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| Lejos ya en el tiempo quedan los esfuerzos de los buscadores del oro nativo de los cerros de Rodalquilar. Desgranando las rocas y lavando los polvos minerales, casi dos mil almas acabaron dando vida al poblado originario que nació con las minas a principios del siglo XX. Pero en 1966, las ansias de riqueza y las subvenciones estatales para apuntalar una explotación ruinosa por puro prestigio político, terminaron de golpe, y el ancho valle de ancestros volcánicos retornó a los orígenes de su riqueza solitaria. Apenas unas cuantas viviendas retuvieron a sus habitantes, junto a los restos de la abandonada minería, que se desmoronaban sin vida. Sin embargo, en esa calma primigenia, seguía latente el afán y el propósito de los antiguos buscadores. Aunados ambos esperaban los espíritus capaces de reconocer la riqueza primaria del entorno: a los perseguidores de un oro que sólo es conocido del espíritu. Oro igualmente nativo, con quilates medidos en vida buena: lo cotidiano de paso humano, el paisaje adusto y sorpendente, la luz que no se empaña, el mar cristalino de colores inquietos, la bonanza del clima, los caminos abiertos. Y vinieron... aventurados por rutas que parecen no ir a ningún sitio. Reconocieron en el acto su parcela y levantaron sus hogares en el valle de Rodalquilar. Así, esta savia foránea alentó un nuevo resurgimiento, empeñado en conservar esos tesoros que han resistido el tiempo, como privilegio exclusivo de quien los disfruta y los respeta. |
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