Madrid, Fundación Entredós, sábado 25 abril 2009. Milagros Montoya.
La gestación femenina del mundo
1) ¿Podrías encontrar en tu
experiencia y poner en palabras la vivencia de una revolución simbólica?
Vamos a partir de una experiencia
y de una idea que todas conocemos. Es el triunfo del feminismo en el siglo XX,
que creo que todas hemos experimentado en mayor o menor medida, y la sorpresa,
al mirar hacia él desde el final del patriarcado, de ver que ha obtenido algo
tan enorme como esto (como el final del patriarcado) y lo ha obtenido sin
derramar una gota de sangre. Lágrimas, emociones, rencor, felicidad y dinero,
sí, hemos derramado mucho, pero sangre no; a no ser la sangre de la histeria,
histeria que a las feministas nos ha sabido acompañar como una amiga consorte y
fiel, una amiga de las que te protegen contra la tentación del bien o
altruismo, obligándote a tener presente lo negativo, lo negativo que está en
cada vida.
Entiendo, pues, que el triunfo
del feminismo del siglo XX ha consistido y consiste en traer al mundo el final
del patriarcado. Un patriarcado que ha existido y ha sido muy duro, y que sigue
estando y siendo muy duro en los patriarcas que quedan y en las mujeres que les
prestan servicios simbólicos, pero del que también es importante recordar que
no ha ocupado nunca la realidad entera ni tampoco la vida entera de una mujer o
de un hombre, aunque haya deseado ocuparlas. Del final del patriarcado y,
simultáneamente, de la supervivencia de patriarcas y de mujeres deportadas en
lo simbólico masculino (no se sabe cuántos ni cuántas porque la cifra está
siempre moviéndose), da cuenta maravillosamente el corto Por tu bien, de
Icíar Bollaín (2004).
La
revolución femenina del siglo XX ha sido y es una toma de conciencia: ha sido y
es una toma de conciencia sobre el cuerpo de las mujeres, sobre el propio
cuerpo. La toma de conciencia de que mi cuerpo es mío, y es un más. Es decir,
no es del marido ni del padre ni del Estado ni tampoco de la criatura que
temporalmente pueda habitarlo; y no es ni una desventura ni un estorbo, aunque
en ocasiones lo sea; sino un más: un más porque está abierto, a la manera en la
que decimos favorablemente de alguien que conocemos: es muy abierta. El más del
cuerpo de mujer es un signo que ese cuerpo lleva: el signo de la apertura a lo
otro: un signo disponible, a lo largo de toda la vida, para ser interpretado, y
ser interpretado interpretándome e interpretando el mundo al mismo tiempo. No
sé si habéis notado que es una neurosis muy femenina el ponerse tareas interminables
y un poco absurdas: pues es esto cuando va mal, cuando se desvía la
intepretación de su signo, de su más, pero quiere dejar la señal en la
neurosis.
La revolución femenina del siglo
XX no ha consistido, por tanto, en obtener poder, aunque muchas lo hayan
obtenido. No ha consistido la revolución femenina en esto, porque para esto no
hacía falta una revolución; bastaba con aplicarse en lo que ya había y, en
realidad, nos oprimía.
Una toma
de conciencia es una revolución simbólica. Dicho de otra manera, es una
revolución de sentido: una revolución de sentido que desbarata la propia
existencia. Una revolución de sentido consiste en la experiencia interior
violentísima de que el significado de algo que estoy viviendo es completamente
distinto del que yo tenía de ello hasta ese preciso momento. Un ejemplo, las
cuatro primeras líneas del poema De la lonja, de Juana Castro (Duoda 35,
2008, 51). Dicen: “No te amaré mañana. He aguardado / tantos días desnuda, con
tu nombre / grabado entre las cejas, que olvidé / los inviernos, el azul y las
rosas”.
La
experiencia y la idea del triunfo de la revolución femenina del siglo XX,
aunque tengan sus detractoras y detractores, son, pues, perfectamente pensables
y decibles en nuestro tiempo. Pero no se han convertido en saber. La
toma de conciencia de que mi cuerpo es mío y es un más, o sea, la toma de
conciencia de que, para una mujer, lo más importante y lo que le hará feliz y
grande en el mundo, es el elegir serlo, sigue buscando palabras para decirse, o
sea, simbólico, palabras que hagan cuerpo, palabras que no sean declaraciones
de principio sino coincidencia con las cosas y con el cuerpo. Quiero decir que
esa toma de conciencia no encuentra su lugar político en la lengua corriente, o
sea, en la comunidad de hablantes, en la prensa, en los Parlamentos, en los
tratados de teoría política, en el charlar femenino, en la ciencia
universitaria, en las canciones de moda, en la novela, en el cotilleo... No
hace simbólico en lo que se suele llamar lo público. Y, al no hacer simbólico
ahí, no abre el paso en esos lugares (o sea, en lo público) a la libertad
femenina. Aunque lo público esté lleno de mujeres y aunque la experiencia
íntima del triunfo de la revolución femenina del siglo XX esté dentro de muchas
de ellas.
Un
ejemplo hoy crítico es la universidad. La universidad es desde hace más de diez
años un espacio que vive la contradicción insoportable de estar lleno de
mujeres sin que el conocimiento se haya feminizado. Tanto es así que, en mi
opinión, es esta contradicción insoportable el motivo de la rebelión del
alumnado de los últimos meses, aunque ni las alumnas ni los alumnos hayan
todavía tomado conciencia de ello, que yo sepa, y aunque la rebelión tome otro
nombre, el nombre “Bolonia”; si bien tampoco el nombre es equivocado, pues es
una alegoría de lo que hoy pasa, o sea, un modo de decir otra cosa con otra
cosa, un modo de decir que la universidad de hoy sigue siendo como la primera
universidad (la de Bolonia en el siglo XII): un espacio de poder y de
conocimiento entre hombres, si bien hoy (800 años después, dicho sea de paso)
con una contradicción del todo nueva.
Hoy
la universidad tiene la oportunidad de tomar conciencia de la revolución
femenina del siglo XX. Tiene la oportunidad, si las mujeres nos ponemos a ello,
de reconocer que en nuestra cultura hay dos pensamientos (y esta idea procede
del libro Il pensiero dell’esperienza, publicado el año pasado con las
conferencias del XX Congreso de la Iaph de 2006, organizado por la comunidad
filosófica Diótima). Uno es el pensamiento del pensamiento, el tradicional, el
que encadena la historia del pensamiento; el otro es el pensamiento de la
experiencia, el de las mujeres, el que parte de sí, de cada cual en su
presente. De este último, del pensamiento de la experiencia, las compiladoras
del libro que he citado (que está también colgado en la red, en varias lenguas)
Annarosa Buttarelli y Federica Giardini, citan un precedente que nos queda
cerca: el libro Notas de un método, de María Zambrano, publicado en
1989, donde dice: “Una nueva concepción de la claridad, una atención a las formas
discontinuas de la luz y del tiempo, se abre camino ya, aun dentro de la
llamada psicología de lo profundo. Y así también, en la Fenomenología de
Husserl. Ambas carecen de una última exploración metafísica. Una metafísica
experimental, que sin pretensiones de totalidad haga posible la experiencia
humana, ha de estar al nacer” (p. 26).
Yo, con vosotras, intento ahora
hacer simbólico de la experiencia y la idea del triunfo de la revolución
femenina del siglo XX, para contribuir al pensamiento de la experiencia o a esa
“metafísica experimental que sin pretensiones de totalidad haga posible la
experiencia humana”, de modo que la verdad de la experiencia “penetre en la
vida, moldeándola” (MZ Confesión, 69), y lo intento con una expresión:
la gestación femenina del mundo.
2) ¿Te parece que hay un muro entre
lo que haces en el día a día y el lenguaje de la política corriente? Si es así
¿sabes reconocer la naturaleza de ese muro?
¿Qué es la gestación femenina del mundo? Es un ir generando, rato a rato y a nivel cósmico, sentido, el sentido de la vida y de las relaciones, de lo que pasa, de lo que acontece, de lo que deseo, de lo que experimento; sin que el sentido que se va generando sea una repetición de lo ya dicho y oído. Consiste, pues, en traer a la lengua –en poner en palabras– el significado de los hechos, significado que, si atañe a la criatura humana, es siempre nuevo, porque cada ser humano experimenta un hecho de manera distinta, según su propia singularidad.
El sentido de los hechos nace de dentro del hecho mismo y de dentro –o sea, de las entrañas y del espíritu– de quien lo vive. Nace ahí y se pone a vivir en el mundo común de mujeres y de hombres. Si no encuentra palabras –si no hace simbólico–, en vez de vivir, vegeta, causando sufrimiento (histeria, por ejemplo, entre las mujeres, violencia en los hombres).
Habitualmente,
Occidente interpreta los hechos con un método que permita generalizar su
sentido, de modo que el método sirva para interpretar muchos hechos parecidos.
Para poder generalizar la interpretación, los hechos son sometidos a un proceso
de objetivación. La objetivación consiste en separarlos de quien los vive y de
su experiencia humana singular: separarlos para poder así analizarlos por
separado y clasificarlos con sus afines, como si los hechos pudieran darse por
sí solos. La vivencia de quien los pasa se queda, entonces, desamparada. A este
desamparo solemos acudir las mujeres, intentando rescatarlo y redimirlo. Intentamos
rescatarlo de la separación de quien los vive (rescatar el vínculo entre vivido
y viviente) y redimirlo de la generalización. Porque la gestación femenina del
mundo no objetiva sino que intenta interpretar los hechos sin quitárselos a
quien los vive; e intenta atender a la singularidad de su acontecer: porque la
singularidad de su acontecer es fuente de realidad y, por tanto, de felicidad.
Lo que la gestación femenina del mundo hace, es, por tanto, salvarlos, salvar
la vivencia y salvar los fenómenos, salvar lo que se experimenta
y lo que se muestra.
Pongo
un ejemplo. Voy a mi médico o médica de cabecera porque me duele todo. Ella o
él me observa, me escucha y, luego, toma mis datos y los contrasta con los de
los protocolos y las estadísticas que conozca. Y sale un diagnóstico
generalizable: dolor crónico, desajuste psicosomático, fobromialgia, depresión:
depende del lenguaje científico del momento. Yo me voy a mi casa con la
sensación agradable de que mi dolor tiene un nombre más creíble, pero me voy
también con un disgusto: el disgusto de que mi vivencia no ha sido tenida en
cuenta, no ha sido rescatada, sino que ha desaparecido en la generalización
necesaria para hacer un diagnóstico científico. A mi experiencia no le ha sido
reconocida autoridad, y esto, para una mujer, es un motivo importantísimo de
pérdida de realidad. (El límite máximo de la pérdida de realidad es la locura,
como es bien sabido).
Para
traer al mundo el mundo, las mujeres nos salimos, pues, por la tangente. ¿De
qué? Del método de conocimiento que se suele llamar positivismo científico, un
método de uso muy corriente, aunque no se conozca su nombre. Lo hacemos sin ir
ni a favor ni en contra de este método. Nos salimos de la operación intelectual
que sostiene las interpretaciones de la sociedad propias del siglo XX y en
general de las zonas y épocas de nuestra historia dominadas por el
racionalismo, una operación que es la DIALÉCTICA. La dialéctica entiende que,
en las sociedades humanas, el choque de contrarios es constante y mueve la vida
y la historia. Lo entiende tanto la dialéctica que llamamos conservadora –la
del sic et non de la escolástica medieval– como la dialéctica marxista,
la dialéctica “amo / esclavo”. En las cosas pequeñas y grandes del día a día,
la dialéctica se practica cada vez que afrontamos un hecho cualquiera
sirviéndonos de la norma aprendida en la escuela que nos lleva a confrontar
argumentos –a favor o en contra– para
llegar a entender ese hecho. Sobre esta operación escribió la filósofa Simone
Weil (1909-1943) en un texto titulado Note sur la suppression générale des
parties politiques, que es un manifiesto proponiendo la supresión de los
partidos políticos redactado poco antes de morir en 1943:
“Hemos
llegado al punto de no pensar casi ya, en ningún ámbito, si no es tomando
posición ‘en pro’ o ‘en contra’ de una opinión y buscando argumentos que, según
los casos, la refuten o la sostengan. [...]. Tampoco en las escuelas se sabe ya
estimular el pensamiento de los niños si no es invitándoles a tomar partido a
favor o en contra de un determinado pensamiento. Se cita la frase de un gran
autor y se les pide: ‘¿Estáis de acuerdo o no? Desarrollad vuestros
argumentos’. En el examen, los pobrecillos, que tienen que terminar su
disertación en tres horas, no pueden dedicar más de cinco minutos a preguntarse
cuál es su opinión al respecto. Y sería tan fácil decirles: ‘Meditad sobre este
texto y expresad las reflexiones que os suscite’.[1]
Las
mujeres, cuando gestamos el mundo, damos el corte de la verdad en la
dialéctica; lo damos después de meditar, y a veces mucho, sobre los argumentos
de unos y de otros, siempre sin limitarnos a contraponerlos. Queremos, por
ejemplo, trabajar fuera de casa y tener tiempo para cuidar las relaciones con
las personas que cada una ame, SIN CONTRAPONER una cosa con otra. O nos
sentimos mal, por poner un ejemplo más sutil, cuando, si nos observamos que
seguimos teniendo miedo por la noche en la calle, alguien responde: “también
los chicos tienen miedo de ir solos por la noche por la calle”. Nos sentimos
mal porque, aunque no sepamos decirlo, estamos siendo metidas violentamente en
la dialéctica, ya que las mujeres sabemos que “toda comparación es OCIOSA”,
porque para mí el hombre es el otro sexo, no el sexo opuesto, y no es la medida
de mi experiencia sino de la suya.
Decía
que las mujeres, cuando gestamos el mundo, damos el corte de la verdad en la
dialéctica; pero ¿qué es la verdad? Simone Weil, en el texto que he citado,
respondió así: “La verdad son los pensamientos que surgen en el espíritu de una
criatura pensante y deseosa única, total y exclusivamente de la verdad”.[2] La
verdad surge, por tanto, del deseo de verdad, no del peso de los argumentos.
El
corte de la verdad en la dialéctica las mujeres lo damos hablando, hablando
de lo que vamos sintiendo ante lo que ocurre y nos ocurre; hablando, incluso,
sin ton ni son, que es una manera de preparar el camino para que algo acaezca,
algo inaudito, por ejemplo Dios, el que Luisa Muraro ha llamado “el Dios de las
mujeres”. Es decir, para gestar el mundo nos servimos de la lengua. La lengua
materna es nuestro método, nuestro camino. De ella somos, por lo demás, las
depositarias, como indica el hecho de que la lengua que hablamos se llame
precisamente materna.
Y,
sin embargo, como he dicho ya, la gestación femenina del mundo no parece
encontrar su lugar político en la comunidad de hablantes. No se oye hablar de
ella en los libros de texto, en los Parlamentos, en los juzgados, en las
clases, en los medios de comunicación. Como si entre la gestación femenina del
mundo y la política corriente hubiera una prohibición, UN TABÚ, un muro.
¿Por
qué pasa esto? En el feminismo de la segunda mitad del siglo XX dijimos que
porque los hombres no leen nuestros libros, lo cual es verdad, o porque no los
entienden, lo cual también es verdad. Pero yo no creo que dependa de los
hombres el traer a la luz el enorme trabajo político femenino de rescatar y
redimir, día a día y caso por caso, las relaciones, los deseos, los hechos, los
fenónemos, lo que pasa y acontece en el mundo.
Pienso
que depende principalmente de nosotras, de cada mujer. De nuestro DESCUBRIR LA NATURALEZA DE ESE MURO,
del muro que separa nuestro traer al mundo el mundo del conocimiento
universitario ordinario o de la política corriente. Y SALVARLO, salvar el muro
(Marlen Haushofer, El muro).
A
las mujeres nos pasa que la lengua materna nos parece toda ocupada, ocupada por
discursos que apenas nos interesan, llena de discursos que dicen una realidad
que no coincide con mi realidad. Y esto nos ocurre a pesar de que somos mayoría
en la enseñanza, en la sanidad y en la administración de justicia, que son,
como ha escrito recientemente la política y jurista Lia Cigarini, los nuevos
lugares de lo público.[3] O
sea, estamos masivamente en esos lugares que, antes de llegar a ellos, nos
parecían los lugares en los que se dirimía el sentido de las cosas, el sentido
de la vida.
A
muchas mujeres, el lenguaje nos parece ocupado porque en el siglo XX triunfó
del todo un vocabulario político cuyo núcleo es la palabra “social”, palabra en
torno a la cual se fue desarrollando el llamado paradigma de lo social.
Triunfó, no porque inventara la palabra sino porque se dio cuenta de la
importancia de significar en el tiempo el acontecimiento extraordinario que fue
la Revolución social de octubre de 1917. Su éxito fue tan grande que el
lenguaje del siglo XX le añadió el adjetivo social a casi todo: a la
realidad, en primer lugar, pero también a la historia, a la justicia, a las
relaciones, al orden, al Estado, al poder...; incluso a la vida. De esta
manera, a lo largo del siglo XX lo social se ha ido desparramando sin freno en
las interpretaciones de la vida, hasta pretender convertirse en sinónimo de lo
humano.
Yo pienso que las mujeres estamos
en lo humano, en la realidad humana; no estamos, o estamos inadecuadamente, en
lo social. Cuando se cree que todo lo que nos rodea es social, las mujeres
quedamos desvirtuadas, unas veces porque se habla de lo que no podemos o no
pudimos ser o hacer; otras veces, porque lo que somos y hacemos no encaja en el
campo que significa bien la palabra social.
La política fundada en lo social
necesita contenerse, dejar de desbordarse, para que acceda a la lengua la
gestación femenina del mundo, SU SENTIDO. No porque lo social y lo humano sean
incompatibles entre sí ni porque formen, tampoco, una antinomia del
pensamiento. Sino porque la violencia de lo social ha herido y acallado la raíz
de lo humano, raíz que es la relación sin más, la relación sin fin, la relación
por el gusto de estar en relación. Una práctica histórica y política –la
práctica de la relación no instrumental– que las mujeres hacemos todos los
días, perseverantemente, para gestar el mundo, y que Lia Cigarini considera
que, el haber encontrado las palabras para decirlo ha sido el hallazgo más
original del movimiento político de las mujeres de la segunda mitad del siglo
XX.[4]
La relación sin más, por el gusto
de estar en relación es, históricamente, más de mujeres que de hombres. Sin
determinismo alguno. Su manifestación primera la proporciona el propio cuerpo femenino, porque
es un cuerpo con capacidad de ser dos: un cuerpo cuyo signo es la apertura a lo
otro. Se trata de una capacidad recibida por azar pero necesariamente, una
capacidad que ni incluye ni excluye la maternidad; pero que está ahí,
disponible para que la lengua que hablamos la signifique en el tiempo. Es una
capacidad que dibuja y ofrece a la interpretación libre una estructura de
alteridad. Mucho de la gestación femenina del mundo está dedicado a interpretar
libremente la alteridad, lo otro. Otro que se presenta en toda su gravedad y en
todo su esplendor en la maternidad. Pero no solo en la maternidad: pues se
presenta en el otro sexo, en la inmigración, en el amor, en la enfermedad, en
la muerte, en la injusticia insalvable, en la visión, en la mostruosidad de lo
que puede ocurrir en una casa, en la obra de arte, en el sueño, en la
vocación..., en lo negativo que está dentro de mí.
3) Todo el mundo sabe que muchas
mujeres cobran menos por hacer el mismo trabajo que un hombre, sin que el
derecho sirva para corregir esta injusticia. Para intentar explicarla ¿podrías
decir los pensamientos que te suscite esta idea: “Falta una revolución
simbólica que enseñe a distinguir, de entre lo que las mujeres hacemos, lo que
pertenece a la economía del don de lo que pertenece a la economía del dinero”?
He
dicho antes que, para gestar el mundo, las mujeres nos valemos de la lengua
materna. Hay un uso de la lengua que es el lenguaje oracular. El lenguaje
oracular es el lenguaje del misterio, misterio que acompaña la vida de las
mujeres cuando lo deseamos y, también, cuando no lo deseamos. El lenguaje
oracular es lenguaje recibido, recibido como un don, como una gracia. Y es
lenguaje que vinculamos con la verdad, con las grandes verdades de la
existencia.
El
lenguaje oracular convive en la historia de Occidente con el lenguaje del
poder. Conviven sin tocarse. De este no tocarse deriva la sensación de no saber
las mujeres de hoy cómo hacer una revolución simbólica que, sin sangre, libere
nuestra lengua del peso del poder, dejando fluir un habla simple, es decir, no rota,
que no sea distinta en lo privado y en lo público, en casa y en el trabajo. Una
lengua que diga lo que las mujeres somos y hacemos, una lengua que diga la
gestación femenina del mundo, y se entienda no solo entre mujeres sino también,
aunque cueste, entre mujeres y hombres. De modo que transforme radicalmente el
sentido de que hoy es lo público.
El
lenguaje oracular ayuda a expresar el más femenino. Ese más que es la apertura
de mi cuerpo a lo otro, un más al que llamamos autoridad. Un más que toma, en
la vida, muchas formas, una de las cuales es precisamente el decir
proféticamente, sibilinamente incluso, lo que es o será. O sea, tocar la
materia viva de la verdad, pero no después de estudios eruditos (aunque sin ir
en contra de ellos), sino haciéndose una mujer mediación entre lo inaudito
–lo nunca oído– y lo que requiere ser dicho en el momento histórico en el que
ella vive; y requiere, además, ser dicho precisamente por ella. Las mujeres
hablamos sibilinamente con nuestras madres y con nuestras hijas o hijos (si los
tenemos), en los instantes decisivos de la existencia, que son instantes que se
presentan, únicos e irrepetibles, incontables veces en cada vida. Son los
instantes en los que la mujer tiembla, porque sabe que es mucho lo que depende
de su palabra, y sabe que quiere acertar a decir lo que tiene que ser dicho
precisamente por ella.
Al
lenguaje oracular se han dejado –o sea, se han hecho mediadoras de él, pues la
palabra necesita una voz, un cuerpo, que la diga y la transmita– mujeres de
muchos tipos a lo largo de la historia y en la actualidad. Son todas esas
mujeres de las que se decía o se dice que “tienen poderes”. Por ejemplo, las
sibilas, las profetisas, las místicas o las brujas de todos los tiempos. O,
naturalmente, las madres. O las poetas: como quizá hayáis notado, hay muchas
mujeres que escriben poesía, aunque no la publiquen. El lenguaje oracular
desborda el paradigma de lo social. El lenguaje oracular hace simbólico.
El
lenguaje oracular es el lenguaje que revela: revela una relación en la que
adviene algo nuevo: un más. Esto se
nota, por ejemplo, al leer a María Zambrano, una filósofa que ni la derecha ni
la izquierda consintió durante mucho tiempo que entrara en el lenguaje
filosófico universitario del siglo XX precisamente porque su lenguaje es
oracular, un lenguaje más atraído, como dijo ella misma en 1988 “por las
paradojas de la vida que por las antinomias del pensamiento”. Yo puedo decir
que, cuando la leo, la cualidad oracular de su lenguaje es para mí la garantía
del sentido y de la veracidad de sus palabras. ¿Por qué? Porque así hablaba mi
madre cuando, de niña y ya no tan niña, me enseñaba los fundamentos de la vida
y la convivencia humana. Dicho de otra manera, la cualidad oracular del
lenguaje filosófico de María Zambrano reinstaura en mí la vivencia antigua
de mi aprendizaje del orden simbólico: o sea, del nacimiento en mí de la lengua
en relación con mi madre. (Con la que no he tenido, en absoluto, una
relación idílica). La tendencia al nihilismo que me rodea en la universidad o
en la política corriente pierde, entonces, peso y poder en mí.
¿Cómo traer el lenguaje oracular
al presente? ¿Cómo traerlo a un mundo sin sibilas, a un mundo dominado por el
racionalismo, sea moderno o postmoderno, tan dominado por él que las brujas han
dejado de ser una amenaza para el Estado, sustituidas por los terroristas (por
su sinrazón, le llaman, que es lo mismo que razón pero al revés).
Sabemos ya
que el lenguaje oracular es el lenguaje del misterio y que es un lenguaje
recibido, recibido como un don y dado como una ofrenda: a cambio de “la
voluntad”, como dicen o decían las brujas y las agoreras o adivinas. Y sabemos
que toca la materia viva de la verdad, una verdad no resultado de argumentos
razonados sino encarnada, vivida como verdad en el cuerpo (esa verdad que corta
la dialéctica abriéndola a otro orden de relaciones).
Uno de los grandes misterios de
la vida y de los grandes dones de la vida que trae consigo una sensación
intensa de veracidad, es el amor. El amor es un misterio y le importa solo a
dos, recuerdo de una canción de Luz Casal. Que el amor sea un don, lo sabemos,
y lo dice también la expresión sencilla “Amor con amor se paga”. Su vínculo con
la verdad no sé explicarlo mas que diciendo que en mí, una mujer, son dos búsquedas
que van juntas. Pienso que el lenguaje oracular podemos traerlo al presente
tirando del hilo del VÍNCULO ENTRE LA LENGUA, EL AMOR y la VERDAD, la verdad de
las mujeres (Luisa Muraro).
La experiencia de aprender a
hablar –un proceso lento y sutilísimo- deja en cada ser humano una huella
imborrable. Es una huella que se fija en las entrañas, en esa zona cálida,
sensible y oscura del interior de cada cuerpo humano que, moviéndose con
independencia de la voluntad, nos advierte de la cercanía de la felicidad o del
peligro, de la sensatez o del absurdo. Su advertencia es la llamada de las
entrañas. La llamada de las entrañas nos orienta a la gente con una llamita
tenue pero persistente: con la llama o lumbre del corazón, llama que
representan, por ejemplo, tantas imágenes religiosas muy curiosas cuyo
significado profundo entendemos sobre todo las mujeres.
La llamada de las entrañas puede
ser el tirón que sentimos cuando oímos o leemos algo que parece ser verdad pero
no lo es. El tirón sugiere, sin imponer nada, que nos detengamos a pensar, que
no nos dejemos engañar: que lo que se nos está diciendo es discurso, no lengua
materna. La lengua materna y el discurso usan las mismas palabras, pero con la
diferencia de que la lengua materna me trae la realidad y la verdad, frente al
discurso, que coincide algo con la verdad pero no del todo. Precisamente, al
aprender a hablar –al aprender la lengua materna– se aprende el sentido de la
verdad, porque la madre dice “agua” para referirse al agua, y no a otra cosa
que se le parece pero no es lo mismo. La llamada de las entrañas custodia en mí
esa sensación extraordinaria de verdad que tuve cuando aprendí a hablar,
avisándome cuando corre peligro y dándome felicidad y, sobre todo, confianza,
cuando la sensación es reevocada y restaurada.
La lengua nacida del pensar
esta llamada es el que me permite poner en palabras la gestación femenina
del mundo. CONVERTIDA EN PENSAMIENTO, resultará decible en los nuevos lugares
de lo público: en esos lugares que están ahora llenos de mujeres (educación,
sanidad, administración de justicia), pero cuyo simbólico es antiguo, se ha
quedado por detrás del presente, y nos amarga la vida. EJEMPLO: Primer capítulo
de El orden simbólico de la madre (“La dificultad de comenzar”: LM
descifra una llamada de las entrañas –aunque no le llame así– que le advertía
de un doble tirón. Ella descifra que la filosofía, que ella había estudiado con
el consentimiento de su madre, le ponía en contra de ella, en contra de la
madre). María Zambrano escribió que “pensar
es descifrar lo que se siente”. El pensamiento de la diferencia sexual va más
allá, respondiendo a la pregunta que inmediatamente le sigue, que es la de con
qué lengua descifrar lo que se siente, con qué horizonte simbólico: con la
lengua materna, no con el lenguaje del poder.
Hacer eso hoy es una revolución
simbólica. Precisamente porque me sacude del lenguaje del poder, del poder del
lenguaje masculino.
Para sacudirse del sistema de
poder legitimado por los partidos políticos, Simone Weil, en el Manifiesto que
he citado antes, propuso con urgencia en 1943 que la gente sencillamente se
escapara. Escribió: “¿Qué debe hacer? Es muy sencillo. Si puede esquivar a las
personas que le amenazan con el látigo, debe escapar. Si hubiera podido evitar
caer en sus manos, debía haberlo evitado”.[5]
Las revoluciones simbólicas están
al alcance de cualquiera. Están al alcance de cualquiera porque para hacerlas
basta con saber hablar y tener voz y deseo de decir: de decir sin copiar, sin
seguir la corriente, sin repetir lo ya dicho. Están al alcance de quien
escudriña en la propia experiencia hasta destilar de ella lo que es original,
lo que no ha olvidado su origen, que es la madre concreta de cada cual, hasta
descifrar lo que necesita precisamente de mí el presente.
SOBRE LA TERCERA PREGUNTA: Es verdad que ganamos menos y
es verdad también que podríamos (deberíamos?) ganar todavía menos. Porque hay
aquí una paradoja: es la desproporción, mayor que el 30%, entre lo que una
mujer trabaja y lo que se le paga por ello. Mucho de lo que las mujeres hacemos
en el mundo forma parte de la economía del don. La desproporción
trabajo/salario es un signo de que las mujeres no nos entregamos enteras a la
economía del dinero, no cabemos en lo que el dinero es capaz de singificar. La
revolución simbólica consiste aquí en ensanchar la economía (la del don, no la
del dinero). Pienso que somos nosotras las que nos estamos deportando en la
economía del dinero, privándonos de la grandeza de la otra.
[1] Simone Weil, Manifesto per la soppressione dei partiti politici, trad. italiana de Fabio Regattin, Roma, Castelvecchi, 2008, 54 y 55-56. (Nota sobre la supresión general de los partidos políticos, en Ead., Escritos de Londes y últimas cartas, trad. de Maite Larrauri, Madrid, Trotta, 2000, 101-116; p. 116).
[2] Ibid., 42. (Nota, 110).
[3] Lia Cigarini, ¿Qué es la política de las mujeres? Diálogo sobre el libro ‘La cultura patas arriba’, “Duoda. Estudios de la Diferencia Sexual” 33 (2007) 225-241; p. 226-230.
[4] Lia Cigarini, La política del deseo. La diferencia femenina se hace historia, trad. de María-Milagros Rivera Garretas, Barcelona, Icaria, 1996, y Ead., Con un filo di pensiero, “Via Dogana” 43 (mayo 1999) 3-4. María-Milagros Rivera Garretas, La relazione che non ha fine, “Via Dogana” 55 (junio 2001) 8-9.
[5] Simone Weil, Manifesto, 45 (Nota, 111).