ATREVERSE
A DEJAR HUELLA PROPIA
Graciela Hernández Morales.
Entredós, 15 de febrero de
2006
Antes que nada, quiero agradecer a Noemí Benarroch y
a Carlos Peón por haberle sugerido a Milagros Montoya mi presencia hoy aquí, y
también a la propia Milagros por acoger esta propuesta. Sobre todo porque esto
me ha llevado a retomar un diálogo con palabras e imágenes que me dan
felicidad.
Antes
de empezar quiero hablar sobre el título de esta charla. Lo acuñé tal como lo
hago cuando escribo poesía, atenta a una emoción que se instala en mi cuerpo y
que me dice que esas palabras expresan algo que realmente me atañen, aunque no
siempre sepa explicar el por qué.
Una
amiga me dijo ayer que este título evocaba cierto voluntarismo, incluso algo de
prepotencia, porque no podemos tener nunca la garantía de que dejaremos una
huella con nuestros actos. Al escucharla, reconocí que había verdad en sus
palabras y seguí indagando. Esta mañana, con el café recién hecho, descubrí que
lo que buscaba realmente con este título era encarar un miedo mío. A veces, el
miedo a la huella imprevista que mis gestos puedan dejar, frena mi puesta en
juego, mi libertad. O sea, lo que quería con este título era decirme ‘atrevete
con la huella que tu libertad pueda dejar’, o sea, ‘deja que lo imprevisto
forme parte de tu vida’.
Hoy traigo aquí 11 retazos de pensamientos que son
también retazos de mi historia y de otros textos que he escrito anteriormente.
Aunque no tengan un hilo común, no están aislados entre sí, cada uno ayuda a dar sentido y a explicar a las demás. Y todos juntas nombran
lo que yo entiendo por partir de sí.
La práctica del partir de sí
ha permitido a mujeres del pasado sacar a la luz palabras y realidades que
habían permanecido oscuras, tales como patriarcado, violencia contra las
mujeres, androcentrismo, clítoris, etc. Muchas de estas mujeres fueron las
‘locas’ de su tiempo, pero supieron encontrar el modo de llevar al mundo su
propia mirada del mundo. Lograr que una mirada cale en el mundo y deje de ser
considerada locura es hacer simbólico.
Estas aportaciones me
abrieron la posibilidad de estudiar, tener autonomía económica, vivir una
sexualidad propia, crear una relación amorosa que no me resta vitalidad, tener
una habitación propia, etc.
Sin embargo, en ocasiones y
de forma paradójica, me he relacionado con algunas de sus ideas o textos como
si fueran un dogma a seguir, enquistando mi propio pensamiento. Por ejemplo, me
he visto buscando con lupa cualquier pequeño destello de desigualdad o machismo
en las relaciones heterosexuales que conocía, empeñada en ver sólo eso aunque a
veces no me resultara fácil. O sea, me vi forzando la realidad para que
coincidiera con la teoría.
Es fácil que las
aportaciones de quienes han sabido dar luz a nuevas palabras, a nuevas
posibilidades, se conviertan en una imposición cuando andamos fuera de sí,
cuando dejamos de dialogar con ellas desde lo que sentimos y deseamos, cuando
nos arremete el miedo al vacío…
Hace falta mucha libertad para que las huellas
dejadas por otras sean efectivamente alimento y no obstáculo para mis propias
huellas. Como dice Daniela Riboli[1]: “Ponerse en juego significa atreverse a
mancharse las manos y, además de las manos, también la teoría”.
En los últimos años, el pensamiento y la práctica de
mujeres vinculadas a lo que yo llamo feminismo de lo simbólico o de la
diferencia sexual, han tocado mis entrañas, mi mirada, mi práctica. De hecho,
gran parte de lo que diré hoy aquí, lo he aprendido de ellas. Descubrirlas me
ha permitido vivir un recorrido emocionante en el que me he encontrado también
con situaciones que me alertan de lo fácil que es convertir esta riqueza en
dogma.
He visto como alguna mujer ha dado por hecho que yo
estaba de acuerdo con ella en alguna apreciación o idea, cuando en realidad no
era así, sólo porque nos habíamos emocionado con las mismas autoras o habíamos
compartido los mismos espacios políticos. Asimismo, otras mujeres han presupuesto
que no estaba de acuerdo con ellas porque, según ellas, ‘yo soy de la
diferencia y las de la diferencia piensan de un modo muy concreto’. Son
prácticas que estancan el pensamiento al convertirlo en una postura rígida.
Esta reflexión tiene que ver también con esos
momentos en los que impartimos unos contenidos prefijados en las aulas sin
atrevernos a mirarlos con la distancia suficiente para poder dialogar con
ellos. En estas ocasiones, siento que las palabras no salen exactamente de mi
boca, que dejo mi cuerpo sexuado en la puerta del aula, como si fuera una
autómata que hablara en latín, en una lengua muerta. Como estos niños que, en
unas viñetas de Francesco Tonucci, van juntos camino a la escuela charlando de
cosas que les interesan muchísimo, se sientan en un pupitre al llegar a su
destino y se pasan así varias, hasta que termina la jornada escolar y se
vuelven a encontrar retomando la conversación en el mismo punto donde la habían
dejado, como si en ese transcurso de tiempo no les hubiera sucedido nada. Como
dice Francesca Migliavaca, en el libro El Perfume de la Maestra, parafraseando
a Esquilo, ‘lo necesario no es que aprendan algo sino que algo suceda en
ellos’.
Cuando era estudiante participé en el aula de
dinámicas en las que tenía que manifestarme a favor o en contra de algo. Se
trataba de aprender a elaborar una postura con un planteamiento coherente y
lógico. Se trataba también de defender esa postura y, por tanto, de dar la
vuelta a los planteamientos de quienes tenían otra postura y no dejarme
traspasar por ellos, ya que éstos podían hacer flaquear mi argumentación. Y de
este modo, con la pretensión de enseñarme a pensar, me enseñaron a entrar en
una lucha que no me dejaba sentir cómo la cuestión tratada me afectaba. Era una
dinámica que no daba cabida al vacío, al ‘no sé’, al ‘quizás tengas razón’, al
‘sí, pero no’, o al ‘no, pero sí’.
Defender mi postura significaba quedarme atrapada en
una imagen creada sobre mí misma, muy alejada de esa forma de pensar que
describe Adrienne Rich cuando habla de Raya Dunayevskaya: ‘tiene un marcado
sentido de las ideas hechas sangre y piel, del pensador o pensadora individual
limitado por su individualidad y que sin embargo desarrolla una conversación
con el mundo.’
En una sesión de formación de educadoras y educadores de tiempo
libre, la profesora, Conchi Jaramillo, formó pequeños grupos con personas del
mismo sexo. A los educadores les preguntó: ¿qué os pide la sociedad por ser
hombres? y a las educadoras: ¿qué os pide la sociedad por ser mujeres? Ante
esta pregunta, las chicas elaboraron un retrato complejo con elementos dispares
e incluso contradictorios entre sí. Los chicos, en cambio, reprodujeron los
estereotipos sexistas de un modo mecánico, o sea, plantearon que la sociedad
les pide que sean violentos, brutos o “máquinas-sexuales”, sin ningún tipo de
matices. Al escuchar la exposición de los chicos, una chica tomó la palabra
para decir que ella también es sociedad y que, sin embargo, no pide nada de eso
a los hombres.
Con estas palabras, evidenció que los dictados estereotipados y
rígidos del patriarcado no lo ocupan todo en nuestra sociedad. Ella expresó
además, que lo que hacen, desean y sienten las mujeres, con toda su
complejidad, no son rarezas, sino parte central y fundamental del mundo, de la
misma manera que son lo que hacen, desean y sienten los hombres. De este modo,
trajo a esta sesión formativa el eco de algunas voces de mujeres que a lo largo
de la historia han tenido la osadía de nombrar la realidad que les rodea
sabiéndose parte valiosa de su contexto y no sólo una excepción de una norma
marcadamente masculina (véase las brujas, las sufragistas, Virginia Woolf o el
Colectivo de mujeres de Boston”, entre otras).
Un eco que, en otra ocasión,
permitió a un profesor replantearse su propia visión de las tutorías. Él dijo
en una reunión que prefería que le visitaran los padres en lugar de las madres
porque ellos ‘van al grano’ mientras que ellas ‘cuentan la vida’. Pero al
escuchar sus propias palabras, él mismo reelaboró lo dicho, dándose cuenta que
para conocer a una alumna o alumno es más interesante el relato de su vida
donde, en lugar de acotar, se muestran experiencias, sentimientos y un contacto
más directo y cercano con lo real.
Luisa Parrilla,
una gran amiga que lleva un espacio en el que las y los adolescentes puedan
hablar y preguntar sobre su sexualidad, me contó que en una ocasión la visitó
una pareja adolescente porque pensaba que él tenía eyaculación precoz, ya que
no aguantaba la erección durante el coito el tiempo suficiente para que ella
pudiera alcanzar el orgasmo.
He llevado esta situación a algunos cursos de
formación de maestras y maestros para que imaginen qué respuestas darían a esta
pareja. En diversas ocasiones han dicho que es necesario decirles que pueden
encontrar placer con prácticas no coitales. Pero, yo me pregunto, cómo harán
estos descubrimientos si desconocen que los sexos son dos, si no han aprendido
que el cuerpo femenino es diferente al masculino. O sea, si no saben que sin la
estimulación del clítoris es difícil que una mujer alcance el orgasmo, si
quizás ni siquiera saben qué es el clítoris.
Cuando
se oculta y se calla la especificad del cuerpo femenino es difícil para una mujer
reconocerse y fiarse de lo que le dicta su propia piel. Además, se crea un
caldo de cultivo propicio para que otros definan qué es y qué significa el
cuerpo femenino, para que, por ejemplo, una chica joven tema jugar y expresarse
libremente en una playa por haber escuchado a alguien decir ‘¡qué peligro tiene
ese niña!’.
En algunas sesiones de
formación con educadores y educadoras, he realizado la siguiente dinámica. En
un trozo grande de papel hemos dibujado la silueta de una de las participantes
y, en otro trozo grande de papel, la silueta de uno de los participantes. Se
han formado dos grupos y cada uno ha trabajado alrededor de una de las siluetas
escribiendo sobre ella todo aquello que ese cuerpo puede hacer, expresar,
sentir. Esta es una manera sencilla de mostrar que las posibilidades de cada
cuerpo, de uno y otro sexo, son infinitas. Es una
dinámica que, para mi sorpresa, ha generado fuertes emociones en algunas de las
personas que han participado porque han estado minusvalorando las posibilidades
de su propio cuerpo.
Somos cuerpo sexuado y
mortal. Este hecho condiciona, pero no determina, nuestra experiencia. Cuerpo y
cultura son “mimbres” que tenemos a nuestra disposición para imaginar y crear
nuestra vida y hacer mundo, o sea, para elaborar nuevas “cestas”.
Quizás esto se entienda mejor si traigo aquí la
imagen de un chico fuerte y musculoso que conocí en un curso. Me impresionó su
delicadeza, su ternura y su capacidad para expresar su vulnerabilidad sin
pudor. Este hombre supo dar a su fuerza física un significado diferente al que
tradicionalmente se le ha dado a la fuerza masculina gracias a que otros y
otras le han abierto esa posibilidad.
Por otra parte, recuerdo la imagen de una chica
joven, delgada, con un cuerpo frágil, que dio una conferencia a la que asistí.
Me fascinó su fuerza. Una fuerza que no salía de la imposición, sino de su
capacidad para estar tranquila con su fragilidad, para mostrar su dulzura sin
temor, para presentar todo aquello que sabía con la humildad de quien reconoce
que no lo sabe todo. En fin, al tener un cuerpo tan diferente al de este
hombre, no puede, aunque quisiera, hacer los mismos juegos simbólicos que él,
pero sí otros diferentes igualmente valiosos y necesarios. Y esto no es
desigualdad, sino riqueza.
Hace unos meses, una antigua alumna me pidió
asesoramiento para hacer el trabajo final de un curso al que estaba asistiendo.
Me dijo que quería hacerlo sobre la diferente vinculación con el feminismo de
las mujeres jóvenes y de las más mayores. Le pregunté por qué quería pensar
sobre esto. Me comentó que por qué las nuevas generaciones no han sabido acoger
el legado de las mayores en relación a la maternidad y al trabajo. Le pedí que
me explicara en qué se basaba para hacer su reflexión. Me contó que sus amigas
más cercanas siguen pensando que una mujer sin hijos o hijas es una mujer que
no está realizada, que ellas han abandonado sus proyectos laborales para asumir
este reto simplemente porque eso es lo que se esperaba de ellas y, además, son
mujeres que se ven solas a la hora de sacar a sus criaturas adelante.
Para elaborar este trabajo, ella leyó muchos libros
feministas sobre el misticismo de la maternidad y se hizo con un discurso
sólido sobre como este misticismo puede anular la vida de una mujer. Cuando la
escuché contar todo esto, sentí que ella no estaba allí, sentí que ella había
estado buscando en estos libros argumentos para defender una postura prefijada,
o sea, sin dar lugar a la transformación.
La animé a seguir hurgando en su propia experiencia.
Atenta a sí misma, descubrió que lo que le movía realmente a hacer este trabajo
era su dificultad para ser una madre libre en un contexto de amigas que le
alentaban a ser una madre abnegada, su dificultad para desarrollar su trayectoria
laboral en un mercado al que le estorba la vida y, más aún, le estorba una
mujer dispuesta a dar vida, y también su pena al comprobar que algunas cosas
importantes que ha aprendido de sus mayores no ha calado en el mundo entero…
Al centrarse en su deseo y en su experiencia, su
reflexión se enriqueció enormemente. En este proceso, se quedó embarazada y
estoy segura que será una madre única, singular, capaz de dejar una huella
propia que alentará las huellas de otras. Como dijo María Zambrano ‘si el
pensamiento no barre la casa por dentro, no es pensar’.
Y como dijo Etty Hillesum: ‘Vivir plenamente hacia
lo interior igual que hacia lo exterior, no sacrificar nada de la realidad
externa en beneficio de la interna y viceversa. Considerar todo esto como una
hermosa tarea para ti misma.’
En una charla que impartí en
Zaragoza relaté la historia de un niño de cinco años que le gusta jugar más con
las niñas que con los niños, prefiere los juegos que ellas suelen jugar y las
maneras con las que ellas suelen relacionarse. Sin
embargo, ha decidido separarse de ellas cuando aparecen otros niños porque no
quiere que ellos se rían de él. Al escuchar esta anécdota, una mujer del
público tomó la palabra para decir que a su hijo le pasaba algo similar y que
temía que él sufriera por mostrarse diferente a los demás.
Mientras la
escuchaba, rememoré diversas situaciones en las que a mí también me ha sido
sumamente difícil mostrar mi diferencia. A veces, he llegado a mostrarme como
si sintiera igual que las demás personas y, otras, a actuar sigilosamente como
si fuera una clandestina.
Pero de este
modo sólo he logrado crear una máscara querible y aceptable que me acomoda a lo
dado pero que me asfixia. Es un juego que impide encontrar la mediación
necesaria para abrir el conflicto entre lo que muestro de mí y lo que siento
por dentro, entre mi deseo y lo que viene dado en el mundo. Es un juego que me
impide ser libre.
No es suficiente decir ‘¡Sé tú misma!’ para que
alguien deje su máscara. Este tipo de frases caen en el vacío cuando no sabemos
bien quienes somos, cuando lo que somos es sobre todo nuestro miedo a ser,
cuando no sabemos cómo ser eso que somos o queremos ser, o cuando sentimos que
serlo implica mucho conflicto o sufrimiento.
Hace poco leí la anécdota de una madre que al ver a
su hijo de dos años con una fuerte rabieta, le dibujó un garabato negro en una
hoja de papel y le preguntó si lo que sentía era así. El niño dijo que sí. La
madre le dio más papel para que siguiera dibujando su malestar, hasta que él
dejó de sentir la necesidad de hacerlo. Con la escucha, esta madre permitió que
este niño se tranquilizara sin negar lo que sentía, sin perder su centro.
La tarea es escuchar, acompañar a cada criatura en
el proceso de entender lo que le pasa y dar nombre a su deseo, confiar en su
creatividad, en su capacidad para encontrar el modo de, sin violentarse, dar
forma a su deseo. Todo esto significa enseñarles a no perder su centro, a que
no dejen nunca de preguntarse qué les pasa y qué quieren, para que puedan estar
en el origen de su propia libertad.
En un curso que impartí en la escuela de animación
de la CAM sobre prevención de la violencia contra las mujeres surgió un nudo, o
mejor, una pregunta. ¿Dejarse influir o transformar por la pareja significa
estar dominada o dominado por ella? Una cosa es adaptarse sin más a lo que la
otra persona pretende que seamos y otra cosa bien distinta es estar abierta o
abierto a lo que esa otra persona nos pueda dar. Allí donde hay relación hay un
intercambio que nos transforma y, si no es así, quiere decir que la relación
está muerta.
A veces, el miedo a la manipulación nos lleva a
aferrarnos y encerrarnos en una identidad estática y sin fisuras, una identidad
que esconde lo evidente: sin vínculos, cuidados,
afectos, estímulos, lenguaje, cultura, no seríamos prácticamente nada.
En este curso que os contaba, para profundizar en la
cuestión, puse música y les sugerí que bailaran en parejas. Luego hablamos de
lo que habían sentido y experimentado y comprobamos que, aunque parezca una
paradoja, cuando más centradas o centrados estamos, más fácil resulta dejarnos
llevar por los pasos de otra persona o crear pasos nuevos con ella. Ya lo dijo
un día Asún López en un encuentro de Sofías “cuando más
centrada en mí misma estoy, más disponible estoy a la relación y cuanto menos
centrada, menos disponible estoy.
Y para terminar este punto, traigo aquí unas
palabras de Luisa Muraro ‘(…) lo otro, que antes definía negativamente mi
identidad, ahora la in-define, la abre indefinidamente.’
La relación con la diferencia de la otra, del otro,
enriquece, mueve, abre caminos y perspectivas. Ahora bien, en este juego, a
veces surgen nudos, obstáculos o conflictos. ¿Qué quiero decir con esto? Que
podemos encontrarnos con que los deseos, necesidades, sensibilidades o códigos
puestos en escena se presentan, al menos en un primer momento, como si fueran
incompatibles.
A veces, estos nudos son pequeños, imperceptibles apenas,
son sólo pequeños pellizcos que pierden intensidad en cuestión de segundos
porque una mirada o una palabra bastan para acoger la discrepancia, colocarla
en su sitio y recomponer la relación. Otras veces, en cambio, el atasco es
mayor y se necesitan más palabras, más gestos, más paciencia, más juego de
mediación para abrirlo y sacarlo a la luz sin dañar a la relación, es más, para
darle un sentido dentro de la relación.
Mientras que otras veces, quizás por un exceso de
YO, las mediaciones existentes no son suficientes y, el conflicto se transforma
en abismo, atropello, confusión, sufrimiento y, a veces, en violencia. Son
momentos de anulación y de una gran distancia en las que no es fácil partir de
sí.
En el segundo día de clase, un profesor de primero
de primaria le dijo a su alumnado que dibujaran su casa y se lo enseñaran al
resto de la clase como un modo de conocerse mejor. Una de las niñas dibujó un
palacio. El profesor, intrigado, fue a ver la casa de la pequeña con sus
propios ojos y se encontró con una chabola. A veces, el presente se nos hace
tan duro e inquebrantable que nos servimos de las ensoñaciones para huir de él.
Sin embargo, como dice un proverbio bantú, ‘no temas ninguna cicatriz, suele
aclarar el lugar de la herida.’
Es necesario preguntarse cómo empezar a decir
quienes somos con nuestras cicatrices, con lo que tenemos y con lo que
deseamos, aquí y ahora, en el presente. Quizás ayude saber que, tal como dijo,
la actriz Isabelle Huppert ‘la realidad no siempre es agradable, pero reconocer
la realidad, finalmente, siempre sienta bien’.
Este mecanismo de huída del presente es la que da
lugar a esas políticas que elaboran planes de futuro olvidándose de que la
libertad o felicidad futuras están hechas de las semillas que surgen de la
libertad y felicidad que seamos capaces de alcanzar ahora.
La ensoñación no permite enraizarnos en lo real, no
permite que las palabras coincidan con las cosas e imposibilita arriesgar con
pensamiento que talvez pueda desvelar verdad sobre el mundo, sobre lo real.
Del mismo modo, pensar con los pies pegados a la
tierra es condición, pero no garantía de que vayamos a desvelar alguna verdad
que pudiera dar luz a lo que nos rodea. Forzar este proceso es también caer en
la ilusión, o mejor, en un voluntarismo ilusorio. Como dice el filósofo Marina
‘si no es verdad que he encontrado una salida me conviene saberlo cuando antes
porque no hallo aliciente alguno en estar de por vida perdido en el laberinto.’
Hace unos meses, le comenté a Luisa Parrilla, esa
amiga de la que os hablé antes, que me siento muy libre y feliz en el Espacio
Compartir Poesía. Ella me preguntó por qué me sentía así y le hablé de la
confianza que se da en este espacio. Y ella me preguntó de dónde nacía esa
confianza y yo le hablé de nuestra complicidad. Pero ella volvió a preguntarme
por qué sentíamos esa complicidad y ya no supe que contestar.
Con este juego, ella quería que yo no le diera
respuestas ‘automáticas’ y que ahondara en lo que realmente me hace sentir
libre en ese lugar. Pero me encontré con un vacío. Profundizar en este vacío
quizás me ayude a entender algo más, no sólo sobre mi libertad, sino sobre la
libertad humana. ¿Quién sabe? Es una apuesta, un riesgo, que no puedo saber qué
dará de sí.
Como dice Chiara Zamboni, no soportar el vacío entre
mí y mi pregunta sobre lo que está presente lleva que la mente resbale por el
adaptarse a cualquier cosa, a dejarme atrapada por lo dado.
Una maestra de infantil me contó que las niñas y los
niños de su clase hicieron un dibujo en el día de la madre, y una de las niñas
se negó a hacerlo. La maestra le preguntó por qué no quería dibujar. Ante el
silencio de la pequeña, le preguntó si no quería a su madre y la niña respondió
‘a veces la quiero y otras no’. O sea, a su manera puso sobre la mesa la
complejidad de sus sentimientos hacia su madre. Esta respuesta inquietó a la
maestra y esa inquietud la llevó a decir de forma ‘automática’: ‘a las madres
se las quiere siempre’. Ante esta sentencia, la niña se cerró y actuó como si
siempre quisiera a su madre. Perdió la confianza en sí misma, en lo que podría
descubrir en su propia experiencia sobre la complejidad que puede darse en las
relaciones madre – hija.
En el verano
de 2004, Anna Maria Piussi nos contó que en un pueblo de Egipto, donde era
generalizada la ablación del clítoris, una chica se negó a que se lo
practicaran. Su madre y otras señoras del lugar estaban preocupadas por la
posibilidad de que esta joven fuera repudiada por su futuro marido. Sin
embargo, ella se casó y su marido nunca mostró ningún tipo de rechazo hacia
ella. Desde entonces, la ablación del clítoris dejó de ser una práctica generalizada
en ese pueblo.
Partir de sí y ponerse en juego es siempre un
riesgo. Esta anécdota habla de una mujer que arriesgó su propia vida y dejó una
huella propia en su presente. Una mujer que se unió a un hombre que, de otro
modo, también se arriesgó. En un contexto que, en contra de lo previsto, no la
despreció sino que supo dar un sentido positivo a su gesto.
¿Quién diría en ese pueblo de Egipto, hace apenas
unas décadas, que esta historia iba a ser posible? Sin embargo, ya entonces
estaban plantadas las semillas para que hoy esta experiencia pudiera emerger.
Semillas que se han alimentado del eco de otras mujeres que a lo largo de la
historia y a lo ancho del planeta han conseguido abrir espacios de libertad en
nuestra cultura y también en ese rincón del mundo, de modo que hoy ya no
resulta descabellado pensar que una mujer pueda ser dueña y señora de su propio
cuerpo y sexualidad.
Como aprendí de Chiara Zamboni, el presente está
hecho, no sólo de lo que nos viene dado, sino también de deseos y necesidades
que nos empujan a pensar y a veces a crear huellas inauditas o imprevistas en
el contexto concreto que nos ha tocado vivir.
[1] Diotima (2002): El Perfume de la Maestra: en los
laboratorios de la vida cotidiana. Icaria – Antrazyt. Barcelona.