Clara Jourdan
POLITICA EN PRIMERA
PERSONA: LA LIBRERIA DE MUJERES DE MILAN
Seminario, Fundación
Entredós, Madrid 4 de marzo de 2006
PRIMERA PARTE
Deseo y relación
Este seminario trata de
política en primera persona, o sea de la política que una mujer o un hombre
hace directamente y en nombre propio, sin delegar en políticos profesionales u
organizaciones y sin pretender actuar para las o los demás. Hablaremos de esta
política a partir de la experiencia femenina de cada una de nosotras que
estamos aquí ahora. Es decir, considero este seminario un momento de política
en primera persona. Mi experiencia se ha desarrollado y elaborado en la
Librería de mujeres de Milán. En el libro que he sugerido leer, No creas
tener derechos, escrito por un grupo de mujeres de la Librería, se explican
el origen y las características de la práctica que deseo poner en juego aquí en
el seminario. Espero que lo hayáis leído porque yo no hablaré del libro sino de
mi propia política, de la cual este libro continúa enseñándome el sentido desde
que ha salido en Italia en 1987. El hecho de que horas y HORAS el año pasado
haya decidido reeditarlo aquí porque la edición de 1991 se había agotado, me confirma
sobre su posibilidad de utilizarlo en la actualidad.
Entonces hablaré de mi
política en primera persona y al mismo tiempo de la Librería de mujeres de
Milán, como anuncia el título del seminario. Me gusta que este título suene un
poco contradictorio, dado que la Librería no es una persona, porque deseo que
nos coloquemos, desde el principio, en un sentido no individualista de "en
primera persona", y que no penséis en la Librería de mujeres de Milán como
un colectivo, una organización o una institución (contrapuesta a lo individual)
sino como un tejido de relaciones (y tal vez una figura simbólica de la
política).
Además, este título
expresa el doble origen del seminario. Hace dos años, Ana Mañeru me propuso un
seminario sobre la política en primera persona, yo dudaba en aceptar (luego
diré por qué), entonces Elena Lasheras me propuso que el seminario lo hiciera
sobre mi práctica política en la Librería de mujeres de Milán y finalmente
acepté. Os cuento esos pasos para que conste que el seminario se debe a Ana y a
Elena, a las que quiero agradecer, y también porque este proceso muestra un
aspecto de mi forma de hacer política en primera persona, que experimenté en la
Librería por primera vez hace muchos años y continúo ahora. Mi experiencia
puedo decirla así: cuando una mujer me pide ir a hablar en público o escribir,
yo soy conciente de que no estoy a la altura de esto pero acepto hacerlo. Fue
Luisa Muraro que por primera vez me pidió cosas que yo no sabía hacer y las
hice, como ir a Madrid en 1992 a presentar No creas tener derechos,
entonces traducido al castellano. Todo lo que he hecho en la Librería y a
partir de la Librería está en esta dimensión y lo vivo con esta disposición
interior, con el sentido de que se trata de algo más grande que yo, que mis
capacidades y mi inteligencia. Antes esto me provocaba mucho miedo y demasiada
inquietud, ahora un poco menos, pero el sentido sigue siendo lo mismo. Lo que
quiero subrayar es que es la petición de la otra lo que me mueve, o sea que es una
forma de política en primera persona intrínsecamente relacional, que depende de
la relación desde su origen. Entre las mujeres que conozco en la Librería de
Milán, la política en primera persona se expresaría mejor como política del
deseo, o sea como una política que nace de los deseos de una, y esto impulsa
hacia las relaciones. No es que en mí no haya deseo, sino que el deseo se
despierta y se dirige a través de las relaciones. Si se me despierta sin
petición ajena, por ejemplo el deseo de escribir un artículo para decir una
idea que me ha venido a la mente, no tengo bastante volundad como para
realizarlo. Mi forma de actuar me muestra que preciso sentir una necesidad más
grande que mi propio deseo, y la necesidad más grande me la dicen las demás. (Entonces
no soy una artista, las artistas la encuentran en sí mismas su necesidad
grande.) Es la primera vez que hablo de esto, porque estaba acostumbrada a
contrastar mi experiencia con una imagen de política en primera persona que yo
convertía en un "deber ser", así que juzgaba como defectuosa mi
experiencia real; ahora he cambiado: cuando hay algo que no encaja con las
ideas lo miro, para sacar de mi experiencia un saber de la experiencia
femenina.
Por esto dudaba en
aceptar la invitación de Ana: para hablar de política en primera persona tengo
que partir de mí, pero no me siento un caso ejemplar de política en primera
persona. De todas maneras, mi experiencia testimonia que hay varias
experiencias de esta política en la Librería, no hay un modelo. Porque la
política en primera persona es una política a partir de sí, y cada una somos
distintas. Lo que nos une, lo que tenemos en común en la Librería es que
ponemos en primer lugar la relación mujer con mujer, que queremos crear
autoridad femenina en el mundo, y que somos concientes de la necesidad de
política de lo simbólico.
Mi politica en primera
persona como fruto de la relación es lo que experimenté por primera vez en la
Librería, como dije, y lo que me ha permitido hacer cosas inimaginables para
mí. Porque es allí donde descubrí el sentido y la enorme potencialidad de las
relaciones entre mujeres: lo que es lo impensado en la cultura en que nací. En
cambio, del hacer política actuando en primera persona cuando percibo su
necesidad en el contexto en que me encuentro, ya había tenido experiencia
(aunque sin nombrarla) antes de relacionarme con la Librería. A finales de los
Setenta-principio de los Ochenta, en las escuelas italianas había un movimiento
de profesores, sobre todo en los institutos de secundaria donde trabajaba yo:
luchábamos para disminuir el número del alumnado de las clases, para tener el
puesto fijo (no se hacían oposiciones desde hacía muchos años), para aumentar
el salario etc. Yo participaba en las luchas, pero no las promovía. Hasta que
un año me encontré en un instituto donde no hacían asambleas, huelgas etc.,
mientras en todo Milán las hacían. Yo, que deseaba que nos movíamos también las
y los profesores de mi instituto, caí en la cuenta de que si no lo impulsaba yo
no acontecería nada. Entonces decidí dentro de mí dejar el miedo - me recuerdo
muy bien el momento exacto en que ocurrió (han pasado 25 años) - y de repente
empecé a promover asambleas y hablar en las asambleas, yo que nunca lo había
hecho antes: cambié porque lo sentí necesario. Fue una contratación interior,
entre mí y mí, precisamente como la contratación de la que se habla en El
final del patriarcado ("¿Qué estoy yo dispuesta a dar a cambio de
qué?", pág. 34). En aquel movimiento de profesores se practicaban todavía
formas masculinas de política, pero algo auténtico se movilizó en mí y salió
fuera. De esta experiencia me ha quedado la conciencia de que hay algo que si
no lo hago yo no lo hace nadie. Y la conciencia de que se puede romper con la
repetición de tus dinámicas interiores, es decir que se puede ganar libertad.
Así que cuando me reconocí en la Librería, leyendo en 1987 su libro recién
salido No creas tener derechos, y descubrí qué era lo que realmente me
importaba, la diferencia de ser mujer, yo ya estaba en una dimensión de
entender la política como un activarse en primera persona, y con un sentido más
protagonista que la participación en un movimiento, que es también una forma de
política en primera persona. Porque, efectivamente, la primera forma de
política en primera persona que conocí fue la forma de estar en el movimiento
de las mujeres de los años Setenta, participando intensamente en las cosas que
otras mujeres promovían, sintiéndome feminista y viviendo en mi vida cotidiana
un cambio histórico que acontecía.
Este libro No creas
tener derechos, que narra la historia de la Librería, fue mi kairòs,
mi oportunidad personal de libertad y de protagonismo que está también en el
orígen de nuestro encuentro de hoy. Entre los elementos dispares que se
combinaron como kairòs se encuentra el hecho de que yo había estudiado
castellano en la universidad, que se combinó con el hecho de que en 1992 la
Librería de Milán recibió una carta de la Plataforma autónoma feminista firmada
por Ana Vargas que nos invitaba a presentar No creas tener derechos en
un acto en Madrid. Siempre recuerdo esto como el principio concreto de mi
relación con "España" - y para mí "España" son las mujeres
de las varias ciudades de la península que he encontrado -, porque las
relaciones que empezaron desde aquel momento, in primis la relación con
Milagros Rivera que conocí precisamente en aquel acto, son muy importantes en
mi vida también cuando estoy en Italia.
Pregunta: En tu
experiencia de política en primera persona, ¿qué significa para tí
protagonismo femenino?
SEGUNDA PARTE
Poner en palabras
Hemos visto cómo la
Librería de mujeres de Milán es un lugar que despierta y pone en movimiento
deseos femeninos a veces escondidos bajo la adhesión a necesidades pensadas por
otros, y activa capacidades para realizarlos. Ahora veremos algo de lo que se
hace concretamente allí, desde mi punto de vista y en función de nuestro
seminario.
Una actividad que
caracteriza la Librería es poner en palabras. Poner en palabras la experiencia
femenina y el mundo con el corte de la diferencia femenina, o sea con la
conciencia de que en nuestro conocimiento de la realidad el hecho de ser mujer
da y tiene sentido. Fue esto lo que hicieron las autoras de No creas tener
derechos, y es esto lo que empecé a hacer yo también. Leyendo el libro No
creas tener derechos yo reconocí mi experiencia puesta en palabras por
otras mujeres: la experiencia feminista que yo había vivido en el movimiento de
las mujeres desde los años Setenta estaba nombrada como "generación de la
libertad femenina". Y además de reconocerme en esto, gracias al libro
descubrí que las relaciones entre mujeres tienen una envergadura mucho más
ancha de lo que imaginaba también desde mi feminismo, y aprendí formas de
relación que movilizan fuerzas profundas, más profundamente de lo que había
experimentado en el psicoanálisis.
Desde entonces, la
conciencia de la importancia de poner en palabras nunca ha faltado en mi
práctica. Junto a la conciencia de la importancia de escribir y publicar lo que
sale a la palabra, para que otras puedan reconocerse, como me había ocurrido a
mí. Entre los textos que he contribuido a elaborar está El final del
patriarcado, escrito en 1995 y en seguida traducido al castellano por
Milagros Rivera y publicado por la Librería Pròleg de Barcelona que lo publicó
también en catalán. En este texto adelantamos la idea de un cambio histórico
mundial: tal vez no todas aquí están de acuerdo, porque sigue habiendo mucha
violencia en contra de las mujeres. Pero quiero que consideréis el nivel
simbólico de la realidad: o sea que al patriarcado ya no le damos crédito las
mujeres, aquí en Europa igual que allá en Asia o en Africa, y un orden
simbólico no sigue sin crédito.
He sugerido leerlo
también como ejemplo acertado de un trabajo relacional de poner en palabras, lo
que no significa que después de diez años no haya cosas que se puedan decir
mejor. El trabajo de poner en palabras no puede pararse, porque el mundo cambia
y nosotras también. Encontrar palabras para la realidad cambiada es lo que
intentamos con la revista Via Dogana, que sale cuatro veces al año desde
1991 y a la que contribuyen también mujeres que viven en otros sitios (algunas
aquí).
Quiero señalar dos
cosas de esta práctica de poner en palabras. Una es que buscar con otras el
sentido de la realidad es una actividad no tranquila, a veces es tranquila, sí,
pero muchas veces hay discusiones fuertes, a veces vuelves a tu casa
insatisfecha, con malestar etc. Porque se necesita que se den juicios, y las
opiniones pueden salir ásperas e incluso pesadas, como que tu idea es una
tontería... O sea, la autoridad que circula, la medida que recibes puede ser no
muy agradable: tomar en serio lo que se dice lleva consecuencias, que a veces
son duras a aceptar, a veces salen conflictos o contrastes que te afectan en lo
profundo, porque las relaciones entre mujeres evocan y actualizan cosas no
resueltas de tu relación de niña con tu madre. Lo señalo porque es en esta
forma difícil que hemos encontrado palabras importantes que otras mujeres han
sentido como verdaderas. (Puede ser que en otros sitios se ponga en palabras
con más cortesía pero con los mismos resultados, me gustaría saberlo, porque
realmente a veces nuestras discusiones me cansan mucho.) La otra cosa que
quisiera señalar es que hay que ser conscientes de que no todo de lo que nos
parece importante se puede decir, no sólo en el sentido de que no se encuentran
las palabras adecuadas, sino también de que hay cosas que es mejor callar, por
ejemplo porque son demasiado negativas y hace falta esperar aguantando el dolor
y buscar hasta encontrar o vislumbrar un punto positivo para poder hablar sin
dejarse llevar al abismo del propio negativo. O sea, que también lo negativo
puede enseñarnos algo precioso, pero solo si no nos dejamos arrastar por eso.
Antes he llamado
"trabajo" la práctica de poner en palabras, porque efectivamente lo
es. Es un trabajo también en el sentido de que precisa hacer más cosas
concretas que hablar en las reuniones. Las libreras y las editoras y las
entredosas aquí presentes lo saben muy bien, no me detengo pero deseo subrayar
su importancia para mí: en la Librería, para tener confianza en una mujer
necesito poder contar con su trabajo. Hay un pensamiento de Simone Weil que me
corresponde mucho. En el texto que citamos en El final del patriarcado,
sobre que hay "un delicioso acuerdo que genera todas las guerras",
ella decía (unas líneas antes) que en cambio "el trabajar, la cooperación
hace nacer una amistad que crea la paz" (esbozo de un artículo juvenil no
terminado, 1928, citado en su biografía: Simone Pétrement, La vita di Simone
Weil, Adelphi, Milano 1994, p. 78). Yo lo entiendo y lo vivo así en mi
experiencia política.
Fue a través del
trabajo como pude atreverme a relacionarme con algunas mujeres
"jóvenes" (entre comillas porque es una categoría que no me convence,
de todas maneras estas mujeres tienen edades en torno a los treinta) que
empezaron en la segunda mitad de los años noventa a frecuentar la Librería: se
llaman Sara Gandini, Laura Colombo, Laura Milani, Serena Fuart. Hay más, pero
es con estas cuatro con las que me relaciono, y precisamente porque tenemos un
trabajo común, el de la página web de la Librería: ellas hacen, con gusto y sin
escatimar tiempo y energías, todo el trabajo técnico y el gobierno de la
página, además del trabajo de pensamiento que hacemos todas. Y fueron ellas
quienes quisieron la página de la Librería como lugar de práctica politica (no
solo de información) y nos convencieron e hicieron los pasos para realizarla
(Laura Colombo y Sara Gandini cuentan su apuesta en el artículo In rete, è
possibile?, "Via Dogana" n. 62/2002). Su protagonismo en esto me
ha permitido reconocer su más, y reconocer el más de la otra es lo que me
permite relacionarme con una mujer. Ahora ellas están tomando protagonismo
también promoviendo encuentros públicos en el Circolo della Rosa para
reflexionar sobre cuestiones que les importan especialmente (como la relación
madre-hija, en un ciclo de siete actos, entre enero y junio 2006, titulado Entre
el matricidio y el monumento a la madre: la política de las mujeres). En
estos actos ellas quieren poner en juego su diferencia generacional porque la
consideran importante, mientras que para mí no lo es; aunque me doy cuenta de
que ellas viven su juventud en un mundo diferente del mundo en el que he vivido
yo mi juventud, a mí me ha quedado el sentir que había en el movimiento de las
mujeres donde jovenes y viejas compartíamos las mismas exigencias, así que, aún
hoy, yo tiendo a considerar las diferencias entre mujeres solo en singular, no entre
colectivos de mujeres. De todas maneras, su recorrido me interesa, y estoy
convencida de que realmente hemos traído al mundo la libertad femenina, lo que
quiere decir que las mujeres que vienen después de nosotras saben y eligen
ellas lo que desean o necesitan hacer y pensar. O sea, que si ellas no siguen
en lo mismo, no significa que no les hemos transmitido lo que queremos
transmitirles: estoy de acuerdo con la idea de Françoise Collin de que el
feminismo es una herencia sin testamento (en VvAa, Feminismos fin de
siglo. Una herencia sin testamento, especial "Fempress", Chile
1999. La expresión la ha tomado del poeta René Char). Cuando ellas continúan
las formas que hemos inventados, para mí está muy bien sobre todo porque me
permite relacionarme con ellas en este momento, pero no imagino una necesaria
continuidad de realizaciones. Lo que en cambio pienso que no puede faltar nunca
es la creación de simbólico, el trabajo de pensar, decir y publicar.
Lo que me encanta del
momento presente de la Librería es que en la página web seguimos el trabajo de
poner en palabras como lo hacíamos antes, o sea hablando y discutiendo en las
reuniones para alimentar la página - hemos reanudado las reuniones del jueves
por la tarde que se habían suspendido durante años -, pero experimentando
también formas nuevas, surgidas y posibilitadas por la red. Os sugiero visitar
nuestra página, como tercer "texto" del seminario, porque representa
una forma de hoy de poner en palabras, que se parece a otras, pero es también
distinta. Por ciertos aspectos es una forma de publicar los frutos del poner en
palabras, como una revista pero más rápida y vasta: colgamos artículos etc., en
parte escritos para la red (por nosotras o por otras y otros) pero sobre todo
cogidos de la prensa cuando nos parecen que contienen cosas importantes. Por
otros aspectos en cambio nuestro sitio mismo - www.libreriadelledonne.it -
representa un lugar de práctica de relación y de poner en palabras: esto se da
sobre todo gracias a las relaciones que ellas - nuestras dos webmaters
(Laura Colombo y Sara Gandini) y las demás que trabajan en la página -
consiguen entablar a través de la red misma. Digo "ellas" porque
relaciones en la red yo no las entablo, yo continúo con las formas más
antiguas, entonces no puedo explicar bien como se desarrollan esas relaciones.
Podría decir que si de No creas tener derechos soy lectora y de El
final del patriarcado soy autora, de www.libreriadelledonne.it me siento
nodriza. Mi aporte es alimentar y visitar la red, lo hago con mucho gusto pero
no voy más allá. Sin embargo soy conciente de que la forma en que ellas
practican la red pueda ser una contribución muy significativa a la política de
las mujeres y espero saberla entender cuando la pongan en palabras.
Pregunta: Desde tu
experiencia política, ¿has sacado algún saber que consideras importante
y que te parece que todavía no ha sido escrito o dicho publicamente por nadie?
TERCERA PARTE
Política y libertad
Antes decía que no
imagino para el futuro una necesaria continuidad de nuestras realizaciones
históricas y no me importa. Concretamente, no sé si algo como una librería de
mujeres será necesaria para quienes vendrán después, igual que otras cosas que
para mí lo son ahora. Yo sigo considerando importante la existencia de lugares
de mujeres, como la Librería y el Circolo de la Rosa, por lo que hago allí y
por el sentido que tienen estos lugares. Una vez Lia Cigarini ha dicho que la
Librería de mujeres de Milán es "una figura de la autoridad
femenina". Pero me pregunto por si son realmente necesarias, y cuál es su
necesidad, hoy que podemos decir que el mundo es el mundo de las mujeres.
En Italia ha pasado
algo, recientemente, que me ha hecho reflexionar también sobre esto. En
noviembre-diciembre del año pasado (2005), empezaron ataques en contra de la
ley que legaliza el aborto (la ley 194 de 1978). Estos ataques - en forma de
discursos públicos repetidos - provenían de hombres políticos (del gobierno de
derecha) y de las jerarquías de la Iglesia católica, especialmente del
presidente de la Conferencia Episcopal Italiana, o sea el jefe de los obisbos
italianos, cardenal Camillo Ruini. Durante una reunión en que hablábamos de
esto (era una reunión de las que llamamos de redación "ancha" de Via
Dogana, para buscar el tema del número de la revista), salió la intuición de
que tal vez no era la ley el objeto de los ataques, sino el feminismo: lo que
querían eliminar es el feminismo mismo, la política de las mujeres. Lo que ocurrió
después confirmó esta intuición, porque hubo en Italia una gran movilización
política de mujeres y también de hombres, que tuvo su cumbre de visibilidad en
una manifestación en Milán de 200.000 personas el 14 de enero pasado.
Eliminar el feminismo,
¿qué quiere decir? No quiere decir volver a someter a las mujeres a la
subordinación a los hombres. Esto no tendría sentido hoy, porque el patriarcado
realmente se acabó como civilización, todo el mundo considera incivil la
sumisión de las mujeres. Además, parece que tampoco la ley del aborto querían
realmente modificarla, como declararon todos los políticos (aunque después de
la movilización). Porque en el mundo de hoy la libertad individual, como
principio, ya no se puede tocar: la ideología del libre mercado, que es la
única ideología que ha quedado, no deja fuera la libertad de las mujeres como
individuas. Pero es precisamente aquí donde hay un problema, porque el
feminismo da una interpretación política de la libertad femenina, una
interpretación que no encaja con la ideología del libre mercado. Por esto hay
que quitar de en medio el feminismo, para favorecer la interpretación
individualista corriente de la libertad de las mujeres.
Pero si hoy la libertad
femenina es aceptada y el feminismo sigue constituyendo un problema, esto
quiere decir que nos encontramos en un momento histórico en que no hay
coincidencia entre libertad de las mujeres y política de las mujeres. Se puede
concebir libertad femenina sin política.
Esto de la libertad sin
política es una novedad del mundo de hoy, donde la libertad se expresa
máximamente como libertad de elegir, elegir lo que ofrece el mercado (en
Italia, los domingos los centros comerciales están llenísimos de gente): no es
por casualidad que cuando los medios de comunicación hablan de libertad de las
mujeres, la entienden siempre, reductivamente, como libertad de elegir. Es la
libertad de elegir de las mujeres lo que está fuera de cuestión en nuestra
sociedad. Pero esto, además de reductionista trata de incluir a las mujeres en
la visión tradicional masculina de la libertad, la individualista, lo que
presenta problemas, porque las mujeres no caben en esta representación, por su
"capacidad de ser dos", como la llama M. Milagros Rivera. Entonces la
libertad de una mujer pone en juego algo más que el yo, pone en juego la
conciencia de la posibilidad de lo otro, presente ya en la conformación misma
de su cuerpo. Algo que no se puede decir claramente con los lenguajes
corrientes de la libertad. Algo que sin embargo se muestra en práctica, en las
prácticas de las mujeres que a lo largo de la historia conocida han intentado
mantener como relaciones humanas singulares las relaciones que las
civilizaciones tienden a enjaular en los papeles sociales. Es algo precioso
para la libertad humana, y que se ha encarnado en el feminismo. El feminismo
que yo he conocido ha vinculado la liberdad a las relaciones, prácticamente: la
libertad femenina ha venido al mundo gracias a las relaciones entre mujeres,
que han llevado a tomar conciencia de que una mujer es libre porque es una
mujer, no no obstante, como está escrito en la Constitución italiana (Lia
Cigarini). Y en el feminismo ha acontecido la toma de conciencia de la libertad
femenina como libertad relacional: una libertad que se genera en las relaciones
no puede ser representada por la idea de que "mi libertad acaba donde
empieza la libertad del otro", que es la idea individualista de la
libertad. La libertad femenina, en suma, es una libertad que no requiere
justificaciones pero no se puede definir egocéntrica. Es una libertad que vale
por si misma pero es altruísta, si así se puede decir. Una libertad que
mantiene la huella de la relación originaria con la madre, de un vínculo que no
tiene nada que ver con los vínculos del capitalismo. Por esto el feminismo es
anómalo respecto al libre mercado.
Además de ser anómalo,
también da miedo a quienes conciben las relaciones en términos de poder. La
libertad femenina nasce de las relaciones entre mujeres. Entre mujeres:
o sea en una forma que siempre ha dado miedo en la historia. El imaginario
(masculino) de las mujeres juntas hace temible la libertad femenina política,
no la libertad individualista, donde las mujeres son vistas una por una.
Hoy día, las relaciones
entre mujeres siguen expresando lo político del feminismo. Lo demuestra el
hecho de que es un nudo de reflexión que nunca pierde de interés, como vemos
por ejemplo en la Agenda de las mujeres, que este año 2006 está dedicada
a las formas de relaciones entre mujeres a lo largo de dos milenios de
historia. Y lo demuestra lo que ha ocurrido en Italia después del ataque a la
ley del aborto: hubo una movilización también de mujeres que antes estaban
calladas, una intensificación de relaciones entre mujeres, de las que las
asambleas y la manifestación de las 200.000 sólo han sido las formas más
visibles por los medios. Podemos decir entonces que es esto el feminismo: no la
ideología de la igualdad o de los derechos ni la libertad individual de las
mujeres, sino las prácticas de relación entre mujeres. Es esto lo político del
feminismo que lo hace temible hoy, hoy que el patriarcado ha terminado. Es
decir que la libertad femenina está ganada, el conflicto se da sobre la
interpretación política de la liberdad femenina.
Si el conflicto
simbólico de hoy es esto, se plantea con esta conciencia la cuestión de la
necesidad de lugares de mujeres: lugares que signifiquen la política de las
mujeres. O sea las relaciones entre mujeres. Lugares como han sido los salones
en los siglos XVI y XVII, en la época de la civilización de la conversación, y
las librerías en el siglo XX, en la época de la escuela y los libros accesibles
a todo el mundo. No sé cuáles formas tendrán los lugares del siglo XXI. Pueden
ser lugares en la red o algo que todavía no se ha inventado. Puede ser que
continúen también las librerías o se repropongan lugares históricos, como
podemos comprobar aquí, pues Entredós como los Círculos de la rosa de Milán, de
Verona y antes de Roma, tienen algo de los antiguos salones. Se trata de lugares
que testimonian que no se puede prescindir de la política, de la política en
primera persona, y menos aún hoy que la libertad se puede entender separada de
la política. Creo que ésta pueda ser su necesidad hoy: ser figuras de la
política de mujeres. Pero lo importante, a mi modo de ver, es que estos lugares
no se limiten a ser testimonios y testigos del feminismo, sino que se siga con
el trabajo del simbólico, o sea de poner en palabras el mundo a partir de las
relaciones.
Pregunta: ¿Este
lugar en que nos encontramos hoy, es necesario? ¿Cuál es su necesidad?