pero cuyo simbólico es antiguo, se ha quedado por detrás del presente, y nos amarga la vida. EJEMPLO: Primer capítulo de El orden simbólico de la madre (“La dificultad de comenzar”: LM descifra una llamada de las entrañas –aunque no le llame así– que le advertía de un doble tirón. Ella descifra que la filosofía, que ella había estudiado con el consentimiento de su madre, le ponía en contra de ella, en contra de la madre).  María Zambrano escribió que “pensar es descifrar lo que se siente”. El pensamiento de la diferencia sexual va más allá, respondiendo a la pregunta que inmediatamente le sigue, que es la de con qué lengua descifrar lo que se siente, con qué horizonte simbólico: con la lengua materna, no con el lenguaje del poder.

 

Hacer eso hoy es una revolución simbólica. Precisamente porque me sacude del lenguaje del poder, del poder del lenguaje masculino.

 

Para sacudirse del sistema de poder legitimado por los partidos políticos, Simone Weil, en el Manifiesto que he citado antes, propuso con urgencia en 1943 que la gente sencillamente se escapara. Escribió: “¿Qué debe hacer? Es muy sencillo. Si puede esquivar a las personas que le amenazan con el látigo, debe escapar. Si hubiera podido evitar caer en sus manos, debía haberlo evitado”.[5]

 

Las revoluciones simbólicas están al alcance de cualquiera. Están al alcance de cualquiera porque para hacerlas basta con saber hablar y tener voz y deseo de decir: de decir sin copiar, sin seguir la corriente, sin repetir lo ya dicho. Están al alcance de quien escudriña en la propia experiencia hasta destilar de ella lo que es original, lo que no ha olvidado su origen, que es la madre concreta de cada cual, hasta descifrar lo que necesita precisamente de mí el presente.

 

 

 

 

 

 

 

SOBRE LA TERCERA PREGUNTA: Es verdad que ganamos menos y es verdad también que podríamos (deberíamos?) ganar todavía menos. Porque hay aquí una paradoja: es la desproporción, mayor que el 30%, entre lo que una mujer trabaja y lo que se le paga por ello. Mucho de lo que las mujeres hacemos en el mundo forma parte de la economía del don. La desproporción trabajo/salario es un signo de que las mujeres no nos entregamos enteras a la economía del dinero, no cabemos en lo que el dinero es capaz de singificar. La revolución simbólica consiste aquí en ensanchar la economía (la del don, no la del dinero). Pienso que somos nosotras las que nos estamos deportando en la economía del dinero, privándonos de la grandeza de la otra.



[1] Simone Weil, Manifesto per la soppressione dei partiti politici, trad. italiana de Fabio Regattin, Roma, Castelvecchi, 2008, 54 y 55-56. (Nota sobre la supresión general de los partidos políticos, en Ead., Escritos de Londes y últimas cartas, trad. de Maite Larrauri, Madrid, Trotta, 2000, 101-116; p. 116).

[2] Ibid., 42. (Nota, 110).

[3] Lia Cigarini, ¿Qué es la política de las mujeres? Diálogo sobre el libro ‘La cultura patas arriba’, “Duoda. Estudios de la Diferencia Sexual” 33 (2007) 225-241; p. 226-230.

[4] Lia Cigarini, La política del deseo. La diferencia femenina se hace historia, trad. de María-Milagros Rivera Garretas, Barcelona, Icaria, 1996, y Ead., Con un filo di pensiero, “Via Dogana” 43 (mayo 1999) 3-4. María-Milagros Rivera Garretas, La relazione che non ha fine, “Via Dogana” 55 (junio 2001) 8-9.

[5] Simone Weil, Manifesto, 45 (Nota, 111).